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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:81
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

La mano de Rodrigo se alzó en el aire.

Alcancé a ver el bulto de sus nudillos, la vena hinchada en la muñeca, esa misma mano que veinte años atrás me había puesto el anillo. Cerré los ojos. No por miedo, sino de puro asco. "Otra vez", pensé. "Otra vez me va a pegar y yo voy a dejar que pase."

Pero el golpe no llegó.

Llegó, en cambio, el estruendo de la puerta contra la pared. Un portazo tan brutal que el cuadro de la sala se descolgó y cayó al piso con un tintineo de vidrio roto. Cuando abrí los ojos, Dante ya estaba adentro.

No sé cómo cruzó el pasillo tan rápido. Solo sé que un segundo antes yo estaba sola con la mano de mi exmarido en el aire, y al siguiente ese muchacho tenía a Rodrigo agarrado del cuello de la camisa y lo mandaba contra el sofá de un solo empujón.

—A ella no la tocas —dijo.

No gritó. Esa fue la parte que se me quedó grabada. Dante no levantó la voz ni una vez. La bajó, como quien afila un cuchillo despacio.

Rodrigo intentó levantarse, más por orgullo que por otra cosa, y Dante le cayó encima. El primer golpe le partió el labio. El segundo le reventó la nariz. La sangre salpicó la funda del sofá, el mismo sofá donde meses atrás lo había encontrado con Karina.

—Infiel —otro golpe—. Y encima golpeador —otro—. Cobarde.

—¡Dante, ya! —grité—. ¡Basta!

Me tomó una fracción de segundo darme cuenta de que gritaba por Rodrigo. Por el hombre que acababa de llamarme menopáusica, vieja acabada, y que había levantado la mano contra mí. "¿Qué me pasa?", me dije. Pero no quería un muerto en esa sala. No quería que Dante se arruinara la vida por defenderme.

Dante se detuvo con el puño a medio camino. Respiraba fuerte. Se levantó, se sacudió los nudillos y me buscó con la mirada, primero a los ojos y luego, más despacio, al brazo que Rodrigo me había zarandeado. Se le endureció la mandíbula.

—¿Estás bien? —me preguntó, y en dos zancadas ya estaba a mi lado, ayudándome a incorporarme del suelo donde el empujón de Rodrigo me había dejado.

Asentí. No confiaba en mi voz.

En el rincón, Karina se había hecho un ovillo contra la pared, con la gasa todavía en la mejilla y las dos manos sobre el vientre, mirándonos con los ojos muy abiertos. Por un instante nuestras miradas se cruzaron y vi en la suya algo que no esperaba: miedo. La misma que hacía una hora se pavoneaba con lo del bebé, la misma que había puesto los ojos en blanco mientras Rodrigo me insultaba, ahora se encogía como un animalito acorralado.

"Mira nada más", me dije. "Así de rápido se cae el teatro cuando entra alguien que no se deja."

Rodrigo, tirado en el sofá, se apretaba la nariz sangrante con las dos manos. Y aun así, aun molido, encontró la manera de escupir veneno.

—Ya entendí todo —dijo con voz gangosa—. Este es el mantenido, ¿verdad, Beatriz? El chamaco que te coges y que has de estar manteniendo con mi dinero. Qué bajo caíste.

Sentí que la sangre se me subía a la cara. Pero antes de que yo pudiera contestar, doña Herminia se metió entre nosotros, encorvada, jalándonos de las mangas como si su cuerpecito de anciana pudiera separar a nadie.

—¡Fuera de aquí, escandaloso! —le chilló a Dante. Luego se volteó hacia mí y su cara se retorció—. Y tú, resbalosa. Andas de ofrecida con un muchachito y todavía tienes el descaro de venir a hacer un show. ¡Bien dicen que la mujer que no cuida su casa...!

—La que se equivocó no fue ella.

La voz de Dante cortó el aire de la sala como una navaja. Doña Herminia se quedó con la boca abierta, la mano todavía prendida de mi manga.

—El que se equivocó —continuó él, señalando con la barbilla a Rodrigo— fue tu hijo. Él fue el que metió a otra mujer en esta casa. Él fue el que la embarazó. Él fue el que levantó la mano. Así que, si quieres repartir culpas, empieza por el que las tiene.

Nunca en mi vida había visto a alguien callar a doña Herminia. Ni a Rodrigo, ni yo en veinte años. Y ese muchacho de veintidós lo hizo con seis frases.

Lo que vino después me revolvió el estómago más que todo lo anterior. Porque doña Herminia se enderezó lo poco que su columna le permitía, miró a su hijo sangrando en el sofá, miró a Karina —encogida en un rincón, con la gasa en la mejilla y una mano en el vientre—, y de pronto cambió de bando. Así, sin transición. Como quien voltea una tortilla en el comal.

—Ay, mijo... —suspiró—. Pues ya, ¿verdad? Ya para qué. Diviórciense y ya. Al fin y al cabo, cada quien con su vida.

Solté una carcajada. No pude evitarlo. Una carcajada corta, amarga, que me salió del pecho como un hipo.

"Cada quien con su vida." La misma señora que hacía media hora se arrodillaba para que no me fuera, que me había llamado "criada" y "ofrecida", ahora despachaba veinte años de mi matrimonio con un encogimiento de hombros porque un desconocido le había puesto los puntos.

Rodrigo, humillado hasta el tuétano, con su propia madre volteándole la espalda y su amante escondida en un rincón, hizo lo único que le quedaba: rendirse.

—Está bien —masculló entre la sangre—. Nos divorciamos. Mañana vamos al registro. Firmo lo que sea con tal de no volver a verte.

—Perfecto —dije yo.

Y esa sola palabra, dicha en voz baja, me supo a gloria.

Recogí mi bolsa del suelo. Miré por última vez esa sala: el cuadro roto, la sangre en el sofá, la mujer embarazada en el rincón, la anciana que ya calculaba de qué lado le convenía estar, el hombre con el que había pasado media vida arrodillado entre sus propios escombros. Veinte años. Cumpleaños, navidades, madrugadas cocinándole, tardes esperándolo. Veinte años que cabían enteros en esa estampa miserable.

"¿Y para esto aguantaste tanto?", me preguntó la voz de siempre. Pero por primera vez no me dolió. Solo sentí un cansancio limpio, como el que queda después de vomitar algo que llevaba años pudriéndose adentro.

—Vámonos —le dije a Dante.

Y salí de esa casa sin voltear.

—————

En el coche, ninguno de los dos habló durante varias cuadras. Yo veía pasar los faroles de la ciudad por la ventanilla, sintiendo el brazo palpitarme donde Rodrigo me había apretado. Dante conducía con los nudillos raspados sobre el volante.

—Deberías ir mañana temprano por un parte médico —dijo al fin, sin quitar la vista de la calle—. Por el brazo. Que quede constancia de que te agredió.

Lo volteé a ver.

—Con eso puedes pedir una orden de protección —siguió—. Y si mañana le da por arrepentirse otra vez de firmar, tienes con qué presionar. Un juez no ve igual a un hombre que golpeó a su esposa.

"Este muchacho piensa en todo", me dije. Y no supe si me daba ternura o miedo lo bien que sabía moverse.

—Lo voy a considerar —dije, y me guardé la idea como quien guarda un as bajo la manga.

Lo miré de reojo. Ese muchacho que hacía media hora golpeaba a un hombre con una furia que asustaba, ahora manejaba despacio, cuidando los topes para no sacudirme el brazo lastimado. La misma mano que había reventado una nariz sostenía el volante con una delicadeza absurda. Dos personas en un solo cuerpo, y las dos por mí.

"Le llevas dieciocho años", me recordó la voz. "Podrías ser su madre. La gente te va a señalar en la calle."

Cállate, le contesté por dentro. Solo por hoy, cállate.

Dante se detuvo en un alto. Bajo la luz roja, se giró hacia mí. Ya no había furia en su cara. Había otra cosa, algo más suave y más terco a la vez.

—Bea. Cuando te divorcies, cásate conmigo.

Me lo dijo así, en medio del tráfico, con la nariz de Rodrigo todavía fresca en los nudillos. Como quien pide un vaso de agua. Como si no hubiera nada más obvio en el mundo.

—Ya veremos —contesté, y volteé la cara hacia la ventana para que no viera lo que esas dos palabras suyas me hacían por dentro.

"Cuarenta años. Divorciada. Con un hijo casi de tu edad." Me repetí la lista de siempre, la que me servía de escudo. Pero por primera vez el escudo pesaba más de lo que protegía. Porque ninguno de esos números explicaba por qué, esa noche, el único lugar del mundo donde me sentía a salvo era el asiento del copiloto del coche de un muchacho de veintidós años.

—————

Llegamos al edificio de la Narvarte, puerta con puerta, su departamento frente al mío. Me despedí con un gesto de la mano y me metí a mi casa sin encender casi ninguna luz. Estaba vacía por dentro. Vacía y molida y extrañamente ligera, todo al mismo tiempo.

Me tiré en la cama sin desvestirme. "Mañana firmo. Mañana se acaba." Fue lo último que pensé antes de que el cansancio me tumbara como una losa.

No sé cuánto dormí. Me despertó el zumbido del celular en la almohada, junto a mi cara.

Un mensaje de WhatsApp. "Solo quiero ser un buen hombre", decía el nombre en la pantalla, con esa foto ridícula de héroe de película que él mismo se había puesto. Debajo, mi propio alias, "Orquídea serena", y el globito verde con su mensaje:

"Bea, ¿tienes hambre? Cociné una porción de más sin querer. Sería un desperdicio tirarla."

Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad.

Del otro lado del pasillo, a diez pasos escasos, había un plato caliente y un muchacho que esa misma noche había tirado una puerta abajo por mí.

Puse el dedo sobre la pantalla. Y ahí me quedé, sin escribir, sin borrar, midiendo la distancia exacta que había entre mi cama y su puerta.

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