Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 7 - El pacto de sangre
El carruaje de Don Guillermo no llevaba el escudo de los Valcárcel en las portezuelas.
Diane lo advirtió cuando el cochero abrió para que subieran. La madera negra relucía bajo la humedad, lisa y anónima, como si aquella visita necesitara atravesar Santa Lucía sin dejar apellido. Incluso la discreción de Guillermo era una forma de dominio: podía ocultar el escándalo antes de haberlo cometido.
Ernesto ocupó el asiento frente a ella. Damaris se acomodó a su lado y alisó una arruga inexistente en el vestido marfil. Nadie pronunció el nombre de Eduardo. Nadie dijo que iban a aceptar. Sin embargo, Ernesto llevaba en el bolsillo interior la pluma de plata que utilizaba para firmar contratos importantes.
Diane la había visto asomar cuando él se abrochó el abrigo.
Las ruedas avanzaron sobre el barro. Detrás de los cristales, los campos de tabaco se extendían como un ejército vencido. La lluvia había inclinado las plantas más débiles y las hojas se pegaban unas a otras con un brillo enfermo. De vez en cuando aparecía una lámpara en las viviendas de los jornaleros. Cincuenta y tres familias respiraban detrás de aquellas luces sin saber que una muchacha recorría el camino hacia su salvación o hacia una jaula.
Diane buscó en la oscuridad la silueta de Stefany.
No encontró más que postes, charcos y el reflejo fugaz de la luna entre las nubes.
—Todavía podemos regresar —dijo.
Ernesto apretó la mandíbula.
—Escucharemos las condiciones.
—Ya las escuchamos.
—No todas.
—¿Cuántas condiciones hacen falta para que vender a una hija parezca un negocio respetable?
Damaris giró hacia ella.
—Baja la voz.
—El cochero ya sabe adónde nos lleva.
—El cochero conduce. Eso no le concede derecho a conocer nuestras intimidades.
—Mi intimidad está dentro de una carpeta de cuero.
Ernesto golpeó una vez el techo con el puño, no para detener el carruaje, sino como si necesitara que algo recibiera la violencia que no podía dirigir contra ellas.
—Basta.
La palabra apagó la conversación. Diane volvió la cara hacia el cristal. Su reflejo viajó con ella: piel pálida, perlas en el cuello, ojos demasiado abiertos. Damaris la había vestido como a una novia y el camino la devolvía convertida en fantasma.
Llegaron a la mansión a las nueve.
Esta vez no los condujeron al comedor. Un mayordomo los llevó hasta la biblioteca, donde el fuego ardía con una abundancia casi ofensiva. Las paredes estaban cubiertas por libros encuadernados en piel; sobre la repisa, un reloj de bronce mostraba a Neptuno sujetando con el tridente a dos caballos marinos. Cada vez que el mecanismo avanzaba, los animales parecían intentar escapar sin conseguir mover las patas.
Don Guillermo aguardaba detrás de un escritorio. A su derecha se encontraba un notario de barba blanca. Beatriz ocupaba un sillón junto a la chimenea. Eduardo permanecía de pie ante la ventana, vestido de negro, con las manos enlazadas a la espalda.
No miró a Diane cuando entró.
—Han sido puntuales —dijo Guillermo.
—Su carruaje conoce el camino —respondió Damaris.
Una sombra de entendimiento cruzó entre ambos. Fue tan breve que Ernesto no pareció advertirla. Diane sí.
Sobre el escritorio había cinco ejemplares del acuerdo, una escribanía de plata y seis copas de champaña. El vino esperaba antes que las firmas.
—Señor Robles —ordenó Guillermo—, puede comenzar.
El notario abrió el primer documento. Su voz era seca, construida para quitar emoción incluso a una sentencia.
—Acuerdo privado de vinculación entre las casas Díaz y Valcárcel. Don Guillermo Valcárcel se obliga a adquirir la deuda exigible de la Compañía Tabacalera Díaz, suspender las acciones de embargo y aportar maquinaria de secado, semillas resistentes y acceso preferente a sus rutas marítimas…
Ernesto inclinó el cuerpo hacia el escritorio. Por primera vez en dos días, la esperanza alteró su rostro.
—¿La deuda completa? —preguntó.
—Completa —contestó Guillermo—. No acostumbro salvar empresas a medias.
El notario continuó.
—Don Ernesto Díaz entregará como garantía el cuarenta por ciento de las participaciones de la compañía hasta el reintegro de la inversión, y concederá a la naviera Valcárcel la exclusividad del transporte durante diez años.
—Diez —repitió Ernesto.
—Las rutas que abro hoy seguirán alimentando su negocio dentro de veinte —dijo Guillermo—. Diez es generosidad.
Diane observó a su padre. Ya no escuchaba como un hombre obligado a sacrificar a su hija. Escuchaba como comerciante. Calculaba cosechas, tonelajes y dividendos. Cada cifra colocaba otra capa de cera sobre el rostro de la muchacha hasta volverla invisible.
—En cuanto a la vinculación familiar —prosiguió el notario—, se anunciará un cortejo formal entre el señor Eduardo Valcárcel y la señorita Diane Díaz. El cortejo tendrá una duración de doce meses. Concluido ese período, se anunciará el compromiso y comenzarán seis meses de preparativos matrimoniales.
Diane levantó la vista.
—Dieciocho meses.
—Tiempo suficiente para que Santa Lucía crea en un afecto bien cultivado —respondió Guillermo.
—¿Y si durante ese tiempo alguno decide que no desea casarse?
El notario buscó una línea con el dedo.
—La ruptura sin causa reconocida obligará a la familia responsable a devolver la inversión, los intereses y las pérdidas derivadas del daño reputacional.
—Una cantidad que no podemos pagar.
—Esa es la naturaleza de una garantía —dijo Guillermo.
Eduardo se apartó de la ventana.
—No es una garantía. Es una cadena con lenguaje de notario.
Guillermo no se volvió hacia él.
—Tu opinión no modifica el documento.
—Entonces ¿por qué exiges mi firma?
—Porque la sociedad todavía aprecia la apariencia del consentimiento.
Beatriz cerró los dedos alrededor de su copa vacía. Diane vio cómo los nudillos se le volvían blancos.
El notario leyó las obligaciones públicas. Eduardo acompañaría a Diane a recepciones, misas y actos comerciales. Ella recibiría instrucción sobre la administración de la casa Valcárcel. Ambos evitarían conductas, amistades o ausencias capaces de alimentar rumores. La palabra reputación aparecía siete veces. La palabra felicidad, ninguna.
—¿Amistades? —preguntó Diane.
—Relaciones impropias para una joven cortejada —aclaró Damaris antes de que respondiera el notario.
Diane la miró.
—¿También ayudaste a redactarlo?
El silencio se tensó.
Damaris sostuvo su mirada con la quietud de una estatua.
—Conozco las reglas que permiten sobrevivir a una mujer.
—Sobrevivir no siempre significa seguir viva.
—Eso lo dices porque nunca has tenido que distinguir una cosa de la otra.
Guillermo golpeó suavemente el documento con un dedo.
—Las discusiones filosóficas pueden esperar. Señor Díaz, el plazo ha terminado.
Ernesto tomó la pluma de plata.
Diane escuchó el roce del metal al desenroscarse. Recordó esa misma pluma firmando permisos para sus clases de pintura, felicitaciones de cumpleaños y una carta en la que su padre prometía llevarla a conocer el mar abierto. Nunca había imaginado que un objeto pudiera traicionar sin cambiar de forma.
—Papá.
Ernesto se detuvo.
Ella esperó que la mirara como en el salón, con dolor y vergüenza. Pero había algo peor en sus ojos: alivio. La posibilidad de salvar la empresa ya había comenzado a absolverlo.
—Perdóname —murmuró.
Firmó.
La tinta recorrió el papel con un sonido semejante al de una tela al rasgarse.
Damaris firmó después. No pidió perdón. Guillermo estampó su nombre con tres movimientos firmes. Beatriz tardó tanto que una gota negra cayó de la pluma y manchó el margen.
El notario giró el documento hacia Eduardo.
—Señor Valcárcel.
Eduardo se acercó. Por fin miró a Diane. En su rostro no había deseo ni curiosidad, solo una rabia fatigada que parecía haber vivido allí durante años.
—Si no firmo, mi padre destruirá la empresa de ustedes de todos modos —dijo.
—No necesito que justifique su cobardía —respondió Diane.
Algo se endureció en la boca de Eduardo.
—Haces bien. Las justificaciones son el perfume de los cobardes.
Firmó.
La pluma llegó a Diane.
El notario señaló la línea vacía. Era corta. Su vida, al parecer, cabía en menos de diez centímetros.
Pensó en la carta avanzando bajo la lluvia. En el pétalo seco. En Iván junto al olivo del lindero. Pensó en los cincuenta y tres hogares iluminados y en la manera en que su padre había pronunciado perdóname después de tomar la decisión, no antes.
Tomó la pluma.
La punta arañó el papel. Al llegar a la última letra, el borde metálico se abrió paso en la yema de su dedo. Diane retiró la mano. Una gota roja creció sobre la piel y cayó exactamente debajo de su apellido.
Nadie se movió.
—Parece que el documento ha recibido su sello —dijo Guillermo.
Diane envolvió el dedo en un pañuelo.
—La sangre no significa consentimiento.
—Para la historia, casi siempre ha bastado.
El mayordomo llenó las copas. El corcho del champaña estalló como un disparo contenido por los libros. Guillermo brindó por la unión de dos familias. Ernesto bebió. Damaris apenas humedeció los labios. Beatriz dejó la copa intacta. Eduardo vació la suya de un trago.
Diane no probó el vino.
Pidió permiso para lavarse la herida y salió antes de recibir respuesta. Cruzó el corredor sin saber adónde iba. Las voces quedaron atrás, amortiguadas por la puerta de la biblioteca. Al final de la galería encontró una salida hacia el jardín y la abrió.
El aire nocturno le golpeó el rostro. La lluvia había dejado las rosas inclinadas, cargadas de agua. Diane bajó los escalones y caminó hasta una fuente apagada. Allí desenvolvió el dedo. La herida era diminuta. Le avergonzó que doliera tanto.
—No deberías estar sola.
Eduardo se encontraba bajo el arco de la galería.
—Según el contrato, ahora debo evitar las conductas impropias —dijo Diane—. Supongo que hablar con mi futuro esposo no cuenta como una de ellas.
—Depende de lo que diga.
Se acercó sin intentar tocarla. Bajo la luz de las ventanas, parecía mayor que en el comedor. No por los años, sino por el cansancio.
—Huya —dijo.
Diane creyó haberlo oí mal.
—¿Qué?
—Antes del anuncio. Antes de que cada puerto conozca su nombre unido al mío. Si tiene un lugar adonde ir, váyase esta noche.
—Su padre tomará la fábrica.
—Mi padre tomará todo cuanto pueda, firme usted o no.
—Entonces ¿por qué aceptó?
Eduardo miró hacia las ventanas de la biblioteca. Detrás del cristal, la silueta de Guillermo parecía ocupar el lugar del fuego.
—Porque hay personas a quienes no puedo abandonar todavía.
—¿Una mujer?
La pregunta escapó antes de que Diane pudiera contenerla. Eduardo volvió la mirada hacia ella. Por primera vez, la rabia de su rostro se quebró y dejó ver algo más profundo: una ausencia.
—Una mujer y una niña —respondió—. Y no volveré a explicar su existencia mientras mi padre pueda usar sus nombres.
Diane recordó la frialdad con que él había hablado del matrimonio. Comprendió que no era desinterés por las mujeres, sino fidelidad a una herida que todavía respiraba.
—¿Qué quiere Don Guillermo de mí?
Eduardo contempló la gota de sangre que volvía a formarse en su dedo.
—No busca una esposa para mí —dijo—. Busca un heredero para su apellido y obediencia para todo lo demás.