"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 22
El salón del trono del Reino Lycan era una estructura imponente de columnas de piedra oscura y techos tan altos que las vigas se perdían en las sombras. Enormes estandartes con el lobo de la casa Dróvnikov colgaban a los lados, moviéndose sutilmente con las corrientes de aire helado que entraban por los ventanales. Al fondo, sobre una plataforma elevada, el trono de roca negra parecía tallado de la misma montaña.
César Dróvnikov ya estaba sentado allí. Llevaba su imponente armadura militar y la capa real de piel oscura sobre los hombros, luciendo como el monarca implacable y despiadado que gobernaba el norte. A sus pies, en la zona baja del salón, un grupo de cuatro emisarios de la manada Ivanov permanecía de pie, vistiendo los ropajes de gala del sur. Entre ellos destacaba el comandante de los rastreadores de su padre, un lobo veterano de mirada cruel que sostenía varios rollos de pergamino bajo el brazo: los carteles con el rostro de Sofía.
Las pesadas puertas del salón se abrieron con un eco estruendoso. Lord Kaelen entró primero, y detrás de él, Sofía avanzó con paso firme, obligándose a sostener la cabeza en alto a pesar de que los nervios le destrozaban el estómago. El vestido azul medianoche ondeaba a su alrededor, y su verdadero aroma a violetas silvestres y lluvia se expandió por el salón noble, libre de todo camuflaje.
Al escuchar los pasos, los emisarios del sur se giraron. Cuando el comandante de los rastreadores vio las facciones de la joven, sus ojos se abrieron de par en par por el impacto. Sus dedos se tensaron sobre los pergaminos de búsqueda.
—¡Es ella! —exclamó el comandante, dando un paso instintivo hacia adelante, rompiendo el protocolo real—. ¡Majestad, esa mujer es la fugitiva! Es Sofía Ivanov, la asesina del heredero del sur. Exigimos que sea entregada de inmediato a la justicia de su padre.
Antes de que el soldado sureño pudiera avanzar un paso más, la guardia de la élite del norte cruzó sus lanzas con un sonido metálico y seco, cerrándole el paso con una sincronización perfecta.
César no se movió de su trono. Apoyó el codo en el reposabrazos de piedra y sostuvo su barbilla con los dedos, observando la escena con una calma abrumadora. Sus ojos grises, afilados como cuchillas, recorrieron a los emisarios antes de fijarse en Sofía, quien se detuvo justo al lado de la plataforma, manteniéndose firme ante los hombres que venían a cazarla.
—Estás en mi casa, soldado, y en el Reino Lycan nadie exige nada —pronunció César. Su voz, un barítono profundo y cargado de un poder alfa dominante, vibró en las paredes de piedra, haciendo que los emisarios del sur bajaran la cabeza por puro instinto de sumisión—. Midan sus palabras antes de que decida que sus cabezas adornen las picas de la entrada.
El líder de la delegación del sur, un diplomático más astuto, dio un paso al frente para mediar, intentando ocultar el temblor de sus manos.
—Mil disculpas, Alfa Supremo —dijo el diplomático, haciendo una profunda reverencia—. El comandante habló desde el deber. Esa mujer que ve ahí traicionó a nuestra manada. Asesinó a su prometido en el altar de su hermana Tania y huyó como una cobarde. Veníamos a pedir su autorización para empapelar los pueblos fronterizos, pero veo que su guardia ya la ha capturado. Le agradecemos el gesto, la llevaremos de regreso para su ejecución.
César soltó una risa corta, una mueca frívola y cargada de desprecio que hizo que el diplomático se congelara. El Rey Lycan se levantó de su trono, su imponente figura dominando por completo el salón, y bajó los escalones de piedra con una elegancia felina hasta detenerse justo al lado de Sofía.
Para sorpresa de todos los presentes, y especialmente de los emisarios, César extendió una de sus manos enguantadas y tomó la de Sofía con una firmeza protectora, entrelazando sus dedos ante la mirada atónita de los hombres del sur. El aroma a tormenta del rey se mezcló deliberadamente con el de las violetas de ella, reclamando su presencia ante la corte.
—Se equivocan en sus conclusiones —anunció César, clavando su mirada gélida en los enviados de Borís Ivanov—. Mi guardia no ha capturado a ninguna criminal. La señorita Sofía Ivanov cruzó la frontera buscando el amparo de la corona del norte, denunciando una conspiración en su contra. Y yo, como soberano de estas tierras, he firmado su edicto de protección real esta misma mañana.
El comandante de los rastreadores apretó los dientes, olvidando el peligro por un segundo debido a la indignación.
—¡Eso es un insulto a la manada Ivanov! —reclamó—. Ella debe pagar por la sangre de Gavin. No puede proteger a una paria sin lobo que ha deshonrado a su estirpe.
—Sofía Ivanov ya no responde ante las leyes del sur, ni ante los caprichos de su padre —sentenció César, dando un paso al frente, haciendo que su aura alfa cayera con todo su peso sobre los emisarios, obligándolos a encorvarse bajo la presión—. A partir de hoy, ella está bajo mi custodia y mi ley. Y en los próximos meses, se convertirá en mi esposa legítima y en la reina consorte de este imperio. Regresen con Borís Ivanov y denle el mensaje: si quiere volver a ver a su hija, tendrá que venir él mismo a negociar los nuevos términos de nuestra frontera... y de su sumisión.