Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 18: La Casa Frente al Mar
La noche había caído pesada y oscura sobre la costa cuando el vehículo de Victoria se detuvo frente a la residencia de Rodrigo. La casa, blanca y majestuosa como un palacio olvidado, se alzaba al borde de un acantilado, con las olas rompiendo furiosas contra las rocas a sus pies. Las ventanas brillaban con luz tenue, como ojos vigilantes en la penumbra. No había guardias visibles, ni luces encendidas en el jardín. Un silencio absoluto la rodeaba, roto únicamente por el rugido del mar.
—¿Segura? —preguntó Damián, deteniendo el motor en el camino de tierra, a distancia prudencial para no ser detectado. Su voz, baja y firme, contenía toda la tensión acumulada de las últimas horas.— Si cambias de opinión ahora, nos vamos. Nadie tiene por qué saber que estuvimos aquí.
Victoria miró la casa con el corazón latiéndole contra las costillas como un pájaro enjaulado. Llevaba oculto bajo la ropa un micrófono transmisor de alta calidad conectado directamente al receptor que Damián sostenía en la mano. Cada palabra que se dijera allí dentro quedaría registrada. Nadie podría negarlo después.
—No puedo irme —respondió ella, abriendo la puerta.— Mientras respire libre, no habré terminado lo que mi padre empezó. Espérame cinco minutos. Si no salgo… ven a buscarme.
—No hará falta —prometió él, tomándole la mano antes de que bajara.— Porque estaré contigo en cada segundo. Aunque no me veas. Ve con cuidado, mi vida.
Ella asintió y salió del coche. El aire salino golpeó su rostro, frío y cortante. Caminó por el sendero de grava con paso seguro, la cabeza alta, sin dudar ni un instante. Sabía que la observaban desde que cruzó la verja. Cuando llegó a la entrada, la puerta se abrió sola, como si la hubieran estado esperando.
El recibidor era amplio y sombrío, con suelos de mármol oscuro que devolvían el eco de sus pasos. En el centro de la estancia, de espaldas a ella frente a un gran ventanal que daba al abismo, estaba Rodrigo de la Cruz. Vestía esmoquin impecable de seda negra, con la postura erguida que recordaba de su infancia. Al oírla entrar, se giró lentamente.
—Victoria —dijo, y su voz sonó grave y melancólica, como si la alegrara verla de verda. — Qué hermosa estás. Igual que tu madre cuando era joven. Me duele profundamente que hayamos llegado a esto.
—¿A qué exactamente? —preguntó ella sin avanzar más, manteniendo la distancia calcular.— ¿A que venga a enfrentar al asesino de mi padre? ¿Al hombre que me vendió como ganado para robar su herencia? No finjas sentimientos que nunca tuviste, padrino. Ya no engañas a nadie.
Rodrigo suspiró, como si sus palabras le dolieran de verdad. Caminó despacio hacia un mueble bar y sirvió dos copas de un líquido ámbar.
—«Asesino»… palabras duras para quien te vio crecer, te llevó de la mano a cabalgar, te regaló tu primer libro de poesía. Las cosas no son blancas o negras, niña querida. Tu padre era un hombre bueno, sí, pero ingenuo. No vio el abismo que se abría bajo sus pies. Yo sí. Y tomé decisiones difíciles para proteger lo que los dos construimos con veinte años de trabajo.
—¿Envenenarlo fue protegerlo? —soltó ella, y el nombre de su progenitor tembló en sus labios solo un instante antes de endurecerse—. ¿Alterar su testamento para despojarme de todo fue protegerlo? ¿Dejar que me destruyeran el día de mi boda fue protegerlo? No mientas, Rodrigo. No te hace más grande. Solo más cobarde.
Él dejó las copas sobre la mesa con un golpe seco. La máscara de afabilidad se resquebrajó por fin, dejando al descubierto la frialdad calculadora que siempre había ocultado tras ella.
—Está bien. Dejemos los rodeos. ¿Qué quieres? Dinero? Lo tienes. Un puesto en la dirección? También. Un apellido que te devuelva la dignidad? Buscaremos uno conveniente. Pero cierra esa boca, quema esas pruebas y olvida lo que crees saber. Hay fuerzas en movimiento que ni tú ni yo podemos detener. Si sigues escarbando, no solo mueres tú. Mueren todos los que te importan. Incluido ese tal Blackwood.
Victoria sintió cómo la sangre se le helaba y al mismo tiempo hervía. Había confirmación. Había confesión implícita. Pero también había una amenaza contra él.
—¿Qué sabes de Damián? —preguntó con voz controlada, mientras su mente corría a mil por hora.
Rodrigo sonrió, una sonrisa sin una pizca de calidez.
—Su padre también se metió donde no debía. Igual que el tuyo. ¿Crees que fue casualidad que se encontraran muertos con meses de diferencia? Fuimos socios, Victoria. Los tres. Hasta que decidieron hacerse los santos y estorbar. Tuve que limpiar el desastre que dejaron. Y ahora su cachorro viene a ladrarme a la puerta. Qué gracioso es el destino, ¿verdad?
El mundo dio un vuelco bajo sus pies. No eran dos muertes aisladas. Eran dos ejecuciones. Un solo hilo unía ambas tumbas desde años atrás. Y ahora Damián estaba en el extremo opuesto de esa cuerda, sin saberlo… o sabiéndolo desde siempre y ocultándolo por ella.
—Lo mataste —susurró ella horrorizada—. A los dos. Por dinero. Por poder. ¿Cómo pudiste?
—Porque alguien tenía que mantener el barco a flote —repuso él con aspereza, perdiendo por completo cualquier fingimiento—. Y ahora te pregunto por última vez: ¿te apartas de mi camino o te sumas a la lista de accidentes desafortunados?
Victoria dio un paso atrás hacia la puerta, manteniéndolo en todo momento a la vista. Cinco minutos se habían cumplido hacía rato. Damián habría escuchado cada palabra. Sabía. Ahora lo sabía todo.
—No soy mi padre —le dijo con voz firme, serena y terrible a un tiempo—. Y no me iré. No apartaré la mirada hasta verte tras las rejas, Rodrigo. O en el infierno, donde perteneces. Tú eliges.
La expresión de Rodrigo se transformó en una máscara de odio puro. Alargó la mano hacia un cajón oculto bajo la mesa y en ese instante, la puerta principal se abrió de un golpe, y la voz de Damián tronó en toda la estancia como un juicio final:
—¡Ya eligió!
En que quedamos