Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 11. CELEBRACIONES Y MIRADAS SOSPECHOSAS.
El regreso a las oficinas de Big Eye Creative fue un torbellino de emociones. En cuanto Sebastián y yo cruzamos las puertas del piso principal con el contrato firmado bajo el brazo, Gladis comenzó a aplaudir y el sonido se extendió rápidamente por todo el edificio. Carla corrió hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja y me envolvió en un fuerte abrazo. Todo el equipo creativo, los diseñadores y los redactores salieron de sus cubículos para celebrar. La tensión del despido masivo que amenazaba sus cabezas se había disipado por completo gracias al éxito de la campaña.
Sebastián levantó la mano para pedir un momento de silencio, aunque su rostro reflejaba un orgullo inmenso.
—Quiero agradecerles a todos por el esfuerzo de estas últimas semanas —anunció con su voz fuerte y varonil—. Este contrato con Sailing Dreams nos asegura estabilidad para los próximos cinco años. El legado de esta empresa sigue en pie gracias a ustedes. Y, por supuesto, un reconocimiento especial a nuestra directora creativa, la señorita Sofía Miller, cuyo talento impecable hizo esto posible.
Toda la oficina estalló en vítores y aplausos hacia mí. Sentí mis mejillas arder por el sonrojo, pero cuando busqué la mirada de Sebastián entre la multitud, él me dedicó una sonrisa cómplice y un sutil guiño de ojos que hizo que mi corazón diera un vuelco. Nadie más lo notó. O al menos, eso fue lo que creí en ese momento.
Para celebrar el acontecimiento, Sebastián ordenó que se organizara un catering y bebidas en la gran sala de descanso de la agencia al terminar la jornada laboral. A las seis de la tarde, la música suave sonaba de fondo, los empleados reían con copas de champán en las manos y el ambiente festivo se sentía en cada rincón.
Me encontraba conversando cerca del ventanal con Carla, quien me ponía al día sobre cómo había manejado el departamento en mi ausencia.
—De verdad, jefa, te lo digo en serio, hiciste un milagro —decía Carla, dándole un sorbo a su copa—. Todos estábamos aterrados con los rumores de los despidos. Eres nuestra heroína. Aunque... debo admitir que te noto cambiada. Tienes un brillo diferente en los ojos. ¿Pasó algo más en Ciudad Y además de revisar hoteles y playas? —preguntó con una mirada pícara que me puso nerviosa.
—Claro que no, Carla, fue solo puro trabajo duro —mentí, desviando la mirada hacia la mesa de los bocadillos para ocultar mi timidez.
Al girar la cabeza, mis ojos se cruzaron con los de Tom. El director de contabilidad estaba de pie en una esquina de la sala, sosteniendo un vaso con hielos. No estaba celebrando como los demás; su rostro lucía serio, rígido y mantenía una fijeza incómoda sobre mí. Cuando se dio cuenta de que lo había descubierto mirándome, no apartó la vista. En su lugar, caminó con paso firme hacia mí, obligando a Carla a despedirse educadamente para dejarnos espacio.
—Felicidades por el contrato, Sofía —dijo Tom, con un tono de voz plano que carecía de verdadera alegría—. Al final resultó que tus dibujos bonitos sirvieron para salvar mis queridos balances financieros. Supongo que debo marcharme a casa agradecido.
—Gracias, Tom —respondí con amabilidad, intentando suavizar las cosas—. Fue un trabajo en equipo. Además, tus informes de la página ocho fueron cruciales para que entendiéramos la urgencia del proyecto. Lamento si el otro día en la sala de juntas hablé de forma ruda.
Tom suavizó un poco su expresión, y por un segundo, creí ver al antiguo amigo tierno que solía cuidarme durante mis prácticas.
—No te preocupes, los nervios nos tenían mal a todos —suspiró, dando un paso más cerca de mí—. Me alegra que estés de regreso, Sofía. La verdad es que la oficina se sintió muy vacía sin ti estos días. Estaba pensando que, ya que la tormenta pasó, tal vez podríamos ir a cenar esta noche al restaurante italiano de la otra vez. Solo para ponernos al día como en los viejos tiempos, ¿qué dices?
El estómago se me contrajo de inmediato. La invitación me tomó por sorpresa y revivió la culpabilidad de haberlo rechazado en el pasado. Iba a buscar una excusa educada para negarme cuando una presencia imponente se posicionó justo a mi lado.
Era Sebastián. Había caminado hacia nosotros de forma casual, pero su postura corporal denotaba una clara intención de marcar territorio. Colocó una mano suave pero firme en la parte baja de mi espalda, un gesto que provocó que una corriente eléctrica me recorriera el cuerpo, pero que también se vio peligrosamente íntimo en medio de la fiesta de la oficina.
—Buenas tardes, Tom —intervino Sebastián, mirando al contable con una sonrisa cortés pero con ojos analíticos—. Excelente trabajo con la revisión final de los presupuestos para el contrato. La junta de Sailing Dreams no encontró ni un solo fallo numérico.
Tom bajó la mirada hacia la mano de Sebastián que aún reposaba en mi espalda, y luego regresó sus ojos hacia el rostro de mi jefe. Pude notar perfectamente cómo la mandíbula de Tom se tensaba y sus nudillos se ponían blancos al apretar su vaso. Los celos y la sospecha destilaron de su mirada en un segundo.
—Gracias, señor Lombardi —respondió Tom, arrastrando las palabras con una repentina hostilidad—. Solo cumplo con mi deber. Estaba invitando a Sofía a cenar para celebrar el éxito de la campaña, ya que somos amigos desde hace muchos años.
—Agradezco el detalle, Tom, pero me temo que la señorita Miller y yo tenemos una reunión de trabajo de última hora en mi despacho para maquetar el calendario de entregas de la próxima semana —declaró Sebastián con una autoridad implacable que no admitía réplicas—. De hecho, ya es momento de retirarnos. Sofía, ¿vamos?
—Sí, claro —asentí torpemente, sintiendo la intensa y dolorosa mirada de Tom clavada en mi rostro.
—Con permiso, Tom. Sigue disfrutando de la fiesta —concluyó Sebastián.
Caminamos juntos hacia la salida de la sala de descanso bajo la atenta mirada de Tom, quien se quedó estático en su esquina, consumido por una mezcla de rabia y decepción. Había descubierto que la relación entre la directora creativa y el CEO había cruzado la línea profesional durante el fin de semana.
Una vez dentro del despacho presidencial, Sebastián cerró la puerta y soltó un largo suspiro, soltándose el nudo de la corbata. Se giró hacia mí con una mirada cargada de disculpa pero llena de una posesividad dulce que me encantaba.
—Lamento haber sido tan rudo con tu amigo, preciosa —confesó, acortando la distancia para tomar mis manos—. Pero verlo tan cerca de ti, intentando invitarte a salir, me encendió la sangre. No soporto la idea de que otros hombres te miren de esa manera.
—Está bien, Sebastián —le sonreí, acariciando sus brazos musculosos—. Tom es parte de mi pasado, pero mi presente y mi futuro están aquí contigo. Aunque debemos tener mucho cuidado; él no es tonto y se dio cuenta de lo que hay entre nosotros. Los rumores en la oficina pueden ser muy peligrosos.
Sebastián me atrajo hacia su pecho y me plantó un beso apasionado en los labios que me hizo olvidar cualquier preocupación. Sin embargo, mientras los nuevos enamorados refugiaban su amor dentro de esa oficina, las piezas del tablero seguían moviéndose afuera. Tom no era el único que sospechaba, y la debilidad de un hombre herido por los celos era exactamente la oportunidad perfecta que Alan Vance estaba esperando desde las sombras para atacar nuestro paraíso.