Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 12
Azrael
Tampoco fui consciente de cuándo me quedé dormido. Solo sé que me dejé llevar por la sensación de tenerla contra mis brazos, en calma, dormida. Es algo que jamás he hecho antes; ni siquiera puedo dormir del todo cuando estoy solo. Sin embargo, no puedo negar que la sensación me agrada e incomoda a la vez.
Dasha parece una creación divina mientras duerme...
Abro los ojos cuando siento que alguien me observa detenidamente. No me equivoco, pero al despertar no encuentro a nadie con armas sobre mí, sino dos dagas de color verde clavadas en mi dirección. El rostro, que parece algo sobrenatural, está enmarcado por ondas de cabello negro, tan negro como el abismo.
La misma punzada que recibí al ver a su hermano me vuelve a atravesar. Mi hipnosis momentánea se interrumpe cuando Dasha se despierta. Se disculpa por haberse quedado dormida y la pequeña brinca a sus brazos, colgándose de su cuello.
—Buenos días, mi amor —dice Dasha—. ¿Te sientes bien? —La pequeña se separa de ella asintiendo—. ¿Cuéntame, qué quieres que te haga la tía Dasha?
Dasha le aparta el cabello de la cara. La niña no habla, solo se frota el estómago dejando claro lo que quiere.
—Oh, espera, casi se me olvida... —la endereza sobre su regazo—. Él es un amigo, te lo presento —dice mirándome.
Extiendo mi mano para saludar a la niña, sin embargo, no es un apretón lo que recibo. En su lugar es un abrazo; salta del regazo de Dasha y enrosca sus brazos sobre mi cuello, dejándome totalmente fuera de lugar. Creo que esto es lo más raro que he hecho en mi jodida vida. No obstante, termino de descolocarme cuando siento contra mi mejilla el suave impacto de sus labios.
—Oh, lo siento, es un poco efusiva —se ríe Dasha intentando tomarla.
—Ella es mi pequeña princesa, Azrael —dice Dasha tomándola sobre sí—. Su nombre es Kiara —me la presenta. La pequeña expande los ojos mientras sus labios se extienden en una sonrisa y sacude sus manos casi contra mi cara.
—Ve a lavarte los dientes y vuelve acá, anda —le pide Dasha. La niña baja de su regazo y sale corriendo escaleras arriba.
—Discúlpala —me pide Dasha poniéndose de pie.
—Dasha, deja de disculparte por todo —espeto—. No hay problema con nada.
—Es que...
—Ya, déjalo estar.
—De acuerdo, Azrael.
Me pongo de pie también acomodándome el saco. El retumbo de pasos pequeños inunda el salón cuando los dos pequeños llegan una vez más.
—¡Queremos desayunar, tía Dasha! —exclama el niño lanzándose y colgándose de la pierna de ella.
—Oh sí, cariño mío, denme un momento. Ya me encargo de eso —le dice Dasha—. Quédate a desayunar, Azrael. Por favor.
—Está bien, voy ahora —aseguro apartándome cuando el móvil me suena. Miro el nombre de Ruslan en la pantalla y desisto de contestar ahora. No aquí.
Paso al baño a lavarme la cara antes de volver a la cocina, donde encuentro a Dasha descalza con el cabello recogido en un moño en especie de nido. Aún tiene el mismo vestido de la cena, mientras que los niños están sentados en espera de la comida. Aparto la mirada cuando veo a Dasha sirviendo cuatro tazones con cereal y leche. Nada más. Me mira con ojos entornados.
—Toma asiento, anda. Toma el sitio que quieras —me dice con una sonrisa mientras deja los tazones sobre la mesa.
Veinticinco años. Veinticinco años sin tomar un puto tazón de cereal como desayuno, sin embargo, heme aquí, compartiendo uno con tres personas que apenas entran a mi vida.
—La tía Dasha no sabe cocinar —suelta Kael llevándose otra cucharada a la boca.
—Se nota.
—¡Kael, por el amor de Dios! —refuta ella—. Es solo que no tenía mucho tiempo —dice mirándome, y es obvio que el niño dice la verdad.
El niño la mira con ojos entornados mientras sacude la cabeza.
—Pero es que sí es verdad, tía Dasha —se encoge de hombros—. Tú no cocinas, solo haces tostadas con mermelada.
Dasha se pone colorada y no puedo evitar reírme con la situación, más aún cuando el niño le pregunta a su hermana y esta asiente dándole la razón.
—¿Tú también, pequeña? —Miro a la niña y esta suelta una risa asintiendo.
Dasha comienza a hacerles cosquillas a ambos y en menos de un minuto la cocina se llena con las risas de los tres, mientras yo me quedo mirando. El móvil suena de nuevo y, al ver el número, me pongo de pie.
—Lo siento, debo irme —digo.
—¿Va todo bien? —pregunta Dasha posando su atención en mí.
—Sí, es solo que debo ir a resolver algunos asuntos de trabajo.
—De acuerdo, espero que todo vaya bien.
Se pone de pie y pide a los niños que se despidan; ambos sacuden la mano sin dejar de comer. Dasha camina a mi lado hasta la puerta. Antes de abrir, me giro hacia ella, arrinconándola.
—Gracias por el desayuno —digo mirándola directamente a los ojos.
—¿Te burlas de mi desayuno? —pregunta mordiéndose el labio, haciéndome tragar grueso.
—No, no lo hago —soy sincero—. Fue raro, pero bueno.
—Intentaré tomarlo como un cumplido —ríe.
—Lo es —digo antes de salir. Ella se ríe y se pega al marco de la puerta.
—Una vez más, gracias por todo, Azrael.
—Nos vemos pronto, Dasha Lincor —saboreo su nombre.
—Nos vemos luego, Azrael Smirnov... —Siento como mi hombría se sacude al tenerla así frente a mí, jodidamente tierna, diciendo mi nombre.
—Eso no lo dudes.
Dicho esto, me obligo a dar la vuelta e irme hacia la camioneta.
Llego al hotel y subo directo a la suite. Cuando la puerta se abre, Vladimir salta enseguida hacia mí.
—Señor, su padre está alterado —suelta—. Brown atacó el puerto y perdimos una parte del cargamento —me informa, y eso basta para que mi día se arruine por completo.
Aprieto los puños con fuerza cuando termina de darme los detalles. El móvil vuelve a sonar y esta vez lo tomo.
—Antes de que digas cualquier mierda, yo me encargaré —suelto antes de que Ruslan diga una palabra.
—¿Dónde estabas? —es lo único que dice.
—Tenía asuntos.
Lo escucho respirar profundo a través del teléfono.
—Azrael, hijo...
—Yo me encargaré de lo que hizo ese malnacido, no te preocupes por el cargamento —digo.
—¡No me importa el puto cargamento! —espeta—. ¡Me importas tú, joder!
No digo nada.
—¿Cuándo volverás a Rusia? —pregunta al cabo de unos minutos.
—Necesito arreglar algunos asuntos antes.
—Bien. Solo te pido que estés aquí para el fin de semana, es la fiesta anual y no pienso llegar sin mi hijo... ¿Entendido?
—Sí.
Acepto no porque me interese lidiar con toda esa gente idiota, sino porque si no lo hago tendré que soportar a Ruslan más intenso, y la única intensidad que quiero ahora es otra, la que puede proveerme solo una persona.
Termino la llamada y arrojo el teléfono en la mesa antes de girarme hacia Vladimir.
—Duplica la seguridad en cada puerto y bodega del país. Quiero la ubicación exacta de los hombres de Brown.
—Como ordene, señor.
Se da la vuelta, pero lo detengo antes de que abra la puerta.
—Otra cosa...
Se gira hacia mí. Doy la orden que lo deja sorprendido, y la cual sabe que no puede refutar ni comentar con nadie.
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Despliego el mapa que muestra los puntos estratégicos de llegada para el cargamento de mi organización. Con trazos firmes, señalo con puntos rojos aquellos que aún permanecen invisibles para Brown y me enfoco en el que fue atacado; uno de los principales. El golpe fue certero, pero será el último que den a ciegas.
Enciendo la tablet que me entrega uno de los guardias. La pantalla muestra la ubicación de una de las bodegas de esos hijos de perra, un lugar que usan como guarida. Para su desgracia, ese territorio no me es ajeno. Me ocupo de trazar con rapidez un plan que me entregue la cabeza de su mano derecha; necesito devolver el golpe con una brutalidad que les quite las ganas de volver a intentarlo.
No me afecta el cargamento perdido, mi fortuna es demasiado vasta para llorar por mercancía, pero me hierve la sangre que se atrevan a interferir en mis asuntos.
—Asegúrate de que rodeen toda la zona —le ordeno a Vladimir sin despegar la vista de los planos—. Les caeremos al anochecer. Asegúrate de que nadie salga de allí y, si lo intentan, debo ser el primero en saberlo.
Dejo la tablet sobre la mesilla y me muevo hacia la otra mesa, donde los mapas físicos se extienden como una sentencia de muerte.
—Muevan los cargamentos restantes a las bodegas en Alaska —ordeno con voz gélida—. Lo que se salvó del ataque, distribúyanlo en el país hoy mismo. No quiero cabos sueltos.
—Sí, señor.
Mis hombres se retiran de inmediato para cumplir con las tareas asignadas mientras yo me encamino a la barra por un trago. El cristal pesa en mi mano mientras sirvo el licor. Dejo todo en orden y salgo a la terraza; me apoyo en la baranda, observando el paisaje que rodea el hotel mientras el alcohol me quema la garganta, dándome la lucidez que necesito.
Saco el móvil, no para revisar los negocios, sino para asegurarme de que las indicaciones que le di a Vladimir esta mañana hayan sido cumplidas al pie de la letra.