NovelToon NovelToon
Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:181.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8: La cena trampa

—¿Y cómo piensas agradecérmelo?

Valentina no le abrió más la puerta de lo necesario. Detrás de ella, Dulce dormía; delante, este hombre llenaba todo el marco con una pregunta que podía significar cualquier cosa.

—No tengo cómo pagarle lo que hizo hoy —dijo, con cuidado—. Lo sabe. Si lo que busca es humillarme, ya gané el día. Estoy cansada, señor Argüello. ¿Qué quiere?

Maximiliano la miró. La luz amarilla del foco del pasillo le caía de lado, y por un momento, uno solo, bajó la guardia: los ojos se le fueron a la boca de ella, y dio medio paso, y el aire entre los dos se puso espeso y conocido, como si los cinco años no hubieran existido, como si todavía tuvieran veinte años y un futuro.

Se detuvo. Apretó la mandíbula y retrocedió ese medio paso.

—Mañana —dijo, ronco, recuperando el hielo—. Cena. Restaurante Aurora, nueve de la noche. Te mando el coche. —Se dio la vuelta hacia las escaleras—. Considéralo el pago. Una cena. No te emociones.

Y se fue antes de que ella pudiera negarse.

Valentina cerró la puerta y se recargó en ella con el corazón golpeándole las costillas. "No te emociones", se repitió. Buen consejo. El mejor que le habían dado en años.

A la tarde siguiente dejó a Dulce con Camila.

—Mírate, comadre, hasta te peinaste. —Camila le acomodó el cuello del único vestido decente que tenía—. ¿Segura que es solo una cena de "pago"? Porque yo conozco esa cara y esa cara no es de pago.

—Es lo que es, Cami. Le debo a mi hija. —Valentina le besó la frente a Dulce—. Cualquier cosa, te marco. No le abras a nadie que no sea yo.

—Aquí me la cuido como un tesoro. Ándale, vete, que vas a llegar tarde.

Pero no llegó a la Aurora.

A dos cuadras de su casa, todavía esperando un taxi, le entró un mensaje de un número que conocía de memoria. Bruno.

"Pensé mejor lo del divorcio. Estoy dispuesto a firmar y darte la custodia completa de la niña, sin pelear. Pero hay que hablarlo hoy, en privado, antes de que cambie de opinión. Te mando dirección. Ven sola."

Valentina se quedó mirando la pantalla en la banqueta. Cada célula de su cuerpo le decía que desconfiara. Pero la palabra "custodia completa" era la única que llevaba semanas queriendo oír, la única que le devolvía a Dulce para siempre, sin juicios, sin ADN, sin riesgos. Si había una posibilidad, una sola, de cerrar esto hoy…

Le escribió a Maximiliano: "Surgió algo de la niña. No voy a poder llegar a la cena. Lo siento." Apagó la culpa como pudo, paró un taxi y le dio la dirección que Bruno acababa de mandarle.

Era una casa de campo en las afueras, al final de un camino de terracería, con la barda alta y el jardín a oscuras. No había coches de fiesta, no había abogados, no había nada de lo que una negociación necesita. Valentina lo notó tarde, cuando el taxi ya se había ido y ella ya estaba adentro del portón.

—Pásale, pásale. —Bruno la recibió en la sala, con una copa en la mano y una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Bruno cumple su palabra. Siéntate. Ahorita traen los papeles.

—¿Dónde están los papeles, Bruno?

—Relájate. —Le sirvió una copa que ella no tomó—. Mira, ya que estás aquí, quiero presentarte a alguien. Un socio. Un amigo muy importante para mí. —Alzó la voz hacia el pasillo—. ¡Damián! Ya llegó.

De la penumbra del pasillo salió un hombre joven, de camisa abierta y mirada turbia, que la recorrió de arriba abajo como quien revisa una mercancía. Valentina se puso de pie de golpe.

—Está más buena de lo que dijiste —le dijo Damián a Bruno, sin saludarla a ella siquiera.

El estómago de Valentina se volvió de piedra. Entendió todo de un solo golpe: el divorcio, los papeles, la "negociación". Nada de eso existía. Bruno necesitaba algo de este hombre —una firma, un contrato, un favor— y la moneda de cambio era ella.

—Me voy. —Caminó hacia la puerta.

Bruno llegó primero. Le dio vuelta a la llave y se la guardó en el bolsillo, sin perder la sonrisa.

—No seas grosera, mi amor. Damián vino desde lejos. Pórtate bien con él y todos salimos ganando. —Le habló al oído al pasar, bajito, venenoso—. Una coja divorciada con una hija sorda no está en posición de hacerse la fina.

Y se fue. Cerró la puerta del otro lado. Valentina se quedó sola en la sala con Damián, con la llave del otro lado del mundo, y con el corazón retumbándole en los oídos.

No iba a entrar en pánico. El pánico no servía. Ya había sobrevivido a una casa con la puerta cerrada por dentro; sabía cómo se respiraba ahí.

Midió el cuarto con los ojos sin moverse. Una ventana grande al fondo, con barrotes. Otra más chica hacia la cocina. Una puerta de servicio que daba al patio trasero, quizá. Damián se había servido un trago y la miraba desde el sillón, sin prisa, disfrutando de que ella entendiera que no tenía a dónde ir.

—Mira —dijo Valentina, obligándose a hablar despacio, a no temblar—. No sé qué te dijo Bruno. Pero yo soy enfermera, divorciada, sin un peso. Lo que sea que él te ofreció a cambio de mí, te está viendo la cara. No valgo lo que te prometió. Déjame ir y nadie se entera de nada.

—Cállate. —Damián se rió, pero no se levantó, todavía—. Hablas mucho. Me gusta más calladita.

Ella siguió hablando igual, palabra tras palabra, porque cada segundo que él se quedara oyéndola era un segundo que no se le acercaba. Retrocedió como sin querer hacia la cocina, midiendo la distancia a la puerta de servicio, calculando si la pierna le aguantaría una carrera. Alcanzó a girar el pomo con la mano por detrás de la espalda. Cerrado. También cerrado. Por supuesto.

A doce kilómetros de ahí, en una mesa del Restaurante Aurora, Maximiliano miraba su teléfono por tercera vez.

"Surgió algo de la niña." Releyó el mensaje. Algo no le cuadraba. Esta tarde había hablado con Gael; la niña estaba bien. Y Valentina no era de las que cancelaban con una excusa floja; era de las que llegaban aunque les doliera el alma.

—Ulises. —No levantó la voz—. La última ubicación del teléfono de la señora Rivas. Y revísame los movimientos de Bruno Salazar de hoy. Todos.

Ulises, que llevaba años aprendiendo a no preguntar, ya tecleaba. Dos minutos después su cara cambió.

—Señor. El teléfono de ella salió de la ciudad hace media hora. Va por la carretera vieja. Y Salazar rentó ayer una casa por ese rumbo. La pagó un tal Damián Conde. —Tragó saliva—. Conde tiene dos denuncias por abuso. Las dos se cayeron porque el papá es quien es.

Maximiliano ya estaba de pie. La silla cayó hacia atrás. No corrió: salió del restaurante a una velocidad que vaciaba el aire, marcando un número, dando una dirección, ordenando que avisaran a la policía y que nadie esperara a la policía.

—Más rápido —fue lo único que le dijo a Ulises cuando el coche arrancó con un chirrido.

El camino se le hizo eterno. La ciudad se deshilachó en gasolineras y terrenos baldíos, y él iba con la mandíbula tan apretada que le dolía, repasando, sin querer repasarlo, su propio mensaje cruel de la noche anterior, su "no te emociones", la cara de ella en el marco de la puerta cuando él retrocedió ese medio paso. La había mandado a una cena para humillarla un poco más. Y mientras él jugaba a ser el dueño del mundo en una mesa de manteles blancos, alguien la tenía encerrada en una casa al final de un camino de tierra. Si le pasaba algo. Si llegaba tarde. El pensamiento le abrió un hueco negro en el pecho que no había sentido desde el día del lago.

—Llama otra vez a la patrulla —dijo, con la voz rara—. Diles que si no llegan en diez minutos, el que va a necesitar ambulancia es el otro.

Ulises no preguntó por quién lo decía. Marcó.

Los faros barrieron por fin una barda alta, un portón entreabierto, un camino de terracería. Maximiliano no esperó a que el coche se detuviera del todo. Se bajó en movimiento.

En la casa de campo, Damián se acercaba.

—No te hagas del rogar —dijo, soltándose el primer botón—. Bruno ya me contó tu situación. Nadie va a venir por ti. Ni quien te extrañe.

—Atrás. —Valentina agarró lo primero que encontró, un cenicero de vidrio pesado, y lo sostuvo frente a ella con las dos manos—. Te lo advierto. No te me acerques.

Él se rió. Avanzó. Ella le aventó el cenicero y le abrió la ceja; él soltó una maldición, se llevó la mano a la cara, y la rabia le borró de golpe lo que le quedaba de cortesía. Se le fue encima.

Valentina retrocedió chocando contra la pared, sin más cosas que aventar, con la pierna mala fallándole, gritando con todo el aire que le quedaba aunque sabía que no había nadie en kilómetros que pudiera oírla. Pensó en Dulce. En la cara de Dulce si su mamá no volvía por ella. Y esa imagen le dio una fuerza que el miedo no le daba: pateó, mordió, arañó, peleó como pelea quien tiene a alguien por quién regresar. No fue suficiente. Él era más grande, más pesado, y la rabia de la ceja abierta lo hacía más bruto. La mano de Damián le alcanzó la muñeca y se la torció contra la pared. La otra le buscó el cuello del vestido.

Y entonces la puerta de la casa explotó hacia adentro de una patada, arrancada del marco, y contra la luz de los faros de un coche apareció una silueta que Valentina habría reconocido en cualquier oscuridad del mundo.

1
Elisa Betancurt
🤣🤣🤣🤣🤣
Zaira
no se que orgullo pues fue ella la que lo dejó cuando el cayo en crisis h se caso con otro ahora que espera.
Elisa Betancurt
😭😭😭😭😭
JZulay
ay... de malas !!! 🙊
Yanira Mendoza
Otra cosa que no me queda clara fue que paso en el Lago ☺️
Yanira Mendoza
No entendí si tienen 20 años separados y cuando concibieron a la niña. Misterioooo
Grimanesa Mucha Urbano
no mi gusta mujeres débiles y tontas que se dejan manipular odio ese personaje
Marisol Ayala Gonzalez
que horror,tan.estipida esta mujer.
di la verdad de una y ya....
Claudia Oroná
Ese hombre vale oro y la quiere bien,no como el otro idiota y estupido que odia y le quita a su hija y hace sufrir a la niña por unos celos estupidoss Es tan poco hombre Maximiliano!!!!!!
Lala González
la maestra de piano es ella, no? aquí como que se revuelven mucho
Claudia Oroná
y ella que estúpida o acaso no lo conoce a ese Bruno?
Blanca Ramos
muy buena
Norma Libran
me gustó muchos
Jacinta Gomez
que bonita hija que habla con su madre en todo momento
Jacinta Gomez
al fin llego la felicidad
meidi aguiar
amiga te felicito excelente historia aunque me hizo llorar mucho espero disfrutar de muchas más de tus historias
Jacinta Gomez
es muy triste la historia
Jacinta Gomez
espero que no salga resultados negativos
Jacinta Gomez
hojala que pronto se descubra verdad
Jacinta Gomez
el egoísmo reina en esta historia y no hay nada sentimiento ms
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play