Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 15
Al abrir la puerta de su departamento, el silencio de la casa envolvió a Lucía. Cruzó el umbral, encendió las luces del recibidor y, de inmediato, un aroma denso e inconfundible llenó el ambiente. Era una mezcla penetrante de tabaco fino y rosas frescas, el mismo perfume que había impregnado sus sentidos la noche anterior.
Lucía se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no sintió miedo, sino una profunda e inexplicable fascinación. Avanzó despacio por el pasillo y, al acercarse a la entrada de su habitación, la penumbra del cuarto pareció cobrar vida.
—¿Me buscabas? —resonó una voz terciopelada desde la oscuridad.
Lucía retrocedió un paso, intentando agudizar la mirada.
—¿Quién eres? —preguntó con voz firme.
—¿No me recuerdas? —respondió la figura.
Lucía contuvo el aliento al reconocer el tono grave y seductor.
—¿Tú eres esa mujer? Entonces... no fue un sueño.
—Claro que no fue un sueño —dijo la voz mientras la silueta comenzaba a moverse—. Nadie despierta así de la noche a la mañana. Me alegra saber que te sientes mejor.
—¿Qué eres? —cuestionó Lucía, sosteniendo la mirada hacia el interior del cuarto—. ¿Eres una bruja?
—¿Realmente crees que soy una bruja? —replicó la mujer con una leve risa que resonó en el aire.
En ese momento, la figura dio un paso hacia la luz de la lámpara del pasillo, dejándose ver por primera vez en todo su esplendor. El asombro se apoderó por completo de Lucía.
La mujer llevaba un vestido negro ceñido al cuerpo, de un corte extremadamente sensual que resaltaba su silueta impecable. Su cabello, de un negro azabache, caía suavemente sobre sus hombros, y sus ojos, intensos y magnéticos, brillaban en la penumbra con un destello casi sobrenatural.
—¿Cómo entraste a mi casa? —demandó Lucía, aunque sin perder la compostura—. ¿Qué quieres?
—Podríamos decir que soy solo una mujer —contestó ella, dando un par de pasos elegantes hacia Lucía—, pero en realidad soy más que eso.
Lucía procesó las palabras mientras la miraba fijamente, comprendiendo la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
—Entonces... ¿todo es real? Yo hice un pacto contigo... ¿Qué es lo que tendré que darte a cambio?
La mujer sonrió, revelando una expresión enigmática y dominante mientras se acercaba un poco más.
—Tú no tendrás que darme nada —le dijo con absoluta frialdad y dulzura a la vez—. Pero yo tomaré algo de cada hombre que se acerque a ti.
Lucía sintió que un leve temor comenzaba a filtrarse en su interior. La frialdad de la respuesta resonó en las paredes del departamento como un eco antiguo.
—No, por favor, niña —le dijo la mujer, caminando con gracia sutil hacia la sala y sentándose con absoluta elegancia en el sofá de Lucía—. No tengas miedo. Yo no hago daño. Solo quiero que entiendas que hay hombres muy malvados allá afuera. Uno de ellos fue Mateo. Él rompió tu corazón, convencido de que serías la clase de mujer que nunca más podría rehacerse.
Lucía apretó los puños a los costados de su cuerpo, asimilando cada palabra.
—Entonces... ¿nunca más estaré con Mateo? —preguntó en un susurro.
La mujer ladeó la cabeza, mirándola fijamente con una chispa de ironía en los ojos.
—¿Acaso quieres estar con él? ¿Con ese hombre que te dejó sola en la noche? ¿Ese hombre que te cerró la puerta en la cara sin una pizca de piedad?
Lucía bajó la mirada por un segundo. El recuerdo de la madera barnizada chocando contra su rostro volvió a su mente, pero esta vez no trajo lágrimas, sino un rechazo visceral.
—Es verdad... —admitió, levantando la vista con el mentón erguido—. No debo estar con él.
—Bien. Así se habla —sonrió la mujer, apoyando la espalda sobre los cojines del sofá—. Tendrás miles de hombres detrás tuyo, muchos mejores que él. Tendrás una vida infinitamente superior.
—Pero realmente siento miedo... —confesó Lucía, dando un paso vacilante hacia la sala—. Esto es totalmente extraño. Tú eres extraña... y siento que nadie me daría algo así sin pedir nada a cambio.
—Despreocúpate —le respondió la mujer, cruzando las piernas con sensualidad mientras contemplaba sus uñas pintadas de rojo—. Yo no te pediré dinero, ni tu alma, ni tu devoción. Yo solo me alimento de las penas de los demás. De sus obsesiones, de su sufrimiento y de su desesperación. Y muy pronto... me alimentaré de ellos. De los hombres que caigan en tu red.
Lucía tragó saliva, impactada por la revelación, pero a la vez fascinada por el aura de poder que la rodeaba.
—¿Y cómo te llamas? —preguntó al fin.
La mujer dejó escapar una pequeña risa grave, musical y misteriosa, antes de responder:
—Puedes llamarme Soraides.