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Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Status: En proceso
Genre:Demonios / Romance
Popularitas:443
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.

NovelToon tiene autorización de yamiiy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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En el ala de los hijos, Damian se enteró de lo ocurrido esa misma noche y fue a la mansión de inmediato. Alguien de la servidumbre se lo contó en voz baja, y en cuanto supo, corrió hacia la habitación de Leonardo. Llegó sin llamar, empujando la puerta, y al verlo de pie junto a la ventana, con la mirada todavía asustada, no dijo nada: solo se acercó y lo abrazó con tanta fuerza que Leonardo sintió que se le rompía el pecho de emoción.

—Perdóname —le dijo Damian, con la voz ronca—. Perdóname por no haber estado ahí. Por no haberte protegido.

—No es tu culpa —susurró Leonardo, aferrándose a él—. No sabías. Nadie sabía.

Damian no se separó. Se quedó con él toda la tarde y toda la noche. No lo dejó solo ni un instante. Se sentaron juntos a hablar, caminaron por los pasillos, comieron en su habitación, y cada vez que alguien se acercaba, Damian se mantenía a su lado, firme, como si quisiera dejar claro que no se movería.

Valeria lo notó de inmediato. Lo vio pasar una y otra vez junto a la puerta de la habitación de Leonardo. Lo vio sentarse en el jardín con él, tomándole la mano, mirándolo como si fuera lo único que existía. Se le acercó con una sonrisa dulce y la voz suave, fingiendo preocupación.

—Damian, pensé que vendrías a hablar conmigo —le dijo, tocándole el brazo—. He estado muy preocupada. Quería saber cómo estás.

Damian ni siquiera se giró del todo. Siguió mirando a Leonardo, que estaba a su lado.

—Estoy bien, Valeria. Pero ahora estoy con Leo. Otro día hablamos.

—¿Pero no puedes venir un momento? —insistió ella, con voz quejumbrosa—. Solo un instante. Tengo algo que decirte.

—No ahora —repitió él, con tono cortés pero firme—. Lo siento.

La ignoró por completo. Se giró de nuevo hacia Leonardo y le sonrió, como si ella no estuviera ahí. Valeria se quedó clavada en el sitio, con las manos apretadas a los costados, los ojos llenos de rabia y envidia contenida. Se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra, jurando para sus adentros que no dejaría que esto siguiera así.

Leonardo no podía creerlo. Damian lo había elegido. Lo había puesto primero. Y esa tarde, cuando estaban solos en la habitación, Leonardo se acercó a él con el corazón latiéndole desbocado.

—Gracias —le dijo, con los ojos brillantes—. Gracias por no dejarme solo.

Damian le acarició la mejilla, mirándolo con una ternura que nunca antes le había mostrado con tanta claridad.

—No te voy a dejar nunca, Leo. Lo prometo.

Leonardo se inclinó hacia él y lo besó. No fue un beso tímido ni suave como otras veces. Fue un beso hambriento, desesperado, con la lengua buscando la suya, saboreándolo con una pasión que ni él mismo sabía que tenía. Damian se sorprendió al principio, se quedó quieto un instante, y luego lo correspondió con la misma intensidad, rodeándole la cintura y atrayéndolo contra sí.

—Leo… —susurró entre besos, con la respiración entrecortada—. ¿Estás seguro?

—Sí —respondió Leonardo, besándolo de nuevo—. Más seguro que nunca.

Se dejaron llevar despacio, balanceándose en una tensión constante entre la delicadeza y el impulso. Al sentarse en la cama, se despojaron poco a poco de la timidez y del miedo, pero la contención no duró mucho; al acostarse juntos, la urgencia los dominó. No hubo prisa, pero sí una fuerza imprevista: agarres firmes que reclamaban la piel del otro con una brusquedad nacida del ansia pura de sentirse cerca, de demostrarse que estaban ahí, juntos y vivos, eligiéndose por encima de todo.Se tocaron con una mezcla de cuidado reverencial y una posesividad salvaje que los hacía jadear. Sus manos alternaban entre caricias lentas sobre los hombros y tirones más rudos que los obligaban a encajarse por completo. Se miraron a los ojos en la penumbra, sosteniendo la mirada mientras el ritmo se volvía más intenso, fuerte y demandante, arrancando suspiros profundos en la oscuridad.Cuando la tormenta de sensaciones terminó, el contraste volvió a cambiar de golpe. Toda la rudeza del clímax se disolvió en una ternura absoluta. Se quedaron abrazados con una suavidad infinita, envolviéndose el uno al otro protectores, mientras escuchaban en el silencio los latidos desbocados de sus corazones apaciguarse poco a poco.

—Te quiero, Leo —le dijo Damian, acariciándole el cabello sobre la almohada—. Más de lo que creía posible.

—Yo también te quiero —respondió Leonardo, escondiendo la cara en su hombro—. Y nunca quiero que se nos acabe esto.

Se quedaron así, en silencio, mientras la noche avanzaba fuera de las paredes de la habitación. Por primera vez en mucho tiempo, Leonardo no sentía miedo. No sentía que fuera un intruso. Se sentía amado. Se sentía visto. Y aunque sabía que las sombras seguían acechando allá afuera, esa noche, en los brazos de Damian, todo parecía posible.

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