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Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: El verdadero rostro de Julian

La aparente calma que había seguido a la noche del festival de máscaras en Somerset House no era más que el preludio de una última y desesperada maniobra. Aunque Victoria Sterling se enfrentaba ahora a la ruina social y a una investigación penal inminente por el sabotaje informático, su hermano Julian no estaba dispuesto a retirarse del tablero sin dar una última batalla.

Para Julian, Mei Zhang ya no era solo un capricho exótico o un trofeo intelectual con el que herir el orgullo de Adrian Vance; se había convertido en la pieza central de un engranaje financiero mucho más oscuro y urgente de lo que nadie en la City de Londres sospechaba.

Aquella tarde, la lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la biblioteca de la universidad. Mei se encontraba revisando los últimos detalles de la restitución de su proyecto de investigación. El campus estaba inusualmente silencioso debido al receso de invierno. Fue en ese momento de soledad cuando Thomas, el jefe de seguridad de Adrian, le hizo llegar un archivo encriptado directamente a su tableta personal, acompañado de un mensaje escueto:

“Señorita Zhang, mi equipo de análisis financiero ha estado cavando en las cuentas secundarias de Sterling Capital. Julian no quería salvarla por caballerosidad. Adjunto el dossier de la licitación ‘Sino-British Green Infrastructure’. Mire los anexos de representación legal.”

Mei abrió el documento con la frialdad analítica que la caracterizaba. A medida que sus ojos oscuros recorrían las líneas de contratos y los organigramas corporativos, la verdad se reveló con la nitidez de un cristal.

Sterling Capital estaba al borde de la quiebra técnica debido a malas inversiones en el mercado de futuros de Singapur. Para salvar la firma, Julian había presentado una oferta multimillonaria para la licitación de un corredor de transporte ecológico entre el Reino Unido y el puerto de Guangzhou. Sin embargo, las estrictas regulaciones gubernamentales chinas exigían que el consorcio extranjero contara con un socio local de intachable reputación académica y cultural que actuara como garante y enlace de la propiedad intelectual.

Julian había falsificado los borradores de Mei, colocándolos a nombre de una sociedad pantalla llamada East-West Heritage Initiative. En los documentos de la licitación, Mei figuraba —sin su conocimiento ni consentimiento— como la Directora Científica y Aval de la herencia cultural del proyecto.

Si Mei era expulsada por plagio, Julian planeaba presentarse como su "salvador" a través de la propuesta de matrimonio formal que le había hecho en el club Conduit. Una vez casados bajo las leyes británicas de bienes mancomunados, Julian habría obtenido el control legal absoluto sobre los derechos de autor de las patentes de traducción y análisis lingüístico de Mei, las cuales eran la llave maestra para desbloquear las subvenciones de miles de millones del gobierno chino.

No era amor. No era admiración. Era un robo de identidad y propiedad intelectual a escala geopolítica.

La cita en el aula vacía

Antes de que Mei pudiera procesar la magnitud del dossier, la pesada puerta de madera del aula de conferencias donde se encontraba se abrió con un chirrido sordo.

Julian Sterling entró, cerrando la puerta tras de sí.

Ya no vestía el traje impecable de tres piezas de sus apariciones diplomáticas. Llevaba un abrigo oscuro de cachemira húmedo por la lluvia y el cabello ligeramente desordenado. Su habitual sonrisa encantadora y relajada había sido reemplazada por una mueca de desesperación contenida. Sus ojos azules, antes cálidos, denotaban la agitación de un hombre que ve cómo su imperio de naipes se desmorona por segundos.

—Mei —dijo Julian, dando varios pasos hacia ella—. Qué bueno que sigas aquí. He estado intentando comunicarme contigo todo el día.

Mei deslizó la pantalla de su tableta para apagarla, colocándola boca abajo sobre la mesa de conferencias. Se levantó despacio, alisando los pliegues de su suéter oscuro con una calma que desquició visiblemente a Julian.

—¿A qué se debe esta visita inesperada, Julian? —preguntó ella con suavidad—. Creí que después de la audiencia del viernes y la exposición de las mentiras de tu hermana, la familia Sterling mantendría una distancia prudencial.

Julian dejó escapar una risa amarga, deteniéndose a solo dos metros de ella, al otro lado de la larga mesa.

—¿Victoria? Victoria es una idiota que se dejó llevar por los celos —espetó Julian, agitando la mano con desprecio—. Ella no entiende el panorama general. Pero tú y yo sí, Mei. Tú eres demasiado inteligente para no ver el potencial de lo que podemos lograr juntos.

—¿Lo que podemos lograr, o lo que tú planeabas robarme? —replicó Mei, su voz cayendo en el aula vacía con la frialdad de un témpano.

Julian se tensó. Sus ojos descendieron por un instante hacia la tableta apagada sobre la mesa y luego regresaron a Mei. Su expresión se volvió más dura, perdiendo la última capa de caballerosidad que le quedaba.

—Veo que el equipo de seguridad de Adrian ha estado haciendo su trabajo —dijo Julian, su tono de voz volviéndose peligrosamente bajo—. Sí, Mei. Es verdad. Necesito tu firma y tu aval para la licitación de Guangzhou. Pero eso no cambia nada de mi propuesta. Te ofrecí una salida limpia, te ofrecí el estatus y la protección del apellido Sterling.

—Me ofreciste una jaula de oro construida sobre el robo de mi esfuerzo —respondió Mei, dando la vuelta a la mesa para quedar frente a él, sin un solo milímetro de miedo en su postura—. Usaste mis manuscritos, mi nombre y mi identidad para avalar un negocio turbio de tu firma que está al borde de la bancarrota. ¿Y pretendías que aceptara un matrimonio formal para consolidar tu estafa? Tu arrogancia es tan grande como tu desesperación, Julian.

El límite de la desesperación

Julian dio un paso rápido hacia adelante, acortando la distancia. La desesperación comenzó a desbordar su control. Si la licitación no se firmaba esa semana con el aval de Mei, las acciones de Sterling Capital caerían en picado y los acreedores de Singapur reclamarían los activos de su familia.

—¡No tienes opción, Mei! —exclamó Julian, y su voz resonó con fuerza en las paredes del aula—. Adrian Vance no puede protegerte de esto. Sí, él limpió tu nombre ante un grupo de profesores viejos, pero yo controlo los contratos de la licitación. Si te niegas a cooperar, me aseguraré de que tu nombre sea arrastrado por el fango de los tribunales internacionales de comercio durante años. No podrás publicar una sola traducción, no obtendrás ninguna beca, no serás nadie.

Mei lo observó con una lástima profunda.

—Subestimas mi resistencia, Julian. Y sobreestimas tu propio poder.

—¡Basta de filosofía barata sobre el agua y la corriente! —rugió Julian, perdiendo los estribos por completo.

Dio un salto hacia adelante y la aferró con fuerza por la muñeca derecha. Sus dedos se cerraron sobre la piel de Mei con una presión violenta, intentando utilizar su superioridad física para intimidarla, para forzarla a someterse como tantas otras personas lo habían hecho ante su apellido.

—Vas a firmar ese documento de representación legal, Mei —siseó Julian, acercando su rostro al de ella, con los ojos inyectados en sangre—. Vas a aceptar mi propuesta de matrimonio y vamos a presentar este consorcio juntos. No voy a permitir que una estudiante extranjera destruya el imperio de mi familia. ¡Firmarás, aunque tenga que obligarte a hacerlo!

La fuerza del agua fluye

La agresión física de Julian habría provocado el pánico en cualquier otra joven, pero en Mei, solo desató los reflejos pulidos por años de entrenamiento en las disciplinas marciales tradicionales de su familia en Guangzhou. Su mente no se bloqueó; al contrario, entró en un estado de absoluta y fría claridad.

“El agua no lucha contra la fuerza; la utiliza para redirigir el impacto.”

En lugar de intentar tirar de su muñeca hacia atrás —lo cual habría sido inútil contra la fuerza de un hombre más grande—, Mei avanzó un paso hacia el espacio personal de Julian. Este sutil movimiento sorprendió al diplomático, haciendo que su centro de gravedad se desplazara levemente hacia adelante.

Con su mano izquierda libre, Mei subió con la rapidez de un látigo y presionó con fuerza dos dedos en el punto de presión del nervio cubital, justo por encima del codo de Julian. El dolor agudo e instantáneo hizo que la fuerza en los dedos de Julian fallara, liberando la muñeca de Mei de inmediato.

Antes de que él pudiera recuperarse de la sorpresa, Mei giró sobre sus propios pies, colocándose al costado de Julian. Tomó el brazo extendido de él por la muñeca y el codo, utilizando la propia inercia del avance de Julian para proyectarlo hacia adelante.

Con un movimiento fluido y devastador de palanca sobre la articulación, Mei barrió el pie de apoyo de Julian con un paso firme por detrás de su talón.

El imponente heredero de los Sterling perdió el equilibrio por completo. Su cuerpo voló por encima de la cadera de Mei, cayendo con un impacto ensordecedor sobre el suelo de parqué del aula. El golpe le sacó todo el aire de los pulmones, dejándolo tendido de espaldas, jadeando por respirar y con el rostro contraído por una mezcla de dolor agudo y absoluta incredulidad.

Mei no retrocedió. Dio un paso firme hacia adelante, colocándole una rodilla directamente sobre el esternón de Julian, aplicando la presión justa para mantenerlo inmovilizado en el suelo sin llegar a asfixiarlo. Con su mano derecha, presionó el hombro de Julian contra el parqué, mientras que con la izquierda sostenía su muñeca en un ángulo de torsión que le indicaba claramente que, si intentaba moverse, su articulación se rompería de inmediato.

La figura de Mei, con su cabello oscuro ligeramente desordenado y sus ojos brillando con una intensidad felina y letal, se cernía sobre el derrotado diplomático como la encarnación misma de la justicia.

—Escúchame bien, Julian Sterling —dijo Mei, y su voz, aunque baja, tenía la vibración de una campana de bronce—. Te permití jugar tus juegos políticos porque quería ver hasta dónde llegaba tu ambición. Pero pusiste tus manos sobre mí. Intentaste utilizar la fuerza física en mi contra.

Julian intentó moverse, pero el dolor en su hombro y la presión en su pecho lo obligaron a desistir, soltando un gemido ahogado.

—No soy una presa fácil —continuó Mei, aplicando un poco más de presión en la muñeca de él—. No soy un recurso corporativo que puedas comprar, ni un peón para salvar la bancarrota de tu familia. Si vuelves a acercarte a mí, si vuelves a intentar utilizar mi nombre o mi trabajo para cualquiera de tus licitaciones, te aseguro que el dossier que tengo en mi tableta no irá a la universidad. Irá directamente al Ministerio de Comercio de la República Popular China y a la Oficina de Fraudes Graves del Reino Unido. Pasarás el resto de tu juventud tras las rejas, no en los clubes de Mayfair.

—Mei... por favor... suéltame —consiguió suplicar Julian, con la frente cubierta de sudor frío. Toda su arrogancia, su elegancia de diplomático y su orgullo familiar se habían evaporado por completo, dejándolo expuesto como un cobarde acorralado.

Mei lo observó por un par de segundos más, asegurándose de que la lección quedara grabada a fuego en su memoria. Despacio, retiró la rodilla de su pecho y soltó su brazo, dando dos pasos hacia atrás para recuperar su postura impecable.

Julian se incorporó con dificultad, frotándose el hombro y el codo doloridos, mirándola con un terror genuino. Ya no veía a la estudiante dulce y exótica; veía a una mujer que poseía una fuerza y una determinación que él jamás podría comprender ni someter.

—Vete de aquí, Julian —ordenó Mei, señalando la puerta con un gesto gélido—. Y reza para que Adrian no se entere de lo que acabas de intentar hacer en esta habitación. Porque si él se entera de que me tocaste... no habrá tribunal ni abogado en este país que pueda salvarte de su furia.

Julian se levantó del suelo, recogió su abrigo con manos temblorosas y, sin atreverse a dirigirle una sola mirada más, salió del aula a toda prisa, cerrando la puerta tras de sí como si estuviera huyendo de un fantasma.

La llegada del caballero

El silencio volvió a adueñarse del aula de conferencias. Mei respiró hondo, cerrando los ojos por un instante para permitir que la adrenalina de la confrontación se disipara, volviendo a encontrar su centro de paz interior.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la puerta se abrió de golpe por segunda vez.

Adrian Vance entró a la estancia como una exhalación. Su rostro estaba desencajado por la preocupación; su abrigo largo ondeaba tras él y sus ojos grises recorrieron el aula con una desesperada urgencia hasta que se fijaron en Mei. Detrás de él, Thomas y Marcus observaban el pasillo con la tensión de quienes acaban de realizar un despliegue de seguridad de emergencia.

—¡Mei! —exclamó Adrian, rompiendo la distancia entre ellos en tres zancadas rápidas. Tomó a Mei por los hombros, examinando su rostro, sus manos y su ropa con una angustia que le cortaba la respiración—. Thomas me informó del dossier y de que Julian había entrado al campus. ¿Estás bien? ¿Te hizo algo ese maldito? ¿Dónde está?

Mei sonrió con una dulzura infinita, colocando sus manos sobre los antebrazos rígidos de Adrian. El calor de su tacto pareció calmar la tempestad de furia que rugía en el pecho del exoficial.

—Estoy bien, Adrian. Estoy perfectamente entera —respondió ella con suavidad.

—¿Dónde está Julian? —insistió Adrian, con la mandíbula apretada y una promesa de violencia en su voz profunda—. Thomas vio su coche salir a toda prisa del estacionamiento. Si te tocó, juro que...

Mei soltó una pequeña risa, una risa limpia que disipó la tensión en el aula.

—Digamos que Julian comprendió que intentar usar la fuerza conmigo no es una buena estrategia —explicó Mei, mirando de reojo el suelo donde el polvo del parqué aún reflejaba el impacto de la caída de Julian—. Intentó amenazarme para que firmara los documentos de la licitación y me tomó de la muñeca. Así que... tuve que recordarle que el agua también puede convertirse en hielo si la presionan demasiado.

Adrian parpadeó, sutilmente sorprendido. Miró a Mei, luego miró el suelo del aula y finalmente comprendió lo que había sucedido. La "niña indefensa" no solo se había defendido mentalmente de la trampa de Victoria; había neutralizado físicamente a Julian Sterling sin despeinarse.

Un orgullo salvaje, inmenso y absoluto floreció en el pecho de Adrian. Su risa profunda resonó en el aula vacía, una risa de puro alivio y admiración. Atrajo a Mei hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo protector y posesivo, aspirando el aroma a jazmín de su cabello.

—Eres increíble, Mei Zhang —susurró Adrian contra su oído, apretándola contra sí con una ternura desesperada—. Cada día que pasa, me doy cuenta de que no soy yo quien debe protegerte del mundo. Eres tú quien ha venido a salvarme a mí de mis propias sombras.

Mei se acurrucó contra su pecho, sintiendo los latidos firmes y acelerados de su corazón.

—Nos protegemos mutuamente, Adrian —respondió ella, levantando el rostro para mirarlo a los ojos—. Eso es lo que hacen los compañeros.

Adrian la miró con una devoción infinita. Se inclinó despacio y depositó un beso tierno y prolongado sobre sus labios, un beso que ya no contenía miedos, ni dudas sobre la edad, ni sospechas de traición. Era el beso de un hombre que había encontrado a su igual, a su reina, y que estaba listo para enfrentar cualquier tormenta que el destino decidiera arrojar sobre su camino, sabiendo que, mientras estuvieran juntos, el agua de Mei y el viento de Adrian serían una fuerza absolutamente imparable.

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