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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El deslumbrante amor de Abelardo

El candelabro de cristal del restaurante L'Étoile proyectaba destellos áureos sobre los manteles de lino y las copas de vino tinto, pero para Abelardo, aquel brillo palidecía por completo ante la mujer que tenía enfrente. En la mesa más exclusiva del establecimiento, él no tenía ojos para la decoración ni para la melodía suave del piano de cola. Su mirada, fija, devota y completamente cautivada, solo existía para Deborah.

Ella vestía un vestido de seda carmesí que ceñía cada curva con una precisión calculada, y sostenía la copa entre dedos perfectamente manicurados, moviéndola con una lentitud deliberada, como si supiera que cada gesto suyo lo mantenía hipnotizado. Para Abelardo —hombre honesto, criado en la lealtad y la modestia—, ella era el sueño que jamás se había atrevido a pedir. Llevaban apenas dos meses viéndose, y ya había reordenado toda su vida alrededor de ella. Cada sonrisa suya no era un regalo: era un premio que él debía ganarse una y otra vez.

—Salud por nosotros, mi amor —dijo él, alzando la copa con la voz temblorosa, como si temiera que, al hablar muy alto, todo se desvaneciera—. Te juro que te miro y entiendo que toda mi vida anterior no fue más que esperarte. A tu lado, por fin siento que valgo algo.

Deborah esbozó una sonrisa, pero sus ojos no lo miraban a él: miraba la cámara de su teléfono, tomando la foto perfecta del plato gourmet antes de guardarlo con un gesto impaciente. Solo entonces cruzó su mirada con la de él, y su voz se volvió aterciopelada, dulce… y letal:

—Qué lindo lo que dices, Abelardo. De verdad… me encanta que me veas así. Sabes, yo no puedo estar con hombres que duden, que regateen cariño, que pongan límites. Yo necesito a alguien que me demuestre que yo soy su prioridad absoluta, que haría cualquier cosa por verme feliz. ¿Tú harías eso por mí, verdad?

Las palabras no eran una pregunta. Eran una trampa disfrazada de confianza.

—Con toda mi alma —respondió él, sin dudarlo ni un segundo—. Lo que esté a mi alcance… y lo que no, también. Todo lo que tengo es tuyo.

Ella sonrió más ampliamente entonces, un gesto que no llegó a sus ojos. Mientras él, emocionado, buscaba su billetera sin siquiera mirar la cifra de la cuenta, ella posó su mano sobre la suya: un roce ligero, casi invisible, calculado para atarlo aún más.

—Sabía que eras diferente —susurró ella, y esas seis palabras valieron para él más que cualquier fortuna—. No me falles, ¿de acuerdo? Porque si tú me cuidas, yo jamás te dejaré.

No era amor. Era manipulación en estado puro: le había condicionado su afecto al dinero, y él lo había aceptado como si fuera la promesa más hermosa del mundo.

 

Dos horas más tarde, tras dejarla en el edificio de lujo cuya renta él ya pagaba en secreto, Abelardo llegó al bar donde lo esperaban Carlos y Mateo, sus amigos de toda la vida. Entró radiante, con el pecho inflado de una felicidad que lo cegaba por completo.

—¡Muchachos! —exclamó, sentándose de golpe—. Les juro que no saben lo que tengo. Ella es perfecta. Me entiende, me valora… me hace sentir indispensable.

Los amigos se intercambiaron una mirada pesada, llena de temor. Mateo se inclinó hacia adelante, serio, sin brillo en los ojos.

—Abelardo, hermano… eso es justo lo que nos preocupa. Te conocemos desde niños, y nunca te habíamos visto así. Ella te está consumiendo. Dicen por ahí que…

—¿Qué dicen? —lo cortó él, con una sonrisa que ya empezaba a tornarse defensiva—. ¿Que es hermosa? ¿Que tiene gustos refinados? ¿Y eso qué? ¡Yo quiero dárselo! ¿Acaso me prohiben ser generoso?

—No es generosidad, Abelardo —intervino Carlos, con voz firme y dolorosa—. Es exigencia disfrazada de amor. Esa mujer no te mira a ti: mira lo que puedes darle. Ya pasó con otros antes que tú. Los vacía, los deja sin nada… y luego desaparecen. Ella te está usando, y tú te estás dejando porque te gusta sentir que la necesitas.

Esas palabras cayeron como hielo, pero en lugar de despertarlo, encendieron su orgullo herido y su furia defensiva. Para él, sus amigos no lo protegían: lo envidiaban. No entendían esa conexión tan "especial", tan "intensa". Agarró el vaso con tanta fuerza que los nudos se le pusieron blancos, y lo golpeó contra la mesa con violencia.

—¡Basta! —gritó, con los ojos brillantes de indignación—. ¡Ustedes no saben nada! Hablan de lo que no conocen porque nunca nadie los ha amado como ella me ama a mí. Me dicen amigos y me apuñalan con mentiras. ¿Sabes qué? Me da lástima por ustedes. Viven en un mundo donde todo se mide en dinero y nunca van a sentir lo que siento yo. ¡Ella me eligió a mí! A mí. Y yo voy a demostrarles que están equivocados. Voy a darle todo lo que merece, y cuando vean que somos felices para siempre… entonces vendrán a pedirme perdón por dudar de ella.

—Abelardo, por favor… no lo hagas —suplicó Carlos—. Esa mujer te va a destruir.

—No hables así de mi futuro —lo cortó él, levantándose de golpe—. Desde hoy, quien hable mal de ella… habla mal de mí. Y no quiero escuchar ni una palabra más.

Se marchó del bar sin mirar atrás, convencido de que él era el héroe de su propia historia, sin darse cuenta de que acababa de cerrar la puerta a la única cordura que le quedaba.

 

Esa noche no pudo dormir. Daba vueltas en la cama, y cada vez que la voz de sus amigos intentaba asomar, él la ahogaba repitiéndose las frases dulces de Deborah: «Eres diferente», «Nadie me cuida como tú», «No me falles». Esas palabras eran veneno, pero para él eran el aire que respiraba.

Se levantó, fue al velador y abrió el cajón. Allí estaban: su tarjeta Visa y su Mastercard. Con límites altos, construidos con años de esfuerzo y ahorro. Las tomó en la mano, sintiendo el plástico frío contra los dedos.

«Si la amo de verdad —pensó—, debo demostrarlo. Las palabras no bastan. Ella merece lo mejor, y yo voy a dárselo.»

No entendió que, en ese preciso instante, había firmado su sentencia. Que al poner su dinero, su estabilidad y su futuro a disposición de alguien que solo amaba lo que él podía comprar, no estaba construyendo un amor… estaba comprando su propia ruina, cuota a cuota.

La trampa ya estaba cerrada. Él mismo había puesto la llave por dentro. Y mientras él dormía soñando con su sonrisa, Deborah ya estaba calculando cuánto más podía sacarle antes de que la cuenta llegara a cero.

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