En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
NovelToon tiene autorización de brida cruz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un mal presentimiento.
—Has estado muy rara, hay que entrar —dice René, mirándome de reojo, con esa mezcla incómoda de inquietud y fastidio que últimamente se le ha vuelto habitual.
Asiento sin decir nada.
Si hablo, algo dentro de mí va a romperse.
Entramos a la casa.
La música está demasiado alta.
El aire se siente espeso, saturado de risas falsas y de un perfume caro que reconozco al instante: el de mi madrastra… o el de alguno de sus invitados.
Todo huele a celebración forzada.
Apenas cruzamos la entrada, aparece mi media hermana.
Su sonrisa perfecta.
La copa de vino entre los dedos.
El conjunto de seda color vino que abraza su cuerpo como si hubiera sido diseñado para llamar la atención.
—René, ¡sí viniste! —exclama, acercándose con pasos lentos, medidos, como si cada movimiento estuviera ensayado frente al espejo.
Él responde con una media sonrisa.
La que usa cuando quiere agradar sin comprometerse.
—Sí, no podía faltar.
—Qué detalle… —dice ella, rozándole el brazo con aparente descuido antes de soltar una risita suave.
Los observo desde el segundo escalón de la escalera.
No digo nada.
Pero algo dentro de mí se retuerce.
No sé si es celos, rabia o esa sensación constante de ser un adorno más en mi propia casa.
De sobrar.
—Nos vemos mañana, estoy cansada —murmuro al fin, rompiendo el momento.
Subo sin mirar atrás, aunque siento la mirada de René clavada en mi espalda.
Cuando abro la puerta de mi habitación, lo escucho subir detrás de mí.
No me sorprende.
Ya ha pasado antes.
A veces hablamos hasta tarde.
A veces compartimos silencios.
Nunca ha ocurrido nada.
Hasta hoy.
Cierro la puerta.
Me quito los zapatos y los dejo junto al tocador.
Cuando me giro, René está ahí, de pie, mirándome de una forma distinta.
Sus ojos ya no tienen la calma de otras noches.
Hay algo oscuro.
Una tensión que no reconozco… y que me inquieta.
—¿Qué te pasa? —pregunto, intentando que mi voz no tiemble.
No responde.
Da un paso hacia mí.
Luego otro.
Su respiración es pesada, irregular.
Antes de que pueda reaccionar, me besa.
Su boca choca con la mía con una urgencia que me descoloca.
Al principio respondo por reflejo, confundida, pero algo dentro de mí se enciende como una alarma.
No es un beso tierno.
Es posesivo.
Invasivo.
Como de urgencia.
—René… —susurro, intentando apartarme.
No me deja terminar.
Me sujeta por la cintura y me guía hacia la cama.
Mi cuerpo se tensa por completo.
El corazón me golpea con tanta fuerza que siento el pulso en los oídos.
—Estoy cansada —digo, buscando distancia.
—Shhh… —murmura, rozando mis labios de nuevo.
Esa sola sílaba me recorre como un escalofrío.
No suena dulce.
Suena a advertencia.
Sus manos bajan lentamente por mis brazos.
Retrocedo un paso.
Él avanza y quedó pegada a la cama.
—René, dije que no —repito, esta vez con más firmeza cuando me avienta en la cama con fuerza.
Intento apartarlo.
Empujarlo.
Insiste.
Mis manos tiemblan.
Mi mente es un caos de confusión y miedo.
¿Desde cuándo…?
Cuando lo empujo con más fuerza, finalmente se aparta.
Su expresión cambia.
Está molesto.
Se pasa una mano por el cabello, respirando con rabia contenida.
—¿Qué te pasa? —pregunto, con la voz rota.
—Nada —responde, sin mirarme.
—René… tú no eres así.
Su mandíbula se tensa.
—Luego no te quejes —dice con frialdad, girándose hacia la puerta.
Las palabras me atraviesan como un golpe.
—¿Qué… qué quieres decir con eso? —pregunto, siguiéndolo hasta el descanso de la escalera.
No responde.
Baja los peldaños de dos en dos, sin mirar atrás.
La puerta principal se cierra de golpe.
El silencio que queda es ensordecedor.
Regreso a mi habitación y empiezo a ordenar mis cosas.
No sé si quiero irme… o si solo necesito mover las manos para no derrumbarme.
Doblo ropa.
Guardo el cepillo.
Un par de libros.
Todo en automático.
Tomo el teléfono y llamo a René.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
Le escribo.
Ningún mensaje se entrega.
Insisto hasta que la pantalla se apaga y me quedo mirando mi reflejo en el vidrio negro.
No sé si estoy más enojada… o más asustada.
Esa noche casi no duermo.
Doy vueltas, escuchando cada crujido de la casa.
Su frase no deja de repetirse en mi cabeza.
Luego no te quejes.
A la mañana siguiente me levanto temprano.
Me baño.
Me visto con el primer vestido que encuentro.
Bajo las escaleras intentando que nadie note lo mal que dormí.
—Su padre se fue temprano a la empresa —me informa una empleada mientras deja una bandeja de fruta sobre la mesa.
—Gracias —respondo apenas.
Tomo un taxi.
Necesito verlo.
Necesito sentir que algo sigue siendo seguro.
En la oficina, el guardia me deja pasar sin preguntas.
Mi padre revisa documentos.
Al verme, sonríe cansado, con ese brillo paternal que pocas veces muestra.
—Hija, pasa. Siéntate.
Por un momento, me siento a salvo.
Hablamos durante horas.
De la empresa.
De trivialidades.
De la boda que se acerca.
—Mañana ya se casan.
Asiento, fingiendo entusiasmo.
—¿Y la luna de miel? —pregunta.
—No lo sé… —respondo, mirando por la ventana.
Ya no pienso en eso.
De pronto, llaman a la puerta.
—Adelante —dice mi padre.
La puerta se abre.
El aire cambia.
Mi respiración se detiene.
Damián Volkov entra en la oficina.
Alto.
Seguro.
Impecable.
Su presencia lo invade todo.
El traje oscuro.
La forma de caminar.
La mirada directa, sin rodeos.
Me levanto de inmediato.
Mi padre frunce el ceño.
—Hija, déjanos a solas —ordena con voz grave.
Obedezco, aunque las piernas me tiemblan.
Al pasar junto a Damián, mi hombro roza su brazo.
El contacto es mínimo… pero suficiente.
Su perfume me envuelve.
Su mirada se clava en mí.
—Señorita Anastasia, buenos días —dice con voz profunda, casi amable.
Lo miro, obligándome a mantener la compostura.
Ayer me amenazó.
Hoy me saluda como si nada.
No sé qué juego está jugando…
pero algo dentro de mí lo sabe con absoluta certeza:
esto apenas comienza.