Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 3 Ven, niña.
¿En serio? ¿Esto es parte del trabajo? ¿Dónde está el capítulo del manual de "Asistente Ejecutiva" que cubre la limpieza de genitales de tu jefe en coma? Debe estar junto al de "Cómo sobrevivir a miradas asesinas de prometidas celosas" y "Primeros auxilios para ataques de histeria por culpa de suegras diabólicas". Mientras, mis pies parecen clavados al suelo, negándose a acercarse a ese campo minado de incomodidad."
La enfermera me mira detenidamente; ve a la linda rubia roja como un tomate.
—Ven, niña. Debes aprender. Ya sabes cómo es la familia de este hombre —dice con una voz que no admite discusión.
Yo me acerco como si me aproximara a una serpiente venenosa que está dormida y no sé si me refiero a mi jefe o a... otra cosa. Listo. Ya no me voy a quitar de la cabeza esa imagen. ¿Cómo haré para mirarlo a los ojos cuando despierte, sabiendo que he visto... todo? Me va a despedir y luego me demandará por acoso visual."
Empiezo a limpiarlo como ella me indica. En realidad, es muy fácil… si logro ignorar que ahí está... Eso. Parece que me saluda cada vez que me vuelvo. Pero justo cuando lo estaba secando, ocurrió.
Se despertó.
No, no mi jefe. Obviamente, no era mi jefe.
Era… el jefecito. O el jefesote. No sé cómo describirlo.
Y otra vez, estoy roja como un tomate.
Y la enfermera, que parecía tan profesional, suelta una carcajada al verme con esta cara de tonta que debo tener.
¡Qué vergüenza! Solo a mí me pasa. Solo a mí me toca una escena de comedia romántica de bajo presupuesto donde el interés amoroso está en coma y su 'interés', ejem, tiene más vida que él. Dios, si sobrevivo a esto, merezco un ascenso... o por lo menos, una sesión de terapia intensiva para borrar esta memoria."
Los días venideros fueron muy difíciles y bastante estresantes para una Fabiana que no sabía ni lo que hacía. Habían pasado tres días y la familia de Lucian ni se había asomado.
En un momento de locura —o de pura soledad—, Fabiana comenzó a hablar con su jefe.
—Jefe, esa familia suya es muy cruel. Ni vienen, menos llaman. Hay que ver... Qué difícil debe ser crecer en una familia así. Tal vez es por eso que usted es tan inteligente; debió tener que resolverlo todo solito. Y en cambio, yo creo que soy tonta porque mis padres me cuidaron demasiado... Pero no hablemos de mí. Ya es hora de su almuerzo. Ahora le traen su papilla para viejitos... Jajajaja, no se vaya a enojar, pero es en realidad eso... Además, se lo dan por sonda gástrica.
Fabiana parloteaba mientras le hacía la fisioterapia que le habían enseñado, y ya lo limpiaba sin sonrojarse tanto como el primer día.
Fue entonces cuando su tía Carmen llegó a verla.
—Hola, cariño. Vine a ver cómo estás. Debe ser muy duro —dijo, entrando a la suite. De pronto, su mirada se clavó en la cama y su voz cambió por completo—. ¡Ay, maldita sea! ¡Qué hombre más guapo! ¿Qué rayos...?
—¡Tía, no grites! —susurró Fabiana—. Sí, está guapo. Pero cuando está despierto es malvado. Cruel... Muy, muy varonil. Un maldito macho alfa. Pero un desgraciado, a fin de cuentas.
Carmen parpadeó, sin poder apartar la vista.
—Yo pensaba que tu jefe era un viejito barrigón, medio calvito... Pero esto... esto, Fabi, es un monumento a la lujuria.
Fabiana se sonrojó de golpe. Y, sin pensarlo, soltó lo que nunca debió haber dicho:
—Y eso que no le has visto la tercera pierna. Es un trípode.
Carmen se tapó la boca, con los ojos como platos.
—Bueno, cariño. Por lo menos, si te demanda, tendrás un testimonio ocular de primera mano sobre los... daños colaterales del estrés laboral. —Le guiñó un ojo.
Fabiana puso pucheros y bufó ante la burla de su tía.
—¡Tía! Hablemos en serio. ¿Qué dijeron los abogados? —preguntó, cambiando de tema.
—Bueno, bueno, no te enojes —dijo Carmen, adoptando un tono más serio.
—Dijeron que no hay manera de hacerte responsable. Como mucho, un memorándum de la empresa por falta laboral. Pero un accidente es un accidente; no fue premeditado.
Fabiana se calmó un poco y asintió. Esto era mejor. Aunque sabe que, si la despiden, igual está en graves problemas.
—¿Cómo están mis padres? —preguntó, con verdadera preocupación.
—Preocupados por ti. Dicen que esperan que estés bien, que comas bien, que no te metas en líos (bueno, eso es imposible contigo)… Pero también están ilusionados con ese "ascenso" que no sé si va a llegar —dijo Carmen, mirándola con complicidad.
Carmen bajó la voz.
—Fabi, sé que… quieres cuidarlos. Sé que no quieres asustarlos. Pero si esto termina en un despido, será peor. No deberías mentirles.
—Lo sé… Lo sé —susurró Fabiana—. Pero el problema cardiaco de papá está empeorando. Mi madre apenas se mantiene en su trabajo; andan buscando excusas para despedirla. No quiero que esto termine mal.
Su tía asintió, con resignación.
—Bien. No me voy a meter en eso.
Fabiana respiró hondo y sacó un papel.
—Tía, tengo un par de cuentas bancarias donde divido el dinero para mis padres. Saca de ahí lo que necesiten mis viejitos —dijo, pasándole los datos.
—Y si ese Miguel sigue rondando mi casa, llama a la policía. De verdad, ya no lo soporto.
—Ese zángano sigue molestando —refunfuñó Carmen—. ¿No le bastó con serte infiel mientras lo mantenías? Ahora quiere perdón. ¡Qué chiste! Tú trabajando como mula en esa empresa mientras él jugaba Xbox y se acostaba con otra en tu cama… ¡Qué descarado!
Mientras su tía hablaba, Fabiana asentía. Pero en su interior, un sentimiento más profundo y amargo, la carcomía: la culpa. Culpa por haber permitido una situación tan absurda, por haber confiado tanto y por haberse desgastado tanto por alguien que no lo valía.