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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:997
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: La puerta del corazón

Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió.

La criatura había desaparecido, pero sus palabras continuaban flotando en la habitación.

Cuando el emperador ame a la hija de la luna, la puerta se abrirá por completo.

Seraphina sentía la mano de Aurelius alrededor de su cintura. El contacto ya no era solo una forma de protegerla. Había algo diferente en la manera en que sus dedos la sostenían, algo que hizo que el corazón le latiera con fuerza.

Aurelius pareció comprenderlo al mismo tiempo.

La soltó de inmediato.

—Debemos salir de aquí.

Seraphina bajó la mirada hacia sus propias manos.

—¿Eso es todo lo que va a decir?

—¿Qué esperas que diga?

—Que la criatura acaba de hablar de nosotros.

—No habló de nosotros.

—Dijo que cuando usted me ame, la puerta se abrirá.

—Dijo una mentira para manipularnos.

—¿Cómo sabe que es mentira?

—Porque nada relacionado con esa criatura dice la verdad.

Aurelius tomó el libro del altar y lo guardó dentro de su túnica. Después recogió la rosa marchita y la observó durante unos segundos.

—¿Qué hace? —preguntó Seraphina.

—Impedir que alguien más la encuentre.

—¿Y qué piensa hacer conmigo?

El emperador se volvió hacia ella.

—Llevarte a tus aposentos.

—No.

—Seraphina.

—No voy a marcharme sin respuestas.

Aurelius dio un paso hacia ella.

—La respuesta es que eres peligrosa.

Seraphina se quedó inmóvil.

—¿Yo?

—Tu presencia ha despertado la magia. La puerta se abrió cuando tocaste la medalla. La criatura te reconoció. Las rosas florecen donde tú estás.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Que me encierre en una habitación y desaparezca?

—Sería lo más seguro.

—¿Para quién?

—Para todos.

La respuesta le dolió más de lo que quería admitir.

—Entonces eso es lo que soy para usted. Un peligro.

Aurelius apretó la mandíbula.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

Seraphina pasó junto a él para dirigirse a la salida, pero Aurelius la tomó de la mano.

—Espera.

Ella se volvió.

—¿Qué?

—No vuelvas a tocar la medalla.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos qué puede despertar.

—Usted tampoco sabía que la criatura aparecería y, aun así, se quedó aquí.

—Yo conozco los riesgos.

—No. Usted conoce el dolor, pero no conoce toda la verdad.

Aurelius no respondió.

Seraphina intentó liberar la mano, pero él no la soltó.

—Aurelius.

El emperador bajó la mirada hacia sus dedos unidos. Pareció darse cuenta de que la estaba reteniendo y aflojó el agarre.

—Perdón.

Seraphina se quedó sorprendida.

No esperaba escuchar aquella palabra de sus labios.

—¿Acaba de disculparse?

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Aurelius levantó los ojos. Durante un instante, el ambiente dejó de sentirse peligroso. La habitación seguía cubierta de rosas doradas y magia oscura, pero entre ambos había una calma extraña.

Entonces Seraphina notó una línea de sangre en la mano del emperador.

—Está herido.

—No es nada.

—Otra vez con esa respuesta.

Ella tomó un pañuelo de su vestido y se acercó. Aurelius intentó apartarse, pero Seraphina le sostuvo la muñeca.

—Déjeme ver.

—Seraphina…

—Si quiere que deje de tratarlo como un hombre incapaz de cuidarse, tendrá que empezar a cuidarse.

Aurelius permaneció quieto.

Seraphina limpió la herida con delicadeza. Era un corte pequeño, causado por una de las cadenas, pero la piel alrededor se había oscurecido por la magia.

—Esto no es normal.

—Nada en mí lo es.

—No diga eso.

—Es la verdad.

Seraphina levantó la mirada.

—No es un monstruo.

Aurelius retiró lentamente la mano.

—No sabes lo que soy.

—Sé lo que vi. Pudo escapar, pero se quedó para protegerme.

—Fue una decisión práctica.

—No parecía práctica.

—No conoces mis motivos.

—Entonces explíquelos.

Aurelius se acercó un paso.

—Si la criatura te hubiera alcanzado, habría utilizado tu sangre para abrir la puerta.

—Eso no responde por qué se interpuso.

—Porque…

Se detuvo.

La palabra quedó incompleta entre ellos.

Seraphina esperó, pero Aurelius apartó la mirada.

—Porque eres mi prometida —dijo finalmente.

Ella sintió una decepción inesperada.

—Claro.

Se alejó de él.

Aurelius notó el cambio en su expresión.

—No quise decirlo de esa manera.

—Pero lo dijo.

—Seraphina.

—No se preocupe. Ya comprendí que todo lo que hace por mí es debido al pacto.

Aurelius la miró con frustración.

—No todo.

La joven se volvió.

—¿Qué significa eso?

El emperador dio un paso hacia ella, pero se detuvo a poca distancia.

—No lo sé.

Era la segunda vez que Aurelius pronunciaba aquellas palabras.

Y, por alguna razón, Seraphina creyó que eran sinceras.

Antes de que pudiera responder, un ruido lejano recorrió los pasadizos. La criatura había desaparecido, pero su presencia seguía bajo el palacio.

Aurelius volvió a adoptar una expresión severa.

—Debemos salir.

Esta vez Seraphina no discutió.

Caminaron juntos por el corredor secreto. La mano de Aurelius permaneció cerca de su espalda, sin tocarla. Sin embargo, cada vez que el pasadizo se estrechaba, sus hombros se rozaban.

Cuando llegaron a la biblioteca, la puerta oculta desapareció detrás de ellos.

Aurelius se detuvo.

—Nadie debe saber lo que ocurrió aquí.

—¿Ni siquiera Mireya?

—Ni siquiera ella.

—¿Y si alguien pregunta por qué estaba conmigo?

—Dirás que te perdiste.

Seraphina alzó una ceja.

—¿Y usted?

—Diré que te encontré.

—Eso no es una mentira.

Aurelius la observó.

—No.

Durante un instante, pareció querer decir algo más.

Pero no lo hizo.

Seraphina regresó a sus aposentos sin mirar atrás. Aurelius permaneció en la biblioteca, solo entre los libros antiguos.

Cuando sacó la rosa marchita de su túnica, los pétalos comenzaron a recuperar su color dorado.

Y en el centro de la flor apareció una nueva frase:

El corazón ya ha comenzado a elegir.

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