Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 12 "Fisuras en el despacho"
Dos semanas después....
Desde aquella cena en la mansión de los abuelos, el ambiente dentro del edificio corporativo se había vuelto asfixiante.
La competencia por el puesto de CEO avanzaba de forma implacable y la presión del patriarca Augusto estaba haciendo mella en el carácter de los herederos, pero quien realmente estaba pagando el precio del estrés era Leonardo; los números de su departamento seguían en rojo, el abuelo lo vigilaba de cerca y las constantes miradas de su tío en los pasillos le recordaban, a cada segundo, que estaba perdiendo terreno.
La tarde estaba cayendo y el horario de salida del personal ya había pasado.
En el penúltimo piso del edificio, el silencio era absoluto; la mayoría de las oficinas estaban a oscuras y no quedaba ni un alma en los cubículos.
Dentro de su despacho, Leonardo permanecía sentado frente a su escritorio, con la corbata floja y los ojos fijos en una pila de documentos importantes.
De pronto, la puerta de madera se abrió de golpe, Valeria entró sin pedir permiso, vestía un elegante vestido de diseñador que se ajustaba a su silueta, tacones altos que resonaban con furia sobre el suelo y un bolso de marca sumamente costoso; una mujer digna de la cotizada modelo publicitaria que era. Cerró la puerta detrás de sí con un golpe estruendoso, caminó a grandes zancadas hacia el escritorio y sin mediar palabra, sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolso y la arrojó con desprecio sobre los papeles de Leonardo.
—¡No voy a aceptar las sobras de Valentina! —le gritó, con la voz llena de rabia.
Leonardo levantó la vista de golpe, parpadeando con sorpresa ante el impacto de la joya sobre su escritorio.
—¿De qué estás hablando, Valeria?, no te entiendo—preguntó, intentando mantener la calma.
—¡Significa que estoy harta! —exclamó ella, levantando los brazos en el aire— Estoy harta de conformarme con citas rápidas en esta lugar o el depa, mientras tu querida esposa vive como una reina en la mansión De la Vega —dijo, con la voz cargada de resentimiento—La última vez me dejaste plantada en la sesión de fotos; cancelaste a última hora tu asistencia para supervisar el set donde yo era la modelo principal.
—¿Y todo para qué? Para quedarte metido en tus estúpidas juntas de negocios —continuó, con enojo en su mirada —me prometiste que me lo compensarías, ¿y cómo lo hiciste? ¡Regalándome este estúpido collar!
Valeria soltó una risa amarga y dio un paso más hacia el escritorio, sacando de su bolso un papel doblado que arrojó frente a él.
—Qué lástima que tu secretaria sea tan descuidada Leonardo, porque encontré la factura original en la carpeta de gastos, compraste dos collares idénticos el mismo día —hizo una pausa para seguir descargando su ira —uno para mí y otro para tu esposa, para seguir fingiendo tu asqueroso matrimonio estable ante tu abuelo.
—¡Eres un cínico! Estoy harta de tus eternas promesas de divorcio y de que solo pienses en esa maldita presidencia —le gritó desesperada— esa ambición te está volviendo un desconocido y ya no te importa nada más que tu maldito orgullo.
Leonardo, cuyos nervios ya estaban destrozados por las auditorías de Julián y las advertencias de Alexander, sintió que el control se le escapaba de las manos. Se puso de pie bruscamente, tirando la silla hacia atrás y perdió la paciencia por completo.
—¡Ya basta, Valeria! ¡Madura de una buena vez! —le gritó, con las venas de su cuello marcadas por la furia— No tengo tiempo para tus reclamos absurdos ni para tus caprichos de niña consentida, tu sabías perfectamente a lo que te atenías desde el primer día que aceptaste estar conmigo, sabías que estaba casado y sabías lo que nos jugamos aquí —dijo con la voz llena de rabia —¡La presidencia de esta empresa es lo primero! Sin ese puesto, no soy nadie en esta familia, así que recoge esa maldita joya y sal de mi oficina ahora mismo.
La mención de que ella sabía cuál era su lugar como la "otra" terminó por destrozar el orgullo de la mujer, sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración. Miró a Leonardo, luego su mirada cayó sobre la fotografía enmarcada que descansaba sobre el escritorio: él y su esposa, sonriendo como si fueran felices, la tomó con brusquedad y sin pensarlo dos veces, la lanzó contra la pared opuesta, el cristal estalló en mil fragmentos, dejando el rostro de ambos destrozado entre los pedazos.
—¡Vete a la mierda, Leonardo! ¡Esto se acabó! —sentenció con la respiración entrecortada.
Dio media vuelta sobre sus altos tacones y se retiró del lugar, azotando la puerta con fuerza que hizo vibrar los cristales del despacho.
Salió directo hacia el ascensor, decidida a tomarse un respiro de la toxicidad qué la estaba ahogando y que mejor que adelantar su viaje de modelaje hacia Europa esa misma noche, sin embargo; a pesar de que la planta corporativa parecía sola, la escena de celos no había sido tan privada como los amantes creían, oculto en la oscuridad del pasillo izquierdo, el director financiero de la compañía, permanecía completamente inmóvil con una carpeta confidencial entre las manos.
Da la casualidad que había olvidado ese documento sobre su escritorio y había regresado por él minutos antes, sin imaginar jamás que la fortuna le entregaría oro puro en bandeja de plata, había escuchado cada grito, cada reproche sobre los dos collares de diamantes, la farsa del matrimonio con Valentina y el estallido de algún objeto de vidrio contra la pared.
Julián esperó a que el eco del ascensor indicara que Valeria ya se había marchado, entonces salió de entre la oscuridad y avanzó por el pasillo central, alejándose del lugar, una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios, mientras acomodaba sus lentes.
—Hubiera sido genial que Alexander presenciara esto en persona —murmuró para sí mismo — Pero bueno... para eso estoy yo, su buen amigo.
Cruzó las puertas de servicio, bajó directo al estacionamiento subterráneo y subió a su auto, dispuesto a irse a casa con nueva información que compartir.
El matrimonio de cristal de Leonardo acababa de recibir su primera gran grieta y el imperio De la Vega estaba a punto de tambalearse.