A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capítulo 1
El tul blanco del velo pesaba sobre la cabeza de Valery Lezcano como una corona de espinas doradas. Frente al espejo de cuerpo entero del camerino parroquial, rodeada de arreglos de orquídeas blancas que empezaban a oler de manera asfixiante, se miró a sí misma. El vestido de corte sirena abrazaba cada una de sus curvas, acentuando su cintura estrecha y el escote corazón que tantas dudas le había generado durante las pruebas. Su piel, de un tono canela suave, contrastaba de forma casi pecaminosa con la pureza impoluta de la seda y el encaje francés.
Faltaban exactamente quince minutos para las seis de la tarde. Quince minutos para caminar hacia el altar y unir su vida a la de Adrián Sánchez.
Se frotó los hombros desnudos, sintiendo un frío repentino. Se suponía que este era el día más feliz de sus veintitrés años. Sin embargo, una punzada de inquietud le arañaba el pecho. Adrián no había respondido a sus llamadas en toda la mañana, y su última respuesta de la noche anterior había sido un escueto e inusual «Hablamos mañana, Val» enviado a la madrugada.
El clic seco de la puerta de madera la hizo sobresaltarse.
Por el espejo, Valery vio entrar a su hermana menor, Camila. A sus veinte años, Camila solía desbordar una energía ruidosa y caótica. Pero en ese instante, el color había abandonado por completo sus mejillas. Tenía los labios entreabiertos y sostenía el teléfono móvil entre las manos temblorosas como si fuera un artefacto a punto de estallar.
—¿Cami? ¿Qué pasa? —preguntó Valery, dándose la vuelta con cuidado de no pisar la larga cola de encaje—. Ya casi es la hora. ¿Papá ya está listo?
Camila no respondió de inmediato. Tragó saliva, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, arruinando el delicado maquillaje que se había hecho horas antes.
—Val... Dios mío, Val. Lo siento tanto —susurró Camila con la voz quebrada.
—¿De qué hablas? Me estás asustando. —Valery dio un paso al frente, la seda del vestido crujiendo a cada movimiento—. ¿Adrián tuvo un accidente? ¿Le pasó algo?
—Ojalá hubiera sido un accidente —escupió Camila, su expresión transformándose de repente en una mueca de pura rabia—. El maldito cobarde... Mira esto.
Camila le extendió el teléfono. En la pantalla iluminada, un mensaje de texto directo de Adrián parpadeaba con una frialdad implacable:
> *«No puedo hacer esto, Camila. No puedo casarme con Valery sabiendo que mi corazón le pertenece a otra persona. Sienna y yo nos vamos del país hoy. No nos busquen. Dile a Val que lo siento.»*
>
El mundo de Valery se detuvo. El aire en sus pulmones se volvió de plomo.
—¿Sienna? —La voz de Valery fue apenas un soplido helado—. ¿Sienna Ruiz?
¿Su mejor amiga? ¿La chica con la que había compartido confidencias, secretos y tardes enteras planificando este mismo día? ¿La que se había quejado el día anterior de un supuesto dolor de cabeza para no asistir al ensayo general?
—Los vieron en el aeropuerto hace dos horas, Val —dijo Camila, acercándose para sostenerla por los brazos—. Thiago me acaba de llamar. Él los vio documentando equipaje. Adrián y Sienna... escaparon anoche juntos.
La revelación cayó sobre ella como una maza de hierro. La humillación comenzó a subir por su garganta como un veneno caliente. Afuera, en la nave principal de la iglesia, trescientos invitados —la crema y nata de la sociedad, socios de la constructora familiar, prensa local y conocidos— esperaban con ansias el gran evento. Todos estaban allí para verla triunfar, pero ahora solo presenciarían su ruina, el espectáculo de la novia abandonada, la traicionada.
Un temblor incontrolable se apoderó de sus manos. Quiso llorar, gritar, destrozar el costoso ramo de rosas blancas que descansaba sobre la mesa. Pero en lugar de quebrarse, algo oscuro, ardiente y afilado se encendió en su pecho: orgullo puro. No les daría el gusto. No se arrastraría por el suelo mientras ellos celebraban su cobardía.
—Valery, tenemos que suspender esto. Papá está hablando con el sacerdote para desalojar la iglesia —dijo Camila, limpiándose las lágrimas de los ojos—. No tienes que pasar por esto.
—No —dijo Valery. Su voz ya no temblaba. Sus ojos, antes llenos de ilusión, ahora brillaban con una resolución helada—. No voy a esconderme por la puerta trasera como si fuera yo la que cometió un crimen.
—¿Qué vas a hacer? —Camila la miró con pánico.
—Voy a salir por esa puerta. Con la cabeza en alto.
Valery se ajustó el velo con dedos firmes. Ignorando las súplicas de su hermana, abrió la puerta del camerino. El murmullo lejano de los invitados y las notas iniciales del órgano de la iglesia flotaban en el aire, ajenos al desastre que acababa de ocurrir. Caminó por el pasillo de servicio que conectaba con el vestíbulo principal. A cada paso que daba, la rabia acumulada en su interior se transformaba en una extraña y magnética seguridad.
Al llegar al umbral de la entrada trasera, donde la luz de los vitrales teñía el suelo de colores violáceos, Valery se detuvo. Los trescientos invitados ya habían comenzado a impacientarse; los murmullos se hacían más fuertes. Sabía que si daba un paso más, se convertiría en el blanco de todas las miradas de lástima de la ciudad.
Fue entonces cuando una sombra alta y familiar se interpuso en su camino.
Valery contuvo el aliento.
Marcos Sánchez la esperaba en el pasillo lateral, apoyado contra una de las columnas de piedra de la iglesia. Vestía un traje de etiqueta negro a la medida que resaltaba su imponente físico: hombros anchos, una postura impecablemente erguida y ese aire de control absoluto que siempre lo rodeaba. A sus veintiocho años, Marcos era el polo opuesto de su hermano menor. Mientras Adrián era impulsivo, fiestero y fácil de leer, Marcos era una tormenta silenciosa, un hombre de negocios implacable y peligrosamente atractivo que rara vez mostraba lo que pensaba.
Sus ojos oscuros, casi negros, recorrieron la silueta de Valery con una lentitud que le provocó un escalofrío por la espalda. No había lástima en su mirada. Solo una fiera y posesiva atención.
—Es un cobarde —dijo Marcos. Su voz, un barítono profundo y rasposo, resonó en el espacio de piedra—. Pero tú ya lo sabías, ¿no? Siempre fue demasiado débil para ti, Valery.
Valery apretó los puños, sintiendo la cercanía de Marcos como una fuerza de atracción gravitatoria. El sutil perfume de sándalo y cuero que él usaba inundó sus sentidos, nublando por un instante la rabia que la consumía.
—¿Has venido a disculparte en nombre de tu hermano, Marcos? —preguntó ella, sosteniéndole la mirada con desafío—. Porque si es así, puedes ahorrarte las palabras.
Marcos dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos hasta que Valery pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Era tan alto que ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. El contraste entre la blancura de su vestido y la impecable oscuridad del traje de él creaba una atmósfera casi prohibida.
—No he venido a disculparme. He venido a darte una salida —susurró él, inclinándose ligeramente hacia ella. Su aliento cálido rozó la oreja de Valery, haciéndola estremecerse—. Esos idiotas de ahí fuera están esperando un espectáculo. Quieren ver a la perfecta Valery Lezcano destruida. Quieren ver el apellido Sánchez arrastrado por el fango por culpa de la estupidez de mi hermano.
—¿Y qué sugieres que haga? ¿Que salga a bailar? —siseó ella, herida en su orgullo.
Marcos esbozó una sonrisa lenta, casi imperceptible, que le dio un aire peligrosamente sensual. Con una lentitud calculada, levantó una mano y, con la yema del pulgar, delineó el contorno de la mandíbula de Valery. El contacto físico directo, inesperado y cargado de una electricidad latente, hizo que a ella se le cortara la respiración.
—Te propongo un trato, muñeca —murmuró Marcos, sus ojos clavados en los labios de ella—. Camina hacia el altar conmigo. Casémonos hoy.
Valery abrió los ojos de par en par, su corazón latiendo desbocado contra su pecho.
—¿Estás loco? Esto no es un juego, Marcos.
—No lo es. Es negocios, y es venganza —respondió él, su tono volviéndose más bajo, más íntimo—. Mi madre quiere salvar las apariencias, tú quieres tu orgullo intacto, y yo... bueno, yo siempre consigo lo que quiero. Si te casas conmigo, Adrián no solo se dará cuenta de la monumental estupidez que cometió. Tendrá que regresar y verte del brazo del hombre al que más teme. Tendrá que llamarte "cuñada" mientras se muere de celos al saber que duermes en mi cama.
Las palabras de Marcos cayeron como gasolina sobre el fuego que ya ardía en el interior de Valery. La idea de la venganza, de ver la cara de Adrián al enterarse de que su hermano mayor había tomado su lugar, era una tentación demasiado dulce para resistir. Pero más allá de la venganza, lo que realmente asustaba a Valery era la súbita y ardiente atracción que acababa de despertar en su vientre por el hombre que tenía delante.
—¿Y qué pasa después? —preguntó ella en un susurro, sintiendo que la distancia entre sus cuerpos se reducía peligrosamente—. ¿Qué pasa cuando estemos a solas?
Marcos se inclinó un poco más, su mano descendiendo suavemente por su cuello hasta rozar la delicada clavícula expuesta. Su mirada brilló con una promesa oscura.
—Eso, mi querida Valery... lo decidiremos a puerta cerrada. Pero te aseguro que no te vas a arrepentir.
Valery miró la mano de Marcos extendida hacia ella. Era una invitación directa a la perdición. El órgano de la iglesia volvió a sonar, anunciando que el tiempo se había agotado.
Con un suspiro tembloroso, pero con una sonrisa desafiante dibujándose en sus labios, Valery colocó su mano sobre la de él. La piel de Marcos estaba ardiente, firme, y al cerrar los dedos sobre los de ella, Valery supo que acababa de firmar un pacto con el mismísimo demonio. Y por primera vez en todo el día, no pudo esperar a que el fuego comenzara.