Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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LA FISURA EN LA RESERVA
El sonido de los golpes contra el marco del montacargas provocó un escalofrío instantáneo en el pasillo del piso 5.
De la puerta del apartamento 502 asomó la cabeza un anciano con un respirador portátil de oxígeno a canula nasal, mirando hacia la barricada con terror. En el 505, el llanto ahogado de un niño pequeño fue sofocado rápidamente por la mano de su madre tras la madera de la puerta.
Guillermo caminó hacia el registro de la columna de incendios por donde habían salido Mateo y Sofía. Asomó la escopeta hacia el pozo técnico.
—No vienen por el pozo —dijo Mateo, poniéndose al lado del administrador—. Los golpes vienen del ducto de carga del hospital. Abajo, en el taller de biomédica, la presión positiva de aire que activó Sofía abrió los sensores de presencia. Las criaturas del piso 4 están siguiendo las corrientes de aire. Van a subir por el hueco del montacargas en cuestión de minutos.
—La cortina del montacargas en este piso es de lámina entrelazada de aluminio —dijo Marcela con la voz quebrada por el pánico—. No va a aguantar si tres o cuatro de esas cosas se le tiran encima al mismo tiempo.
—Tenemos que taponarla con mortero fresco o bajar el seguro de enclavamiento manual —dijo Guillermo, girándose hacia Mateo—. Si usted es ingeniero del hospital, conoce el cuadro de control del montacargas. La llave de paso de emergencia está en el cuarto de contadores de este piso.
Mateo miró a Sofía. Ambos sabían que su prioridad absoluta era continuar el ascenso hacia el piso 6 y llegar eventualmente al techo o a la pasarela superior de interconexión con el bloque administrativo, pero dejar a las catorce personas del piso 5 a merced de la horda del montacargas significaba condenarlas a una carnicería inmediata.
—Lléveme al cuarto de contadores —aceptó Mateo—. Sofía, quédate cerca de la barricada de la columna de incendios. Si escuchas que la lámina del montacargas cede antes de que yo baje el enclavamiento, te metes al registro y no esperas a nadie.
—No me voy a ir sin ti, Mateo —respondió ella, aferrando la llave inglesa con fuerza—. Acompaño a Marcela a sellar la rejilla de ventilación del pasillo central con la cinta.
Guillermo sacó un manojo de llaves maestras del bolsillo de su chaleco y caminó a paso rápido por el corredor aplanado, seguido de cerca por Mateo.
El cuarto de contadores del piso 5 era un nicho técnico estrecho situado entre las puertas del 503 y el 504. Dentro, las cajas de breakers eléctricos de baquelita negra y los medidores de flujo de agua se alineaban en tres hileras horizontales. El aire dentro del nicho estaba insoportablemente caliente; el cableado de potencia principal del edificio, sobrecargado por los cortocircuitos de las plantas inferiores, emitía un olor a plástico achicharrado y ozono.
Mateo abrió la puerta metálica de la caja de control del montacargas.
Los indicadores de bobina estaban quemados, pero la palanca de enclavamiento mecánico de trinquete —una barra de hierro pintada de rojo para situaciones de incendio— permanecía en posición levantada. Si lograba bajar la palanca, los pernos de acero de dos pulgadas del montacargas se dispararían hacia los rieles laterales, soldando mecánicamente la cabina en el nivel inferior y bloqueando el acceso hacia el piso 5 de forma definitiva.
Mateo puso ambas manos sobre la palanca roja.
—Está atascada por la falta de grasa —dijo Mateo, ajustando el peso de su cuerpo para tirar hacia abajo—. Necesito palanca.
—Tenga —Guillermo le extendió el cañón de la escopeta para que usara la culata como soporte, pero Mateo la rechazó con la mano.
—No use el arma para eso, Guillermo. Si el trinquete salta, el impacto va a doblar el ánima del cañón y la escopeta no va a servir para nada.
Mateo buscó en su cinturón de herramientas. Tomó el martillo de bola, encajó la peña cónica entre el cuerpo de la palanca y la lámina de soporte de la caja de contadores, y aplicó todo el peso de su brazo sano haciendo palanca hacia la izquierda.
¡CLACK... CRUNCH!
El trinquete de acero cedió. En algún lugar dentro del hueco del montacargas, tres pisos más abajo, los pernos pesados de enclavamiento salieron disparados con un impacto seco que hizo vibrar las baldosas del pasillo.
Al mismo tiempo, un grito desgarrador resonó desde el extremo opuesto del pasillo del piso 5:
—¡LA BARRICADA! ¡DIOS MÍO, LA BARRICADA DEL 501!
Mateo y Guillermo corrieron de regreso al corredor central.
No eran los infectados del montacargas los que habían roto el perímetro. La losa de concreto del piso 5, debilitada por el peso de las toneladas de muebles de la barricada y por la falla estructural de los cimientos inferiores, había sufrido un asentamiento diferencial de cinco centímetros.
La pared del apartamento 501 se había agrietado de arriba a abajo en una diagonal perfecta. A través de la fisura de veinte centímetros de ancho que acababa de abrirse en el muro de mampostería, el aire helado y la bruma del pasillo de incendios del piso 4 comenzó a filtrarse directamente al pasillo del piso 5, trayendo consigo el siseo característico de los infectados que subían por el exterior del edificio.