El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 24 — Juicio y Gloria
El sol brillaba con una claridad implacable sobre la ciudad ese día, como si el cielo mismo supiera que algo histórico estaba por suceder. Desde el amanecer, todo había cambiado. Las pruebas encontradas en el mausoleo no eran simples papeles: eran la sentencia definitiva de una era de miedo y silencio. Damon y Christine trabajaron sin descanso durante toda la madrugada: copias certificadas, envíos a medios de comunicación, fiscales independientes y jueces honrados que llevaban años esperando una oportunidad así. Cuando salió el sol, el nombre de Marco Burgos apareció en cada pantalla, en cada noticia, envuelto en delitos que ya no podía negar.
—Se ha derrumbado su imperio —dijo Christine, con la voz serena aunque cansada, observando cómo su teléfono no dejaba de recibir notificaciones.— Todos los que le juraron lealtad ahora lo señalan. Nadie quiere caer con él.
—El miedo se rompe cuando se le enfrenta la verdad —respondió Damon, apretándole el hombro con afecto— y tú la trajiste, tú diste el primer paso.
Pero Marco no cayó sin luchar. A mediodía, el teléfono de Damon sonó con un número desconocido. Al contestar, la voz de su tío sonó áspera, rota por la furia y la desesperación.
—Crees que ganaste, sobrino —escupió Marco al otro lado de la línea.—Pero yo no voy solo, si caigo, arrastro a cuantos pueda conmigo. ¿Crees que esos papeles limpian tus manos también? ¡Tú heredaste lo que yo construí! ¡Disfrutaste de lo que yo conseguí! ¡Eres tan culpable como yo!
—Yo no construí sobre cadáveres —respondió Damon con frialdad— y no heredaré tu infierno. Voy a reconstruir todo desde cero. Y empezaré limpiando tu nombre de la faz de esta tierra. Entrégate, Marco. No hay salida.
—¡No me entrego! —bramó él— ¡si voy a caer, arrastro a tu preciosa doctora conmigo! ¡Veremos quién gana al final!
La llamada se cortó. Damon soltó el teléfono sobre la mesa y miró a Christine con determinación helada.
—Va a intentar algo. Ahora mismo.
Y no se equivocó. Minutos después, alertas de seguridad por toda la ciudad: coches perseguidos, disparos en avenidas principales, el rastro de Marco huyendo desesperado hacia el único lugar donde creía estar a salvo: la vieja mansión familiar, el lugar donde todo comenzó, el escenario de todas sus pesadillas.
—Voy contigo —dijo Christine, tomando su chaqueta sin dudar— no discutas. Esta historia empezó con nuestras dos familias y termina con nosotros dos.
Damon la miró, no para prohibírselo, sino para verla con orgullo desbordante. Asintió.
—Juntos —dijo— Siempre.
Llegaron a la mansión bajo el atardecer, con las fuerzas de seguridad rodeando el perímetro. No esperaron a nadie. Entraron por la puerta principal, hombro con hombro, atravesando salones vacíos llenos de recuerdos amargos, hasta el despacho donde el tiempo parecía haberse detenido décadas atrás. Allí estaba Marco, de pie frente al ventanal, una pistola en la mano, esperándolos. Al verlos entrar, soltó una risa amarga y seca.
—Qué hermosa familia —se burló, señalándolos con el arma.—El heredero manchado y la viuda vengadora. ¿Creen que esto los convierte en héroes?
—No somos héroes —respondió Christine con voz firme, sin retroceder un paso— somos justicia. Tu justicia llega tarde, pero llega. Por mi padre. Por mi madre. Por todas las vidas que destrozaste.
—¿Y quién te lo da? —escupió Marco, dando un paso hacia ella— ¿Tú? ¿Él? ¿La ley que compré durante treinta años? ¡Nadie me ha podido tocar nunca! ¡Y ahora tampoco!
—La ley que compraste murió hoy —dijo Damon, dando un paso al frente, protegiendo a Christine con su cuerpo sin apartarse de su lado—. La verdad no se compra. Y hoy se sabe todo. Cada pago, cada amenaza, cada crimen que ordenaste. Tu nombre es sinónimo de vergüenza para siempre. Ya no tienes poder. Ya no tienes aliados. Solo te queda rendirte. O caer como el cobarde que eres.
Marco lo miró con ojos inyectados en odio, y por un instante pareció dudar. Pero la locura ya había tomado el control. Alzó el arma apuntando directamente a Christine. Damon se interpuso en el mismo instante en que el estallido retumbó en la habitación. Christine gritó, viendo cómo Damon se estremecía, y Marco caía de espaldas con un disparo en el hombro, la pistola rodando lejos de su alcance. Los agentes irrumpieron tras ellos en ese instante, sujetándolo, esposándolo, arrastrándolo fuera mientras rugía maldiciones que ya nadie escuchaba.
—¿Estás herido? —sollozó Christine, revisándolo desesperada, buscando sangre, mientras Damon la abrazaba con fuerza, respirando agitado pero entero.
—No, estoy bien —le dijo, besándole la sien, el cabello, la frente— Me desvié a tiempo. No te toca. Nunca te tocará.
Salieron juntos al porche mientras Marco era introducido en el vehículo policial bajo cientos de flashes y cámaras. El sol se ocultaba tras las colinas, tiñendo de oro y púrpura el cielo, y la gente se agolpaba a lo lejos mirando, en silencio primero y luego con un murmullo creciente de alivio y esperanza. Damon tomó la mano de Christine, la entrelazó con la suya y la alzó a la vista de todos, como un rey presentando a su reina al mundo. No había miedo ya. No había secretos. Solo el futuro abierto ante ellos, limpio y nuevo.
—Terminó —susurró ella, sintiendo lágrimas de alivio resbalar por sus mejillas— de verdad terminó.
—No termina aquí —corrigió Damon, mirándola con amor infinito en los ojos—. Aquí empieza lo bueno. Lo nuestro de verdad. Sin deudas, sin sangre, sin sombras. Solo nosotros. Por el resto de nuestros días.
Christine sonrió y se fundió en sus brazos, mientras el sol desaparecía por completo y las luces de la ciudad se encendían una a una, como estrellas bajadas a la tierra para iluminarles el camino hacia su nueva vida.
...El juicio limpió el pasado y la gloria les pertenece, juntos, para siempre....