Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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LA MAGIA DE LA CIENCIA
Capítulo 14
Charlotte:
La luz de la mañana se filtraba por la entrada de la cueva cuando Charlotte terminó de organizar las muestras recolectadas el día anterior.
Sobre la mesa de piedra descansaban varias bandejas improvisadas con corteza.
En una había fragmentos de minerales clasificados por color y dureza.
En otra, hojas prensadas entre papeles cuidadosamente numerados.
Más allá, pequeños recipientes de barro contenían semillas que esperaba hacer germinar durante las próximas semanas.
Charlotte tomó asiento frente al microscopio portátil.
Colocó una delgada lámina de roca sobre el cristal.
Giró lentamente la rueda de enfoque.
Las diminutas vetas minerales comenzaron a definirse con claridad.
—Interesante...
Las estructuras cristalinas eran diferentes a cualquier formación que hubiera estudiado en la Tierra.
No solo por su composición.
También por la forma en que reflejaban la luz.
Durante varios minutos realizó dibujos rápidos en su bitácora.
Anotó medidas.
Comparó muestras.
Descartó hipótesis.
Solo cuando terminó dejó escapar un suspiro satisfecho.
Había aprendido que sobrevivir en aquel mundo no consistía únicamente en conseguir alimento.
También necesitaba comprenderlo.
Cuanto más entendiera su entorno, mayores serían sus posibilidades de permanecer con vida.
Se puso de pie y caminó hasta la entrada de la cueva.
Desde allí observó las Rocas Negras muy a lo lejos extendiéndose hasta perderse entre la bruma matutina.
Su mirada se detuvo en un grupo de riscos oscuros que aún no había explorado.
Había evitado aquella zona durante semanas.
Las lecturas de la brújula se volvían completamente erráticas cada vez que se acercaba.
Y, sin embargo...
Precisamente por eso despertaban su curiosidad.
Regresó al interior.
Sacó un mapa elaborado por ella misma.
Extendió el pergamino sobre la mesa.
Las rutas exploradas aparecían marcadas con tinta negra.
Las zonas peligrosas, en rojo.
Los lugares donde había detectado anomalías magnéticas, con pequeños círculos azules.
Solo quedaba un espacio completamente vacío.
El extremo occidental de las Rocas Negras.
Charlotte apoyó la punta del lápiz sobre aquella región inexplorada.
—Supongo que hoy te toca revelar tus secretos...
Comenzó a preparar la mochila.
Frascos.
Brújula.
Cuerda.
Martillo geológico.
Agua.
Botiquín.
Antes de salir, se dirigió a un rincón de la cueva donde descansaba el peculiar atuendo que había confeccionado durante los últimos meses.
El gran cráneo con cuernos que había encontrado poco después de que llegó a ese lugar.
Las pieles curtidas qué pudo obtener gracias al descuido de algunos de los antropomorfos que olvidaron cerca del territorio.
Las capas de hojas secas entretejidas, que había podido confeccionar basándose en un ritual ceremonial africano.
Más que un disfraz, se había convertido en una herramienta de supervivencia y trabajo.
Varias criaturas evitaban acercarse cuando lo llevaba puesto.
Y Charlotte no tenía intención de averiguar qué ocurriría si dejaba de usarlo.
Se ajustó el cráneo sobre la cabeza.
Comprobó que la visión siguiera siendo adecuada.
Sujetó la mochila a la espalda.
Cuando salió de la cueva, ya no parecía una investigadora.
Parecía una criatura nacida del propio bosque.
Ignoraba que, oculto entre las copas de los árboles, un par de ojos del color de las llamas siguieron cada uno de sus movimientos.
Zaeryn observó cómo la misteriosa figura abandonaba la cueva por primera vez.
No hizo el menor intento por seguirla.
Esperó.
Uno...
Dos...
Cinco minutos.
Hasta que el silencio volvió a adueñarse del lugar.
Entonces dirigió nuevamente la mirada hacia la entrada, casi invisible entre raíces y enredaderas.
Había esperado ese momento desde el día anterior.
Y por fin había llegado.
Charlotte guardó el último fragmento de mineral dentro de un frasco de vidrio.
La brújula seguía girando sin encontrar el norte.
Aquella veta era, sin duda, la responsable de las anomalías magnéticas registradas durante las últimas semanas.
Sonrió detrás de la máscara.
Había valido la pena el viaje.
Se incorporó lentamente, sacudió el polvo de los guantes y dio apenas un paso cuando un gruñido grave estremeció el silencio del bosque.
Su cuerpo se tensó al instante.
No volvió la cabeza de inmediato.
Respiró pofundo, luego otra vez.
Entonces giró lentamente.
Entre los arbustos, dos ojos amarillentos la observaban sin parpadear.
La criatura emergió con la lentitud de un depredador que ya había decidido atacar.
Era enorme.
Su lomo estaba cubierto por un espeso pelaje negro atravesado por una hilera de escamas oscuras que descendían desde la nuca hasta la punta de la cola.
Las patas delanteras terminaban en garras largas y curvas capaces de desgarrar un tronco con facilidad.
Un par de colmillos sobresalían del hocico incluso con la mandíbula cerrada.
El aire escapaba de sus fosas nasales en resoplidos profundos.
Charlotte no necesitó más.
Depredador.
Territorial.
Demasiado cerca.
Retrocedió un paso sin apartar la vista del animal.
La bestia respondió con otro gruñido.
Después avanzó.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Charlotte dejó caer la mochila al suelo.
Sus manos buscaron de inmediato el bolsillo lateral.
Los dedos encontraron los dos pequeños recipientes.
—Vamos...
El animal aceleró.
Charlotte destapó ambos frascos de un solo movimiento y vació el contenido sobre una grieta de la roca.
No había tiempo para medir cantidades.
Ni para corregir errores.
Solo necesitaba una oportunidad.
La criatura lanzó un rugido que hizo vibrar el aire.
Estaba cada vez más cerca.
Charlotte retrocedió otro paso mientras sacaba el pedernal del cinturón.
Golpeó.
La primera chispa murió antes de alcanzar la mezcla.
—¡Vamos...!
Otro rugido.
La bestia se impulsó con las patas traseras.
Segunda chispa.
Durante una fracción de segundo...
Nada ocurrió.
El corazón de Charlotte dio un vuelco.
Entonces la roca respondió.
Una explosión seca sacudió el estrecho paso entre los riscos.
El estruendo rebotó contra las paredes de piedra multiplicándose una y otra vez.
Una nube de polvo cubrió el sendero.
Fragmentos de roca salieron despedidos.
La onda de choque golpeó el pecho de Charlotte, obligándola a cubrirse el rostro con el brazo.
La criatura lanzó un bramido de puro desconcierto.
Retrocedió de un salto.
Sacudió la cabeza con violencia.
Miró hacia la nube de humo.
Y, por un instante, pareció debatirse entre atacar o huir.
Otro pequeño desprendimiento de piedras terminó por decidirla.
Giró sobre sí misma y desapareció entre la vegetación con una velocidad sorprendente para un animal de aquel tamaño.
Charlotte permaneció inmóvil.
Escuchó.
Los pasos de la bestia se alejaban.
Las aves comenzaron a levantar el vuelo.
Solo entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—Funcionó...
No había rastro de satisfacción en su voz.
Solo alivio.
No perdió un segundo.
Mientras el humo seguía disipándose, se acercó rápidamente al punto de la explosión.
Los minerales habían cambiado de color.
Algunas vetas mostraban pequeñas estructuras cristalinas que no estaban allí unos segundos antes.
—Increíble...
Sacó un frasco vacío.
Recogió varias muestras con unas pinzas.
Después tomó un pequeño fragmento ennegrecido de la roca y lo guardó con el mismo cuidado.
Su mente ya formulaba nuevas hipótesis.
Pero aquel no era el lugar para comprobarlas.
Una explosión como aquella podía atraer depredadores... o algo mucho peor.
Guardó el resto del equipo con movimientos rápidos.
Ajustó nuevamente el cráneo sobre su cabeza.
Echó un último vistazo al lugar.
Y emprendió el regreso hacia la cueva sin saber que, desde la copa de un gigantesco árbol, unos ojos del color de las llamas observaban la columna de humo elevarse entre las Rocas Negras.
Zaeryn no comprendía qué acababa de presenciar.
La criatura de las leyendas había ahuyentado a una bestia que duplicaba su tamaño sin tocarla siquiera.
No había visto fuego.
No había visto un hechizo.
Solo un estruendo nacido de la propia montaña.
Y por primera vez en mucho tiempo, el príncipe guerrero sintió algo muy poco habitual en él.
Incertidumbre.
De verdad, la mente de un científico porque tiende a ser tan compleja a la hora de empatía o ceder en algo a temas del corazón.
Vaya mujer 😔
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/
no te podías esperar unos días mas🤭
te queremos autora🥰🥰
un maratón 💘💘👏👏☺️☺️
que emoción 💘 bueno...será que la va a reclamar?🥰
cómo que el mushasho la puso nerviosa🤭🥰
Supongo que la marca hace sentir al compañero las emociones de tristeza, alegría o peligro? porque no lo veo como una simple marca