Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Cap 11: Humillación de los de arriba
Herminia me dio un libro y me ordenó acompañar a Bianca a devolverlo a casa de los Fuentes.
—Y no la dejes sola.
Bianca se había cambiado de vestido dos veces. Le pregunté si había terminado el libro y me dijo que no era asunto mío. Lucero vino con nosotras; creyó que íbamos a pasar un rato con Rogelio.
Nos dejaron en el recibidor. Bianca se sentó enseguida y me señaló que me acomodara la falda. Yo seguí junto a la puerta. Recordaba aquel piso, la sala de la otra vez y a Herminia aferrada a unas piernas que intentaban apartarla.
Ofelia llegó mientras esperábamos.
La reconocí por la voz antes de volverme. En la otra vida había dependido de su permiso para quedarme en su casa cuando Rogelio no quería ocuparse de mí. Me costó recordar que esta mujer todavía no era mi suegra.
—¿Y estas niñas?
La empleada le explicó lo del libro. Ofelia miró a Bianca, a Lucero y por último a mí.
—Déjenlo ahí. Rogelio está ocupado.
Lucero se levantó. Bianca intentó decir que él nos esperaba, pero Ofelia ya estaba hablando con la empleada.
—Dile a mi hijo que avise antes de invitar gente. No puede traer a cualquiera porque le dé lástima. Luego hay niñas que no distinguen una ayuda de otra cosa.
No sabía cuánto le había contado Rogelio. Cuando añadió que había que tener cuidado con las muchachas sin madre que buscaban acomodarse en una familia, lo entendí.
Me acordé de haberme arreglado la falda para venir. Quise quitármela, quitarme de encima el esfuerzo de parecer aceptable ante ella.
Tomé a Lucero del brazo.
—Nos vamos. Ven, Bianca.
—Yo estoy esperando a Rogelio.
En ese momento él bajó. Preguntó qué pasaba, pero su mamá le dijo que llevara el libro al estudio. Yo ya había abierto la puerta.
Rogelio nos alcanzó y ofreció que el chofer nos llevara. Lucero y yo preferimos caminar. Bianca aceptó enseguida, sin mirarme.
—Va directo a su casa —me aseguró el conductor cuando le pregunté.
La vi subir. Después me fui con Lucero, que estaba demasiado avergonzada por lo que había oído para hablar de otra cosa.
—Mi mamá nunca diría eso —repitió.
Yo sabía. Eso era precisamente lo que me estaba doliendo.
Herminia me esperaba con la versión de Bianca preparada.
—¿Para eso te mando? ¿Para que tu hermana tenga que volver sola con un muchacho?
—La trajo el chofer. Le pregunté antes de irme.
—¡No me contestes! Si le pasa algo, tú respondes.
Genaro levantó la vista del periódico.
—Cuida a tu hermana, Daniela. No es tan difícil.
Bianca estaba comiendo lo que Herminia había apartado para ella. Yo llevaba dos noches llegando después de que guardaran la cena, castigada por tardar en la escuela. Miré su plato antes de poder evitarlo.
—A ella la trajeron hasta la puerta. Yo volví caminando. Ni siquiera me preguntaste cómo llegué.
—Otra vez haciéndote la víctima —dijo Herminia.
—Tengo hambre. ¿Puedo cenar o eso también depende de Bianca?
Mi papá ordenó que me sirvieran para que me callara. Me senté sin sentir que hubiera ganado. Lo que quería era comer sin tener que hacer un pleito para conseguirlo.
Al día siguiente, Rogelio me detuvo en el pasillo.
—Lo de mi mamá… no le hagas caso. Habla así.
—Pues dile que no nos invite a entrar.
—Yo no dije nada de eso.
Era cierto. También era cierto que me pedía a mí que lo dejara pasar.
Seguí caminando. Él me alcanzó, molesto porque la conversación no había terminado donde quería.
—A ver si en el semestral sigues tan creída. Esta vez te gano.
Me detuve.
—¿Y si no?
—Lo que quieras.
Pensé en las monedas del almuerzo y en los dos últimos días.
—El que quede abajo paga el desayuno del otro un mes. Todos los días de clase.
Rogelio aceptó sin pensarlo. Yo lo miré irse y después saqué mi lista de temas pendientes. No me bastaba con querer ganarle; tenía que hacerlo.
Esa semana Lucero empezó a recibir notas de Sebastián Quezada, el representante del otro grupo. Me las enseñaba antes de guardarlas, fingiendo que le daba risa.
—¿Qué le pongo?
—Lo que tú quieras decirle.
Me pidió una respuesta más útil. Le dije que lo conociera antes de prometer nada y me llamó desconfiada. No se lo discutí; no quería que dejara de contarme las cosas.
Marisol Landa llevaba tiempo intentando acercarse a Sebastián. Me di cuenta de que estaba molesta cuando dejó de saludar a Lucero. Lo que no imaginé fue que fuera a llevarla detrás del club viejo con dos amigas para exigirle explicaciones.
Un compañero vino a avisarme. Dejé la mochila en el banco y corrí hacia las canchas.
Lucero estaba contra la barda. Rogelio se había puesto entre ella y Marisol, hablando demasiado alto.
—Mi papá está en el consejo. Si se entera de esto…
—No me importa tu papá. Que ella me conteste.
Me acerqué a Lucero.
—Vámonos.
Marisol cruzó un brazo para cerrarnos el paso.
—No he terminado.
—Ella sí.
Lucero me agarró por detrás del suéter. Sentí que le temblaba la mano y dejé de pensar en cómo iba a sonar mi respuesta.
—Muévete.
Marisol me miró de arriba abajo.
—Tú debes de creer que por la beca puedes hacer lo que quieras. A ver si te dura cuando le cuente a mi primo.
Sacó el teléfono. Busqué con la vista a un prefecto. Desde la azotea de talleres se veía el patio: Santiago estaba allí con Keila y Anaís, dos muchachas de prepa. Se había separado del barandal para mirar lo que ocurría abajo.
No podía pedirle ayuda sin gritar delante de Marisol. Él sacó su propio teléfono.
—Ya viene —dijo ella, guardando el suyo.
Me quedé junto a Lucero. Si nos dejaba salir, saldríamos. Mientras tanto, no pensaba apartarme para que volviera a quedarse sola.