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Capítulo 10. Regreso al pasado
El alba bañó el bosque con una luz dorada.
Lyra ya había desmontado el campamento cuando encontró a Conrad alimentando el fuego por última vez.
No intercambiaron muchas palabras.
Bastó una mirada para saber que ambos estaban listos para partir.
Afther se acercó a Lyra en cuanto ella silbó.
La joven acarició su hocico con una sonrisa.
—Buenos días, compañero.
Conrad observó la escena en silencio.
No podía apartar la vista de ella.
Había pasado incontables noches recordando a Elria.
Recordaba a una joven noble, amable y delicada, que sonreía con inocencia incluso cuando el mundo era cruel con ella.
Pero la mujer que tenía delante...
Era diferente.
Mucho más fuerte.
Mucho más libre.
Montaba a caballo con una elegancia natural, caminaba sin miedo por el bosque y hablaba con una seguridad que Elria jamás había tenido.
Y, aun así...
Su esencia seguía siendo exactamente la misma.
No.
Se corrigió en silencio.
Era mejor.
Mucho mejor.
El destino no solo le había devuelto a su vinculada.
Le había permitido renacer convertida en la mujer que siempre debió ser.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Te ves más hermosa en esta vida...
Lyra, que ajustaba las riendas de Afther, giró la cabeza.
—¿Dijo algo?
Conrad negó con absoluta tranquilidad.
—Nada importante.
Ella lo observó unos segundos antes de subir al caballo de un solo movimiento.
—¿Siempre viaja con esa expresión tan seria?
Él arqueó una ceja.
—¿Y usted siempre hace tantas preguntas?
Lyra soltó una pequeña risa.
—Tal vez.
Luego señaló el camino que atravesaba el bosque.
—¿Qué le parece una carrera?
Conrad la miró sorprendido.
—¿Una carrera?
—Hasta aquel puente de piedra.
Él dirigió la vista hacia el horizonte.
La distancia era considerable.
—¿Y qué gana el vencedor?
Lyra sonrió con picardía.
—El derecho a presumir durante el resto del viaje.
Sin darle tiempo a responder, dio un ligero toque con los talones.
—¡Vamos, Afther!
El caballo salió disparado.
Conrad soltó una breve carcajada.
Hacía siglos que nadie conseguía sorprenderlo.
Con un elegante salto montó su propio caballo y salió tras ella.
Durante varios minutos, ambos atravesaron senderos, colinas y pequeños arroyos mientras el viento agitaba sus cabellos.
Lyra reía.
Reía con una libertad que Conrad jamás había visto.
Y él descubrió que aquella risa era mucho más peligrosa que cualquier hechizo.
Porque despertaba en su corazón algo que creía haber perdido para siempre.
Al final, Afther cruzó primero el viejo puente.
Lyra levantó los brazos con orgullo.
—¡Gané!
Conrad descendió de su caballo sonriendo.
—Lo admitiré...
Jamás pensé perder contra una dama.
Ella levantó el mentón.
—Será mejor que empiece a acostumbrarse.
Al caer la tarde, el paisaje comenzó a resultarle dolorosamente familiar.
Los bosques.
Las murallas.
Las montañas que rodeaban el valle.
Lyra redujo la velocidad de Afther.
Su respiración se hizo más pesada.
Había regresado.
El Imperio de Eryndor.
El lugar donde había vivido como Elria.
El lugar donde había muerto.
Conrad observó el cambio en su expresión.
No preguntó nada.
Sabía que aquel sitio despertaba recuerdos que ella todavía no comprendía.
Atravesaron las enormes puertas de la capital mezclándose entre comerciantes, viajeros y nobles.
Todo parecía igual.
Las mismas calles.
Los mismos puestos.
Las mismas voces.
Como si su muerte jamás hubiera ocurrido.
Entonces...
Lyra se quedó completamente inmóvil.
Al otro lado de la avenida principal caminaba un hombre elegantemente vestido.
Reía mientras conversaba con otros nobles.
Su ropa era más lujosa que nunca.
Su rostro reflejaba tranquilidad.
Una vida cómoda.
Feliz.
Él.
Su prometido.
El mismo hombre que la había llevado al bosque.
El mismo que le juró amor antes de atravesarle el corazón con una espada.
Seguía vivo.
Y parecía disfrutar de una vida perfecta después de haberla asesinado.
Los dedos de Lyra se cerraron con fuerza alrededor de las riendas.
El aire comenzó a faltar en sus pulmones.
Mientras tanto, el hombre levantó la vista por un instante...
Sin imaginar que, entre la multitud, la mujer a la que había dado por muerta acababa de regresar para cobrar la deuda de sangre que él jamás pagó.