romántica
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Entre la curiosidad y lo prohibido
Cuando Pedro comenzó a trabajar en aquel lugar, yo todavía no conocía personalmente a Andrés. Sabía que era uno de sus jefes, pero para mí seguía siendo aquel hombre que veía pasar frente a mi casa en su camioneta blanca.
A veces Andrés llamaba a Pedro por teléfono y, por casualidad, era yo quien contestaba.
—¿Aló?
—Hola, ¿está Pedro?
—Sí, pero está ocupado. ¿Quién habla?
—Soy Andrés.
Escuchar su voz me producía una sensación difícil de explicar.
—Ah, sí. Dígame.
Yo siempre lo trataba de usted. Era el jefe de mi pareja y, además, existía una distancia entre nosotros que yo misma me encargaba de mantener.
—¿Cómo está Pedro? —me preguntaba.
—Está bien. ¿Y usted?
—Bien, gracias. ¿Le puede decir que me llame cuando pueda?
—Sí, claro.
En una ocasión terminamos conversando unos cuatro minutos sobre cosas relacionadas con el trabajo de Pedro. No fue una conversación especial. No hubo nada romántico. Pero para mí significó mucho más de lo que Andrés podía imaginar.
Después de eso, cada vez que escuchaba hablar de él sentía curiosidad.
Y esa curiosidad fue creciendo.
Un día salí a la ciudad. Iba caminando bastante rápido, distraída con mis cosas, cuando de repente levanté la mirada.
Andrés estaba frente a mí.
Por primera vez estábamos realmente cerca.
Apenas había unos centímetros entre nosotros.
Nos quedamos mirando.
No recuerdo cuánto duró aquel momento, pero para mí pareció mucho más.
Lo miré a los ojos y sentí algo que hasta entonces había intentado negar.
¿Cuándo será mío?
Ese pensamiento apareció en mi cabeza sin permiso.
Y enseguida me asusté.
¿Cómo podía pensar algo así de un hombre al que apenas conocía?
Andrés tenía veinticuatro años. Yo tenía treinta y dos. Además, yo tenía pareja.
Era imposible.
O al menos eso me repetía.
Pero aquella noche, cuando me acosté junto a Pedro, volví a pensar en Andrés.
Cerré los ojos y apareció su rostro.
Me imaginaba a su lado. Imaginaba cómo sería acercarme a él, besarlo, tomar sus manos y descubrir qué se sentiría estar realmente cerca de aquel hombre que se había convertido en una presencia constante en mis pensamientos.
A veces hasta tenía miedo de pronunciar su nombre.
Andrés.
Era como si decirlo en voz alta pudiera hacer que aquello que ocurría únicamente en mi imaginación se volviera real.
Yo sabía que aquel amor, si algún día llegaba a convertirse en amor, sería prohibido.
Pero también había algo más que me hacía pensar que nunca podría suceder.
¿Por qué un hombre de veinticuatro años se fijaría en una mujer como yo?
Yo no me sentía hermosa.
Había descuidado mucho mi aspecto. Había subido de peso, casi no me maquillaba y muchas veces ni siquiera me peinaba como antes.
Sentía que los hombres ya no podían fijarse en mí.
Andrés, en cambio, me parecía demasiado hermoso.
Alto, delgado, con aquellos ojos color café y una expresión que a mí me parecía casi inocente.
Yo sentía que él todavía tenía mucho por vivir, mientras que yo ya había pasado por varias etapas de mi vida.
Había tenido tres relaciones. Había vivido una relación que terminó mal, había sufrido la pérdida del padre de mi hijo y ahora estaba con Pedro.
Mi historia era muy diferente a la de Andrés.
Y quizá precisamente por eso me atraía tanto.
Mientras yo intentaba entender lo que estaba sintiendo, en casa Pedro hablaba algunas veces de su jefe.
—Andrés estuvo hoy en el trabajo —me decía.
Yo intentaba aparentar indiferencia.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tal estuvo todo?
—Bien. Trabajamos normal.
Yo quería preguntarle muchas cosas.
Quería saber cómo era Andrés, qué hacía, con quién hablaba, si tenía pareja, qué pensaba.
Pero no podía.
Si preguntaba demasiado, Pedro podía sospechar.
Así que aprendí a hacer pequeñas preguntas que parecieran casuales.
—¿Y Andrés estuvo hoy?
—Sí.
—Ah, bueno.
Y cambiaba de tema.
Pedro era muy celoso.
No le gustaba que yo saliera sola, que hablara con otras personas o que tuviera demasiada libertad. Muchas veces ni siquiera podía ir al centro, a la ciudad o a una tienda sin llevar a mi hijo conmigo.
También había tenido problemas por mi forma de relacionarme con otras personas y por cosas de mi pasado.
Pedro sabía que antes de estar con él yo había tenido otras relaciones, y durante nuestras discusiones muchas veces utilizaba ese pasado para reprochármelo.
Por eso yo había comenzado a esconderme un poco.
Me vestía de manera muy cubierta. Casi no me maquillaba. Evitaba ciertas prendas y trataba de no llamar demasiado la atención.
No quería provocar discusiones.
Yo sabía que mis sentimientos por Pedro ya no eran iguales que al principio, pero todavía quería mantener una relación buena con él.
Y entonces apareció Andrés en medio de todos esos pensamientos.
Un día iba a salir a la tienda cuando escuché su voz.
—¿Te llevo? ¿A dónde vas?
Me puse nerviosa.
Era una oportunidad que, en el fondo, había imaginado muchas veces.
Pero inmediatamente pensé en Pedro.
Pensé en sus celos, en sus preguntas, en lo que podría ocurrir si se enteraba.
—No, gracias —respondí.
Andrés no insistió.
—Está bien.
Y se fue.
Yo me quedé allí, viéndolo alejarse.
Y apenas desapareció de mi vista, me arrepentí.
¿Por qué le dije que no?
Quería conocerlo.
Quería estar cerca de él.
Pero tenía miedo.
Me sentía atrapada entre lo que deseaba y la vida que ya tenía.
Entre lo correcto y lo que imaginaba.
Entre Pedro y Andrés.
Y mientras afuera intentaba mantener todo bajo control, dentro de mi cabeza ya había ocurrido algo que no podía detener.
Había creado una historia con Andrés mucho antes de que realmente existiera una historia entre nosotros.
En mis pensamientos ya lo había conocido.
Ya había conversado con él.
Ya había imaginado sus manos, su mirada y sus labios.
Ya había imaginado cómo sería tenerlo cerca.
Pero Andrés no sabía nada de aquello.
Para él, yo probablemente solo era la pareja de uno de sus trabajadores.
Y quizá eso era lo que más me dolía.
Porque mientras yo pensaba en él cada vez más, estaba convencida de que él jamás podría fijarse en una mujer como yo.
Yo lo deseaba, pero no sabía si aquello era amor, atracción o simplemente una ilusión nacida de mi imaginación.
Solo sabía que, cada vez que lo veía, algo dentro de mí despertaba.
Y cuanto más intentaba apagarlo, más fuerte se hacía.