Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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La sombra del demonio
La cita fue pactada para un atardecer de jueves, cuando el calor del Caribe cedía ante una brisa que mecía las palmeras con suavidad. Gabriel Mendoza no pasó a buscarla en un coche de lujo con cristales blindados; la esperó a pie, al final del sendero que conducía a la librería, vistiendo una camisa de lino blanco y con una sonrisa que no exigía nada, solo ofrecía compañía.
Selene caminó hacia él sintiendo una extraña mezcla de libertad y cautela. Llevaba un vestido sencillo de flores azules, el cabello suelto y el rostro lavado. Durante casi un año, su único contacto masculino había sido Don Julián y solo habia hablado con su terapeuta. Estar frente a un hombre de la edad de Maximiliano, con esa vitalidad y ese interés evidente, era un terreno desconocido que la obligaba a aplicar cada herramienta que había aprendido en terapia.
—Estás preciosa, Selene —dijo Gabriel, extendiendo una mano que ella no tomó de inmediato, pero que él retiró con una naturalidad caballerosa, sin ofenderse—. Gracias por aceptar. Aunque me costó un poco convencerte.
Selene sonrio sinceramente al saber que Gabriel tenia razón, ella no habia querido aceptar su invitación, pues no quería involucrarse con nadie.
Caminaron hacia un pequeño restaurante a la orilla del mar, donde las mesas eran de madera rústica y la luz provenía de faroles de papel.
—Gabriel —empezó ella, deteniéndose antes de entrar al lugar—, antes de que nos sentemos, necesito ser muy clara contigo. He aceptado esta salida porque me pareces una persona íntegra y me gustan nuestras conversaciones en la librería. Pero... no estoy lista para nada más que una amistad. Mi vida ha sido un campo de batalla durante mucho tiempo y apenas estoy aprendiendo a caminar en paz. No busco romances, ni promesas, ni compromisos.
Gabriel la miró con una profundidad que la desarmó. No había rastro de la burla que Maximiliano solía usar cuando ella intentaba poner límites.
—Selene, lo entiendo mejor de lo que crees —respondió él, bajando el tono de voz—. No estoy aquí para invadir tu espacio ni para ser otro peso en tu vida. Estoy aquí porque me fascinas, sí, pero también porque respeto el muro que has construido para protegerte. Si todo lo que puedes darme hoy es una charla sobre libros y una caminata frente al mar, para mí es más que suficiente. Me conformo con ser el hombre que te haga reír esta noche, sin ningún tipo de presión, creo que eres una mujer muy interesante y solo quiero conocerte y que me conozca... Si en el proceso resulta que algo nace entre los dos, entonces lucharé por eso.
Selene quedó sorprendida por las palabras de Gabriel, ella nunca habia tenido la oportunidad de conocer a alguien, ya que Maximiliano solo mostro una mentira bien elaborada.
Se sentaron a una mesa apartada. Durante la cena, Gabriel cumplió su palabra. No hubo preguntas invasivas sobre su pasado, ni intentos de tocar su mano sobre la mesa. Le habló de su trabajo como arquitecto, de cómo veía la belleza en las estructuras que resistían el paso del tiempo, y de su sueño de restaurar pueblos como este para que no perdieran su alma.
Selene se sorprendió a sí misma riendo. Era una risa que nacía del estómago, ligera, sin el miedo constante de decir algo que "ofendiera" el intelecto de su interlocutor. Con Gabriel, el silencio no era una amenaza, era un respiro.
—¿Sabes? —dijo ella, jugando con su copa de agua—, durante mucho tiempo pensé que todos los hombres de "éxito" tenían que ser como bloques de hielo. Que el poder era sinónimo de frialdad.
—El poder real, Selene, es el que te permite ser suave cuando el mundo es duro —respondió Gabriel, mirándola con una admiración que la hizo sonrojar—. Construir algo hermoso requiere mucha más fuerza que destruirlo.
La velada transcurrió en una burbuja de serenidad. Selene sintió que, por primera vez en su vida adulta, un hombre la escuchaba no para poseer su opinión, sino para conocerla. Sin embargo, en el fondo de su mente, una sombra persistía. La sombra de la mansión, del encierro de tres días y de la mirada asesina de Maximiliano.
Cuando Gabriel la acompañó de regreso a "La Esperanza", se detuvo a un par de metros de la puerta.
—Gracias por esta noche, Selene. Ha sido el mejor capítulo de mi semana.
—Gracias a ti, Gabriel. Por... por respetar mis reglas.
Él asintió y se despidió con un suave gesto de la mano. Selene entró en la librería y cerró la puerta con llave, pero esta vez no se sintió prisionera. Se sintió protegida por su propia voluntad.
Lo que Selene no sabía era que, esa misma noche, en un bar de mala muerte en la periferia de su ciudad, uno de los informantes de Maximiliano estaba recibiendo una fotografía borrosa tomada por un teléfono de baja resolución. En la imagen, se veía a una mujer de perfil, riendo en una mesa frente al mar, junto a un hombre que no era su esposo.
El rastro que Selene creía haber borrado con su terapia y su nueva vida estaba a punto de ser descubierto por el hombre que juró que nunca la dejaría ser libre. La paz de "La Esperanza" pendía de un hilo, y el encuentro con Gabriel, aunque hermoso, acababa de ponerle un rostro a la furia que Maximiliano desataría al saber que su "inversión" no solo se había escapado, sino que estaba empezando a amar a otro.