La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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— Mi señora se que siente muy sola aquí, Pero no dude que yo estoy para usted incondicionalmente y si usted quiere cambiar el menú de la comida o el color de las cortinas o algo, solo tiene que pedírmelo.— dijo Rocío, mientras entrabamos a la casa.
— Yo estoy muy agusto, con su comida Rocio, es deliciosa y está casa es muy bonita así además no quiero causar ningún inconveniente con su patrón, ahora sí me disculpa iré a mi habitación a descansar.— dije suspirando Pero está vez me sentía tranquila y útil.
Entre en la habitación y comencé a quitarme la ropa asta quedarme completamente desnuda cuando sentí un escalofrío y una sensación rara en el pecho y en estómago cuando ví salir a Sebastián del baño con una toalla amarrada a su cintura jamás había visto a un hombre desnudo más que en revistas y libros y Sebastián parecía sacado de una revista tenía su abdomen lleno de músculos y sus brazos eran grandes.
Yo intenté cubrirme enseguida con las manos cerrando los ojos, sentía mis mejillas arder de vergüenza mientras le decía.
— ¡Que haces aquí.! ¡ No me mires!— dije molesta.
El silencio de la habitación se volvió denso, cargado de una electricidad que me hacía difícil respirar. A pesar de tener los ojos cerrados con fuerza, podía sentir su mirada recorriéndome, una presencia física que parecía quemar mi piel incluso sin tocarme.
Escuché sus pasos lentos, el sonido de sus pies descalzos sobre la alfombra acercándose hacia donde yo estaba, indefensa y temblando de pura humillación.
—¿Que qué hago aquí? —Su voz sonó más profunda de lo normal, con un matiz de ironía que me hizo apretar los dientes—. Esta es mi habitación, Anna. Y si mal no recuerdo, eres mi esposa.
Sentí el calor de su cuerpo a centímetros del mío. La sensación de vulnerabilidad era total, pero también algo más que no quería admitir: un pulso acelerado en mi vientre que no era solo miedo.
—Abre los ojos —ordenó en un susurro mandatorio cerca de mi oído.
—¡No! —respondí, sintiendo que mi rostro iba a estallar de la vergüenza—. Vete, vístete... no tienes derecho a... Estar aquí bañarte en mi habitación cuando as faltado a la casa.
—Tengo todos los derechos, según el papel que firmaste —interrumpió. Sentí su mano, fría por el agua del baño, rozar ligeramente mi hombro, lo que me hizo dar un respingo—.
Pero no te preocupes, no voy a tomar nada que no se me dé por voluntad propia. Aunque después de verte hoy en el campo, con esa determinación... no esperaba que fueras tan tímida en la intimidad.
—¡No es timidez! —exclamé, forzándome a abrir los ojos solo un poco, lo suficiente para encontrarme con su mirada plateada y burlona—.
Es respeto. Algo que parece que no conoces. Te desapareces una semana sin decir una palabra y de pronto apareces aquí, como si... como si nada hubiera pasado.
Me moví con torpeza, tratando de alcanzar la bata de seda que estaba sobre la cama para cubrir mi desnudez. Sebastián no se movió; se quedó ahí, con la toalla apenas sujeta a su cadera, observando cada uno de mis movimientos con una calma exasperante.
—Pasaron muchas cosas, Anna —dijo él, ignorando mi reclamo por su ausencia—. Pero ninguna tan interesante como lo que me contaron hoy. Me dijeron que no te tembló la mano frente a la sangre. ¿De dónde sacaste esa fuerza? Porque ahora mismo, pareces un gorrión asustado.
—No le tengo miedo a la sangre, Sebastián. Le tengo miedo a los monstruos que se creen dueños de las personas —le solté, logrando finalmente envolverme en la bata y anudándola con manos temblorosas.
Él dio un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que su pecho quedó casi pegado al mío. El olor a jabón y a hombre inundó mis sentidos, nublándome el juicio.
—Si yo fuera el monstruo que crees —susurró, bajando la vista hacia mis labios por un segundo antes de volver a mis ojos—, no estaría esperando a que me des permiso, solo te tomaría y sin pensarlo te haría mía una y otra vez asta que tú cuerpo tiemble.Estás en mi casa, en mi cama, y llevas mi nombre. Pero hoy te daré el beneficio de la duda... porque tu salvaste a un buen trabajador.
— Eres un arrogante egocéntrico, no creo que tú puedas provocar algo así en mi.— dije mirándolo a los ojos, molesta.
—¿Arrogante? Tal vez —dijo, dando un paso atrás para darme espacio, pero sin quitarme los ojos de encima—. Pero no miento, Anna. Y ten cuidado con los desafíos que lanzas; a veces, el cuerpo es mucho más traicionero que la lengua.
Se terminó de soltar la toalla para ponerse un pantalón frente a mí, sin el más mínimo pudor, obligándome a girar la cara hacia la ventana para no seguir admirando su físico, aunque la imagen ya se había quedado grabada en mi mente.
—Esa lengua afilada tuya me gusta más que tu silencio de víctima —continuó, mientras escuchaba el roce de la tela—. Prepárate. Te espero abajo en diez minutos. Y no intentes quedarte encerrada, porque si no bajas, vendré por ti y te llevaré cargando frente a todos los empleados. Tú decides cómo quieres entrar al comedor hoy.
Salió de la habitación cerrando la puerta con un golpe seco. Me quedé sola, con el corazón martilleando contra mis costillas. Me miré al espejo: mis mejillas seguían rojas y mis labios estaban entreabiertos.
"Arrogante", repetí en un susurro, tratando de convencerme de que lo odiaba, aunque mi pulso me decía otra cosa. Sabía que la cena de hoy no sería una simple comida; sería un duelo de voluntades
Me di un baño con agua tibia y busque entre la ropa un vestido y peine un poco mi cabello, me mire en el espejo y puse un poco de rubor en mis mejillas suspiré y salí de la habitación despacio baje por las escaleras y ahí estaba el sentado en la mesa con una copa de vino.
—Puntual. Me alegra ver que el sentido del deber es algo que aplicas para todo, Anna —dijo, haciendo un gesto para que el servicio se acercara—. Te ves... aceptable. Mucho mejor que cubierta de polvo y sangre de campo.
Me senté en el extremo opuesto a él, queriendo poner tanta distancia física como fuera posible. Rocío entró silenciosamente para servirnos, y por un momento, el aroma de la cena llenó el vacío incómodo entre nosotros.
—No lo hice por deber, Sebastián —respondí finalmente, cruzando las manos sobre mi regazo—. Lo hice porque era lo correcto. Pero supongo que distinguir entre "deber" y "humanidad" es algo que se te escapa.
Él dio un sorbo a su vino, observándome por encima del borde de la copa.
—La humanidad es un lujo que pocos pueden permitirse en este mundo, querida. Pero me intriga... —dejó la copa con un golpe seco sobre la madera—. Has estado una semana entera quejandote de todo en esta casa y, de repente, una herida abierta te devuelve la vida. Dime, ¿qué es lo que realmente quieres? ¿Jugar a la doctora con mis peones o estás tratando de decirme que este encierro te está volviendo loca?, Pero antes que eso pase mañana por la tarde saldremos a nuestra primera reunión como casados.
—No estoy "jugando a la doctora", Sebastián —le dije, sosteniéndole la mirada con una firmeza que parecía incomodarle—. Soy una mujer que sabe hacer algo más que elegir cortinas o sonreír en fiestas hipócritas. Y si este encierro me está volviendo loca, es precisamente porque me niegas el derecho a ser útil.