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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:600
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

AIRE DE LOS FUGITIVOS

El viejo sedán gris de Tomás devoraba los kilómetros de la autopista nacional bajo un cielo encapotado que comenzaba a teñirse con el gris plomizo del amanecer. En el interior del vehículo, el ambiente era asfixiante, impregnado de humedad, del penetrante olor a hierro de la sangre y de una desconfianza tan espesa que casi se podía palpar.

Tomás conducía manteniendo la mirada fija en el asfalto y, de reojo, en el espejo retrovisor. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante.

—¿A dónde vamos, Ela? —preguntó Tomás, rompiendo el silencio con un tono seco—. La policía federal ya debe tener las patentes de este auto si algún testigo nos vio cerca del callejón. Además, llevar al CEO de Althea herido en el asiento trasero no ayuda a pasar desapercibidos. Si la seguridad del holding nos intercepta, nos matarán a todos.

—Sigue conduciendo hacia el norte —respondió Ela desde el asiento del copiloto, sin apartar los ojos de la carretera—. Hay una antigua bodega de almacenamiento textil abandonada a las afueras de la frontera provincial. Mi padre solía usarla para el excedente de materia prima de la fábrica antes de que todo... antes de que nos lo quitaran. No figura en los registros actuales del holding. Es el único lugar seguro que nos queda.

En el asiento trasero, Kang permanecía recostado contra la puerta. Tenía los ojos entornados y la respiración superficial. El improvisado torniquete de seda oscura que Ela le había colocado en el túnel había contenido la hemorragia, pero la pérdida de sangre y la brutal descarga de adrenalina lo tenían al borde del colapso.

Ela se giró en su asiento, estirando el brazo para tocarle suavemente la frente. Estaba ardiendo en fiebre.

—Resiste, Min-jun —susurró ella, usando por primera vez el nombre que él le había confiado en la penumbra del desagüe.

Al escuchar esa palabra, Kang abrió los ojos lentamente. Una chispa de lucidez, desprovista de la habitual frialdad del ejecutivo, brilló en sus pupilas oscuras. Hizo un leve movimiento con la cabeza, intentando acomodarse.

—Estoy bien... —mintió con un hilo de voz, apretando la mandíbula por el dolor—. Solo... necesito un momento.

—No tenemos momentos —intervino Tomás desde el frente, con una hostilidad que no intentaba ocultar—. En cuanto el viejo patriarca confirme que Julián no tenía los archivos reales, usará todo el aparato del holding para localizarnos. Y tú, Kang, eres el faro que los guía. Tu teléfono corporativo, tu auto... todo lo que usas tiene rastreadores.

—Mi teléfono quedó destruido en la oficina —dijo Kang, hablando despacio, midiendo el aire—. Y mi auto está estacionado en la academia. El único rastreador activo es el del archivo digital que robó Julián. Pero... como ya sabe su hermana... ese dispositivo está vacío.

Tomás soltó una risa amarga.

—Así que ahora resulta que somos socios. El gran CEO de Althea y los fantasmas de las víctimas que su propia empresa pisoteó para construir su fortuna. Es una ironía preciosa, ¿no crees, Ela?

Ela no respondió. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo la memoria USB original. La contempló bajo la pálida luz del amanecer. En ese diminuto trozo de metal residía la verdad sobre la muerte de su padre, los nombres de los ejecutivos que firmaron la orden de quema, los registros de los sobornos policiales y las transacciones que probarían el fraude sistemático del holding.

—Este archivo es la única moneda de cambio que tenemos —declaró Ela, su voz recuperando la firmeza de acero—. Tomás tiene razón en algo, Min-jun. Si entregamos esto directamente a la fiscalía a través de los canales comunes, los abogados de Althea lo congelarán por años apelando la cadena de custodia o alegando espionaje industrial. Necesitamos que un miembro de la junta directiva con credenciales de nivel presidencial valide el origen de los datos ante el juez.

Kang la miró fijamente. Una sonrisa cansada y carente de humor se dibujó en sus labios.

—Quieres que yo sea el ejecutor de mi propio imperio —dijo él.

—Tú querías salir de esa prisión, Min-jun —le recordó Ela, inclinándose más hacia el asiento trasero—. Me pediste que te ayudara a destruirla para ser libre. Esta es tu oportunidad. Si firmas la declaración de origen y entregas este archivo junto a la auditoría que estabas preparando, el viejo patriarca irá a prisión y el holding Althea será desmantelado.

Kang cerró los ojos por un segundo, asimilando el peso de la decisión. Cuando los volvió a abrir, la determinación fría del CEO había regresado, templada por el dolor físico.

—Lo haré —sentenció—. Pero bajo una condición.

Tomás soltó un bufido de desprecio, pero Ela le hizo una señal para que se callara.

—¿Qué condición? —preguntó ella.

—En cuanto el holding caiga, la seguridad de mi suegro se desmoronará, pero surgirán nuevos enemigos. La junta directiva querrá cazar a cualquiera que haya tenido que ver con la filtración. Quiero que me prometas que, una vez que esto termine, desaparecerás conmigo. No como Susana, ni como Ela la vengadora. Solo tú y yo. Lejos de esta ciudad podrida.

Ela sintió un vuelco en el corazón. La oferta de Kang no era un chantaje; era una súplica desesperada de un hombre que lo había perdido todo y que solo buscaba un asidero de verdad en medio de la tormenta. Miró a Tomás, cuyo rostro se había endurecido por la desaprobación, y luego volvió a mirar a Kang.

—Primero sobrevivamos a esta noche, Min-jun —respondió ella con suavidad, esquivando la promesa pero apretando su mano húmeda con firmeza—. El camino hacia la libertad aún está lleno de cenizas.

Tomás giró bruscamente el volante, tomando el desvío hacia el camino de tierra que conducía a la vieja bodega textil abandonada. La estructura gris y oxidada comenzó a recortarse contra el horizonte húmedo de la provincia. La trampa final estaba lista para ser armada, pero el cazador y sus presas sabían que el menor error los consumiría a todos en el mismo fuego.

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