Valentina Mena es una mujer fuerte e independiente que nunca se ha dejado dominar por nadie. Matteo De Luca, líder de un poderoso imperio mafioso, está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. Cuando sus caminos se cruzan, nace una atracción peligrosa que los llevará a enfrentarse entre el amor, el poder y la traición.
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Un lugar al que pertenecer.
El domingo llegó con una tranquilidad que ninguno de los dos había experimentado en mucho tiempo.
Por primera vez desde que Matteo y Valentina se conocieron, no había llamadas urgentes, reuniones inesperadas ni amenazas escondidas detrás de una puerta. Solo existía un desayuno pendiente en casa de los Mena.
—¿Estás nervioso? —preguntó Valentina mientras acomodaba la corbata de Matteo antes de salir.
Él soltó una pequeña risa.
—He negociado con hombres capaces de iniciar una guerra por una palabra mal dicha.
—¿Y?
—Curiosamente, conocer a tu familia me pone mucho más nervioso.
Ella sonrió con ternura.
—No te preocupes.
—¿Estás segura?
—No.
Ambos rieron.
Cuando llegaron a la casa familiar, fue Sofía quien abrió la puerta.
Miró a Matteo.
Después a Valentina.
Volvió a mirar a Matteo.
—Así que este es el famoso italiano.
Matteo sonrió con educación.
—Un gusto conocerte.
—Todavía no decido si el gusto es mío.
Valentina soltó una carcajada.
—Sofía…
—¿Qué? Solo estoy protegiendo a mi hermana.
Desde la sala apareció Santiago.
—¿Ese es el hombre que logró que Valentina sonriera más de dos veces por semana?
—Santiago…
—¿Qué? Mamá también lo notó.
Isabel apareció desde la cocina secándose las manos.
Al ver a Matteo, sonrió con una calidez que él no esperaba.
—Bienvenido.
—Gracias por recibirme.
Isabel se acercó y le tomó ambas manos.
—Gracias por cuidar de mi hija.
Matteo negó suavemente.
—La verdad es que ella también ha cuidado de mí.
Valentina lo miró en silencio.
Aquella frase significaba mucho más de lo que cualquiera podía imaginar.
El almuerzo transcurrió entre historias, bromas y recuerdos.
Santiago intentó averiguar a qué se dedicaba exactamente Matteo.
Él respondió con la mayor naturalidad posible.
—Tengo varias empresas familiares.
—¿Y también cocinas?
—Muy mal.
—Perfecto.
Santiago levantó su vaso.
—Entonces eres humano.
Todos rieron.
Incluso Matteo.
Era una sensación extraña.
No recordaba la última vez que había compartido una mesa donde nadie esperaba nada de él.
Donde nadie intentaba impresionarlo.
Ni temerle.
Solo lo estaban conociendo.
En un momento, Isabel observó discretamente a Valentina.
Su hija reía.
Una risa sincera.
Hacía años que no la veía así.
Sin darse cuenta, los ojos comenzaron a humedecérsele.
Gabriel habría sido feliz viendo aquella escena.
⸻
Al terminar el almuerzo, Matteo ayudó a recoger la mesa.
—No hace falta —dijo Isabel.
—En mi casa me enseñaron que quien come también ayuda.
Sofía levantó una ceja.
—Cada vez me cae mejor.
Valentina sonrió con orgullo.
Mientras lavaban algunos platos, Isabel se acercó discretamente a Matteo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿La quieres de verdad?
Matteo dejó el plato que estaba secando.
No respondió de inmediato.
Miró hacia la sala.
Valentina estaba discutiendo con Santiago porque él insistía en hacer trampa jugando cartas.
Sonreía.
Se veía feliz.
Entonces volvió a mirar a Isabel.
—Más de lo que imaginé posible.
Isabel asintió despacio.
—Entonces prométeme una cosa.
—La que usted quiera.
—Nunca dejes que cargue sola con todo.
Matteo sonrió con respeto.
—Se lo prometo.
⸻
Al caer la tarde, Valentina decidió acompañarlo hasta su apartamento.
El trayecto transcurrió entre música, bromas y pequeños silencios cómodos.
Ya no necesitaban llenar cada espacio con palabras.
Cuando llegaron, Matteo abrió la puerta y dejó las llaves sobre una mesa.
El apartamento era elegante.
Minimalista.
Demasiado ordenado.
Valentina observó alrededor.
—Ahora entiendo por qué eres tan obsesivo con el orden.
—¿Obsesivo?
—Hay libros acomodados por tamaño.
Matteo fingió indignarse.
—Eso tiene lógica.
Ella comenzó a reír.
—Eres imposible.
—Y aun así sigues aquí.
Valentina caminó lentamente hasta quedar frente a él.
—Sí.
Porque quiero estar aquí.
Matteo levantó una mano y acarició suavemente su mejilla.
No había prisa.
No había tensión.
Solo una paz que ambos habían buscado durante mucho tiempo.
Se besaron despacio.
Como si cada beso confirmara que el pasado finalmente había quedado atrás.
Pero esta vez, Matteo se detuvo un instante, apoyando su frente contra la de ella.
—Valentina…
—¿Qué pasa?
Él la miró con una seriedad distinta, más vulnerable.
—Antes de que esto siga… quiero preguntarte algo.
Ella asintió, sin apartarse.
—Dime.
Matteo respiró hondo.
—Quiero que seas mi novia.
El silencio duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que el corazón de Valentina se acelerara.
—¿Me lo estás pidiendo en serio?
—Sí.
—¿Ahora?
—Ahora.
Ella lo miró como si intentara asegurarse de que no era un sueño.
—Matteo…
—No quiero seguir avanzando sin que esto tenga un nombre. Sin que sepas que no eres solo alguien en mi vida… eres la persona que elegí.
Valentina sonrió, con los ojos brillantes.
—Sí.
—¿Sí?
—Sí, quiero ser tu novia.
La forma en que Matteo la miró cambió por completo, como si algo dentro de él finalmente se hubiera acomodado.
La besó de nuevo, esta vez con más seguridad, más necesidad contenida.
Y cuando el beso se profundizó, la distancia entre ambos desapareció por completo.
Matteo la tomó con cuidado en brazos, sin prisa, como si temiera romper algo valioso, y la llevó hasta la habitación.
La dejó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con todo lo que el mundo conocía de él.
Valentina lo miró desde allí, respirando más lento, sintiendo cómo el aire entre ambos se volvía más íntimo, más cálido.
Matteo se sentó a su lado, acariciando su cabello.
—¿Estás segura?
—Sí —susurró ella.
No hubo más dudas.
La noche avanzó entre besos más profundos, caricias lentas y miradas que decían más que cualquier palabra. No había prisa, solo la necesidad de confirmarse el uno al otro, de sentirse, de reconocerse.
El mundo exterior dejó de existir detrás de esa puerta.
Solo quedaron ellos dos, compartiendo una intimidad construida desde la confianza, el respeto y algo que ninguno de los dos había sentido antes con tanta claridad: pertenencia.
⸻
Horas después, la habitación estaba en silencio.
La luz tenue dibujaba sombras suaves sobre las sábanas.
Valentina descansaba recostada sobre el pecho de Matteo, mientras él la abrazaba con una calma casi protectora.
—¿En qué piensas? —preguntó ella en voz baja.
Matteo tardó un segundo en responder.
—En que por primera vez… no siento que tenga que irme a ningún lado.
Valentina cerró los ojos, sonriendo.
—Entonces quédate.
Él la apretó un poco más contra sí.
—Eso pienso hacer.
Ella lo vio también con cara de victoria.
— ¿Por qué tienes esa cara?
El se ríe y la mira.
— Me alegra haber sido el primero y último en tenerte a ti como mi mujer.
Y en ese instante, ambos entendieron que no era solo el inicio de una relación.
Era el inicio de un hogar compartido.
fuegos artificiales!!!!
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