Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 11: El sabor de la tregua.
El olor a galletas recién horneadas tardó horas en disiparse de la planta baja, dejando en su lugar un ambiente acogedor que la Mansión Sterling no había experimentado hace mucho tiempo. Después de que la señora Greyson regresara y, tal como Alexander predijo, soltara un bufido de asombro al ver los restos de harina en el suelo, Liam se había encargado de dejar la cocina impecable. Había bañado a Alistair—quien cayó profundamente dormido tras el subidón de adrenalina y azúcar—y finalmente se había retirado a su propia habitación.
Sin embargo, Liam no lograba conciliar el sueño.
Se dio la vuelta en la cama por tercera vez, mirando el techo iluminado por la tenue luz de la luna. Cada vez que cerraba los ojos, su cuerpo rememoraba con una claridad abrumadora la sensación del brazo de Alexander Sterling rodeándole la cintura. El agarre había sido firme, posesivo, el reflejo puro de un Alfa dominante protegiendo lo que consideraba suyo. Su instinto de Omega puro seguía vibrando ante ese recuerdo, y por mucho que Liam intentara decirse a sí mismo que solo había sido un accidente, sabía que la electricidad que había surgido entre ambos al tocarse había sido real.
Pasada la medianoche, sintiendo la garganta seca, Liam decidió bajar por un vaso de agua. Se colocó una bata ligera sobre su pijama y caminó descalzo por los pasillos alfombrados, cuidando de no hacer ruido.
Al llegar a la planta baja, notó una línea de luz dorada que se filtraba por debajo de la puerta del despacho de Alexander. El Alfa seguía despierto, probablemente sepultado bajo montañas de contratos internacionales para evadir los pensamientos que el incidente de la tarde le había provocado.
Liam entró a la cocina en penumbra, guiado solo por la luz de la luna que entraba por el gran ventanal. Se sirvió el vaso de agua y, justo cuando se daba la vuelta para regresar a las escaleras, la puerta de la cocina se abrió suavemente.
Alexander entró al lugar. Ya no vestía el saco del traje; llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos y los primeros botones abiertos, revelando una actitud cansada pero extrañamente humana. Al ver a Liam allí de pie, el Alfa se detuvo en seco.
El aroma a sándalo y whisky, aunque atenuado por el cansancio de la jornada, llenó la cocina al instante, mezclándose de inmediato con la lavanda nocturna que Liam desprendía de manera natural al estar relajado.
—Miller —pronunció Alexander, su voz grave y pastosa por el silencio de la noche—. Pensé que ya estabas durmiendo.
—No podía conciliar el sueño, señor Sterling. Vine por un poco de agua —respondió Liam en un susurro, sintiendo que su corazón comenzaba a latir un poco más rápido ante la imponente figura del Alfa en la penumbra.
Alexander asintió, avanzando hacia la isla de la cocina. Su mirada, usualmente tan calculadora, bajó por un segundo hacia el centro de la encimera de mármol. Allí, cubierto con un paño limpio y un pequeño lazo, había un plato de porcelana con una generosa porción de las galletas de chispas de chocolate que habían horneado por la tarde. Al lado, había una pequeña nota escrita con la caligrafía pulcra de Liam que decía: “Para el fantasma de la cocina. Gracias por salvarnos del suelo”.
Un silencio denso, pero asombrosamente cálido se apoderó del espacio. Liam contuvo el aliento, de repente temiendo haber cruzado una línea profesional y que el Alfa reaccionara con la frialdad de antes.
Sin embargo, Alexander extendió su mano grande y, con una delicadeza que contrastaba con su enorme fuerza, retiró el paño. Tomó una de las galletas y le dio un mordisco. El sabor dulce, casero y perfecto inundó su paladar. Hacía cinco años que Alexander no probaba nada que no fuera preparado por chefs de alta cocina o el menú estricto de la señora Greyson. Esto sabía a hogar. Sabía a cuidado.
—Cumpliste con tu palabra —dijo Alexander, rompiendo el silencio mientras miraba la nota—. Dijiste que procurarías que valieran la pena.
Liam dejó escapar el aire que retenía, y una pequeña sonrisa de alivio y timidez apareció en su rostro.
—Alistair puso su mejor esfuerzo en ellas, señor. Aunque la mayor parte de la harina terminó en su ropa.
Alexander soltó un leve soplido por la nariz, lo más cercano que Liam lo había visto de una risa genuina. El Alfa dejó el resto de la galleta en el plato y apoyó ambas manos en la encimera, inclinándose ligeramente hacia adelante, lo que acortó la distancia entre ellos. En la oscuridad, sus ojos oscuros brillaron con una fijeza que ya no asustaba a Liam; ahora lo envolvía.
—Anoche... y hoy por la tarde —comenzó Alexander, su voz vibrando en un tono bajo que hizo que el lobo de Liam prestara atención—. He reaccionado de formas que no suelo permitirme, Miller. He estado alejado de... todo esto por mucho tiempo. Mi única prioridad es el bienestar de mi hijo y el imperio de mi familia.
Liam asintió lentamente, entendiendo el peso de los fantasmas que el Alfa cargaba.
—Lo sé, señor Sterling. Y lo respeto —respondió Liam con sinceridad, dando un paso sutil hacia el frente, permitiendo que su aroma a miel envolviera el sándalo del Alfa para reconfortarlo—. Pero el bienestar de Alistair también incluye ver a su padre sonreír de vez en cuando. No tiene que castigarse por dejar entrar un poco de luz a esta casa.
Alexander clavó su mirada en los labios de Liam por una fracción de segundo antes de obligarse a subir los ojos hacia los del omega. La tentación de romper el espacio que los separaba y reclamar ese aroma tan perfecto para su lobo era abrumadora, pero su parte racional se mantuvo firme. No quería dañar lo que apenas estaba comenzando a sanar.
—Ve a descansar, Liam —dijo Alexander, usando su nombre de pila por primera vez en toda su estancia. El sonido de su nombre en esa voz profunda provocó un escalofrío delicioso en la espalda del omega.
—Buenas noches, Alexander —se atrevió a responder Liam, usando también su nombre en un susurro valiente antes de dar la vuelta y salir de la cocina con el vaso de agua en la mano y una sonrisa oculta en la oscuridad.
Alexander se quedó solo en la cocina, saboreando el dulce sabor del chocolate y el rastro flotante de la lavanda en el aire. Miró el plato de galletas y luego la puerta por la que el joven había desaparecido. El invierno seguía allí, pero esa noche, por primera vez en cinco años, el Alfa dominante se permitió aceptar que el hielo se estaba derritiendo, y que la tregua con su destinado ya había comenzado.