Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 16
Irina tragó saliva, pero no apartó la mirada de los ojos oscuros de Damian. A pesar del calor abrasador que emanaba de su cuerpo y de la fuerza firme con la que la sostenía por la cintura, obligó a su mente a mantenerse fría.
—No me asustan sus guerras familiares, señor Galo —susurró ella, aunque su respiración se había vuelto un poco más agitada debido a la cercanía de sus labios—. Pero si voy a estar en medio del fuego cruzado, más vale que mi campaña de otoño salga a la luz exactamente como la diseñé. No voy a permitir que los Rivera metan mano en mis lienzos para suavizar el concepto.
Damian soltó una risa baja, un sonido profundamente varonil y territorial que resonó directo en el pecho de Irina. Sus dedos se enterraron un poco más en la tela de su traje de sastre gris, atrayéndola hasta que no quedó un solo milímetro de espacio entre ambos.
—Tu campaña se va a producir tal y como la maquetaste, preciosa. Te di mi palabra abajo en los talleres y ya viste que nadie, ni siquiera el viejo Rivera, puede pasar por encima de mis decisiones cuando se trata de la empresa —afirmó el Alfa con su barítono rasposo—. Pero a partir de mañana, los ojos de toda la industria van a estar sobre ti. No solo por el revuelo que causó tu portafolio, sino porque Antonio no es un hombre que acepte un "no" como respuesta. Debes tener cuidado al salir de aquí.
—Sé cuidarme sola, ya se lo dije —replicó ella con una sonrisa de medio lado, subiendo las manos con audacia hasta apoyarlas en el pecho de él, sintiendo el ritmo acelerado de sus latidos—. Además, dudo que Antonio se atreva a hacer algo estúpido en plena vía pública. Es un magnate de la competencia, no un pandillero.
—No conoces el alcance de las castas en Roma, Irina —advirtió Damian, su tono volviéndose repentinamente serio mientras sus pupilas se dilataban con una chispa de posesividad salvaje—. En este mundo, el talento es una mercancía cara, y tú te has vuelto el tesoro más codiciado de mi textilera. No voy a dejar que nadie te ponga las manos encima.
Antes de que Irina pudiera responder con otra de sus réplicas fuertes, Damian acortó la distancia que quedaba y selló sus labios en un beso profundo, lento y dominante. Fue un beso cargado de la adrenalina de la discusión anterior, una descarga de tensión acumulada que hizo que el piso ejecutivo desapareciera para ambos. Irina se aferró a sus hombros, respondiendo con la misma intensidad, dejando que el denso aroma a sándalo y tormenta la embriagara por completo.
Cuando el beso finalmente se rompió, Damian la soltó con renuencia, dando un paso atrás para recuperar su postura de jefe implacable justo cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los grandes ventanales de la oficina, tiñendo el cielo de Roma de tonos púrpuras y dorados.
—Vuelve a tu cubículo y recoge tus cosas, Duarte —ordenó con voz fría y corporativa, aunque el brillo en sus ojos delataba todo lo contrario—. Por hoy ha sido suficiente. Quiero que descanses. Mañana empieza la producción masiva en los talleres textiles y te necesito con la mente despejada.
Irina se alisó la falda, le dedicó una última mirada cargada de magnetismo y caminó hacia la salida con paso firme. Al cruzar las puertas dobles y regresar al ascensor, sintió que el peso del cansancio volvía a caer sobre ella, pero también una inmensa satisfacción. Había doblegado el orgullo de Vittoria y se había ganado el respeto absoluto del Alfa supremo.
Sin embargo, al llegar a la planta baja y salir del edificio, el aire fresco de la noche romana le trajo un presentimiento extraño. Caminó hacia la estación del metro con la carpeta de sus documentos bajo el brazo, pero no pudo evitar mirar de reojo hacia las esquinas oscuras de la calle, preguntándose si los ojos de Antonio, o los espías de los Rivera, la estarían vigilando desde las sombras.
Irina sintió un vuelco en el estómago cuando la pesada puerta de cristal de su edificio se cerró detrás de ella. El vestíbulo, usualmente tranquilo a esa hora de la noche, se sentía sumido en una tensión helada. Sentado en uno de los cómodos sofás de cuero del lobby, con una postura impecable y un bastón de empuñadura de plata descansando entre sus manos, se encontraba el señor Rivera.
El viejo Alfa levantó la vista de inmediato. Sus ojos oscuros y severos se clavaron en ella con una fijeza que habría hecho temblar a cualquiera.
—Buenas noches, señorita Duarte —saludó el patriarca con su característica voz ronca y profunda, que resonó con eco en las paredes de mármol.
Irina se detuvo en seco. Estaba exhausta, con la carpeta de sus documentos aún bajo el brazo, pero la sorpresa dio paso rápidamente a esa fortaleza que la caracterizaba. No iba a mostrar debilidad ni en su propio terreno.
—Señor Rivera —preguntó ella, con el ceño fruncido y un tono cargado de confusión y sospecha—. ¿Qué hace usted aquí? ¿Cómo sabe dónde vivo? ¿Acaso pretende montarme una cacería para intimidarme? —soltó sin titubear, cruzándose de brazos.
Para su sorpresa, el señor Rivera no se alteró ante su tono desafiante. Al contrario, las comisuras de sus labios se elevaron y se echó a reír, un sonido seco y maduro que desconcertó aún más a la joven.
—Claro que no, muchacha —respondió el anciano, acomodándose en el asiento sin hacer el menor intento de ponerse de pie—. No tengo ninguna necesidad de cazarte. Sólo quiero que hablemos. Puede ser aquí mismo, ante la presencia de los guardias de tu edificio. No quiero que pienses que te quiero hacer daño.
Irina miró de reojo hacia el mostrador de recepción, donde el vigilante del turno nocturno observaba la escena con ojos como platos, visiblemente intimidado por el imponente auto de lujo y los escoltas que seguramente esperaban afuera. Volvió a fijar su atención en el suegro de Damian. Sabía perfectamente quién era este hombre y el poder que manejaba en las castas de Roma, pero también sabía que si hubiera querido hacerle algo malo, no estaría sentado a plena vista en el lobby de su casa.
Con paso firme, Irina caminó hacia el área de los sofás, pero no se sentó. Permaneció de pie, manteniendo una distancia prudente, mirándolo desde arriba con una seriedad implacable.
—Usted dirá, señor Rivera —dijo Irina, manteniendo la voz firme—. Soy toda oídos. Pero dudo mucho que el líder de una de las familias más poderosas de la ciudad haya venido hasta mi departamento a estas horas solo para desearme las buenas noches.