La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Todo va estar bien.
La noche había caído silenciosa sobre la casa, envolviendo todo en una calma que parecía ajena a la tormenta que Verónica llevaba dentro. Sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y sus hijos dormidos a su lado, los observaba en silencio, como si quisiera memorizar cada detalle de sus rostros. Samuel tenía una mano extendida hacia ella, incluso dormido, como si necesitara asegurarse de que su madre seguía allí, mientras Rodrigo respiraba profundamente, ajeno a las preocupaciones que pesaban sobre ella. Fue en ese momento, en medio de esa quietud cargada de emociones, cuando Verónica tomó una decisión que no necesitó anunciar para volverse definitiva.
—Está bien… —susurró apenas, con la voz quebrada —sus ojos se humedecieron mientras miraba a sus hijos —Si él quiere desentenderse… que lo haga —añadió en voz baja—. Él verá.
El silencio le devolvió sus propias palabras, pero esta vez no dolieron igual. Había algo distinto en su pecho.
—Yo no me voy a rendir —continuó, acariciando el cabello de Samuel.
Se inclinó un poco, besando la frente de cada uno.
—Voy a ser mamá… y papá si hace falta.
Y en esa promesa, nacida desde el cansancio y el amor más puro, encontró una fuerza que ni ella sabía que tenía.
Cuando llegó la primera quincena, Verónica sostuvo el dinero entre sus manos con una mezcla de alivio y presión que le apretaba el pecho, ya había recibido cien mil de adelanto, así qué solo cobró trescientos mil. Sabía que no era suficiente, pero también sabía que tenía que hacerlo rendir como si lo fuera. Se sentó a hacer cuentas, repasando una y otra vez cada gasto necesario.
—Comida, útiles, meriendas … —murmuraba para sí misma, anotando mentalmente cada cosa.
No había espacio para errores. Todo estaba medido. Todo era necesario.
Al final, después de ajustar una y otra vez, dejó escapar un suspiro largo.
—Veinte mil… —dijo en voz baja, mirando lo poco que había logrado ahorrar—. Bueno… algo es algo.
No era mucho, pero en su realidad, significaba estabilidad, aunque fuera por unos días. Y dentro de todo, había algo que le daba un poco de tranquilidad: Manuel, la pareja de su madre, ayudaba con los servicios de la casa.
—Gracias a Dios por eso… —susurró, cerrando los ojos un instante.
...
Una tarde cualquiera, mientras revisaba su celular sin mucha atención, un mensaje llamó su atención. El nombre hizo que su cuerpo se tensara ligeramente.
Jader, era ese amigo de Héctor con el que ella en un momento de debilidad se había dado un beso.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de abrirlo, como si ese simple gesto pudiera remover cosas que prefería no tocar. Finalmente lo hizo.
—Hola, Verónica… espero estés bien.
Frunció un poco el ceño, dudando antes de responder.
—Hola… sí, bien. Gracias.
La conversación comenzó de forma tranquila, respetuosa, sin nada fuera de lugar. Pero cuando él le pidió su número, su mano se quedó suspendida sobre la pantalla.
—¿Será buena idea…? —susurró para sí misma.
Una parte de ella desconfiaba. Otra… estaba cansada de sentirse sola.
Después de unos segundos, escribió.
—Está bien… es este 322*******.
Y envió el número.
Esa misma noche comenzaron a hablar con más frecuencia. Mensajes que se transformaron en audios, y audios que poco a poco se volvieron conversaciones más largas. Había algo en el tono de Jader que la mantenía tranquila, pero no lo suficiente como para bajar completamente la guardia.
Hasta que él fue directo.
—Verónica… siempre me gustaste.
Ella cerró los ojos de inmediato, sintiendo un pequeño nudo en el pecho.
—Jader… —respondió con cautela—, yo no estoy para eso.
—No te estoy pidiendo nada —dijo él con calma—. Solo quiero estar… ayudarte.
Verónica negó con la cabeza, aunque él no pudiera verla.
—Yo no acepto ayuda si después me la van a cobrar —dijo con firmeza—. No quiero deberle nada a nadie.
Hubo un pequeño silencio antes de que él respondiera.
—No te voy a cobrar nada. Te lo juro.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, llenas de una sinceridad que Verónica no sabía cómo interpretar.
De pronto, una notificación interrumpió todo.
Nequi: Has recibido $300.000
Verónica se quedó completamente quieta, mirando la pantalla sin parpadear.
—No… —susurró—. No puede ser.
Su corazón comenzó a latir con fuerza mientras lo llamaba de inmediato.
—¿Jader? —su voz salió tensa—. ¿Tú me mandaste ese dinero?
—Sí —respondió él con total naturalidad.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó, casi exigiendo una respuesta.
—Porque quise.
Verónica apretó los labios.
—No, escúchame bien —dijo con firmeza—. Yo no voy a aceptar dinero si después me vas a pedir algo a cambio.
—No te voy a pedir nada —respondió él, tranquilo—. Lo hice porque me nació… porque te aprecio a tí y a los niños.
Ella guardó silencio, sintiendo cómo las emociones se mezclaban dentro de ella.
—Jader… yo no estoy para juegos.
—Y yo no estoy jugando —contestó él—. Solo… déjame ayudarte.
El silencio se volvió pesado, pero diferente.
Finalmente, Verónica bajó la mirada.
—Gracias… —murmuró, antes de colgar.
Esa misma tarde, tomó una decisión. Salió de la casa con paso decidido y caminó hasta donde la vecina que vendía la cama.
—Buenas —dijo al llegar.
—Hola, mija —respondió la mujer—. ¿Qué necesitas?
—La cama… ¿todavía la tienes?
—Sí, claro. Vane 150.000
Verónica respiró hondo.
—Me la llevo.
Cuando la cama llegó a la casa, los niños no tardaron en notarlo.
—¿Mami…? —preguntó Samuel, con los ojos abiertos de par en par.
—¿Es para nosotros? —añadió Rodrigo, acercándose con emoción.
Verónica sonrió, sintiendo cómo el pecho se le llenaba.
—Sí, mis amores. Es para ustedes.
—¿Ya no vamos a dormir en el piso? —preguntó Samuel.
—No —respondió ella, negando con la cabeza—. Ya no.
Los niños subieron de inmediato cuando la cama estuvo armada, riendo, saltando con una felicidad tan pura que le apretó el corazón.
—¡Mami, está suave! —gritó Rodrigo.
—¡Mira cómo salto! —decía Samuel entre risas.
Verónica los observaba en silencio, con los ojos brillantes, sintiendo que ese momento valía todo.
Esa noche, antes de dormir, Samuel tomó la mano de su hermano.
—Mami, vamos a orar.
Verónica se acercó y se unió a ellos.
—Gracias, papito Dios —dijo Samuel con los ojos cerrados— por nuestra camita.
—Y por la comida —añadió Rodrigo.
Samuel apretó un poco más la mano de su madre.
—Y por nuestra mami… que nos cuida mucho.
Verónica sintió cómo las lágrimas comenzaban a caer sin que pudiera detenerlas.
—Amén —susurró, con la voz rota.
En ese momento, con sus hijos a su lado y el corazón lleno, entendió algo que ya no podía ignorar. Tal vez no tenía todo lo que soñó, tal vez la vida no era como la imaginó, pero tenía lo más importante. Y mientras ellos estuvieran con ella, mientras tuviera fuerzas para seguir luchando, siempre encontraría la manera.
—Todo va a estar bien… —susurró, más para sí misma que para ellos.
Porque ahora ya no esperaba que alguien la salvara.
Ahora… era ella quien lo hacía.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones