Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 14: La Confesión que lo Cambia Todo
Elena llegó temprano a las oficinas de la ahora fusionada empresa. Condujo su Mini Cooper negro con la mente nublada, incapaz de concentrarse en el tráfico. El maldito video no salía de su cabeza. Aparcó y subió directamente a su despacho, pero por más que intentaba revisar planos y correos, las imágenes seguían atormentándola.
—Sarah —llamó a su secretaria—, ¿ya llegó el señor Spencer?
—Sí, señora. Está en su oficina desde hace media hora.
Elena respiró hondo y se dirigió al despacho principal. Entró sin tocar.
Sebastian estaba revisando documentos detrás del escritorio. Levantó la vista con sorpresa.
—Si mi hermano es culpable —dijo Elena sin preámbulos—, haré lo correcto. No voy a encubrir a nadie.
Sebastian se recostó en su sillón y soltó una risa baja, cargada de sarcasmo.
—¿De verdad no crees en ese video, Elena? ¿Aún sigues defendiendo a ese parásito?
Elena lo miró fijamente, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
—A ti te conozco desde hace unos días, Sebastian. A mi hermano lo conozco de toda la vida. ¿Por qué demonios debería confiar en ti antes que en él? Dime, ¿porque eres más rico? ¿Porque tienes poder? ¿Porque decidiste comprarme como si fuera un objeto?
Sebastian se levantó lentamente y rodeó el escritorio. Su presencia era intimidante.
—Porque yo no tengo nada que ganar mintiéndote. Él, en cambio, lo tiene todo que perder.
Elena no respondió. Dio media vuelta y salió de la oficina, dejando un silencio pesado tras de sí.
Esa noche, en la mansión, Sebastian entró en la habitación principal después de una larga jornada. Encontró a Elena sentada en la cama con su portátil sobre las piernas.
—No es hora de trabajar —dijo él, quitándose la chaqueta.
—No estoy trabajando —respondió ella sin levantar la vista—. Estoy tratando de averiguar la verdad.
Había buscado el nombre de una de las chicas que se mencionaba en el video. En la pantalla aparecían fotos de la joven: imágenes recientes y otras más antiguas donde se la veía sonriente, llena de vida. Elena tenía lágrimas en los ojos.
Sebastian se acercó y miró la pantalla.
—Se llama Laura Mendoza. Tenía diecinueve años. Desapareció hace tres meses. Tu hermano sabe dónde está.
Elena cerró el portátil con fuerza y se cubrió el rostro.
—No sé qué creer…
Al día siguiente, por la tarde, Sebastian encontró a Martín solo en el jardín trasero. El joven estaba fumando un cigarrillo, visiblemente nervioso.
Sebastian se acercó con paso decidido.
—Se acabó el teatro, Martín. Dime la verdad. Ahora.
Martín intentó mantener su postura, pero su carácter débil se derrumbó rápidamente bajo la mirada glacial de Sebastian.
—Yo… no tuve más opciones —confesó con voz temblorosa—. Las deudas eran enormes. Un tipo me ofreció dinero fácil por llevar chicas… Al principio solo era transporte, pero después… después se complicó. No podía parar. Necesitaba el dinero para tapar todo.
Sebastian lo miró con puro desprecio.
—Eres patético.
En ese momento, Elena pasaba cerca del jardín con una taza de té en la mano. Escuchó toda la confesión. La taza se le resbaló de los dedos y se estrelló contra el suelo, derramando el líquido caliente.
Martín y Sebastian se volvieron al mismo tiempo.
—Elena… —susurró Martín, pálido.
Las lágrimas corrían por el rostro de Elena sin control. Miró a su hermano como si fuera un desconocido.
—¿Cómo pudiste…? —su voz se quebró—. ¿Cómo pudiste hacer algo tan horrible?
Martín intentó acercarse.
—Hermana, por favor… fue por la familia. Todo fue por salvarnos.
Elena retrocedió, con el corazón destrozado.
—No. No fue por nosotros. Fue por ti. Solo por ti.
Sebastián permaneció en silencio, observando la escena. Por primera vez, vio en los ojos de Elena algo que iba más allá del odio hacia él: una profunda decepción y un dolor inmenso.
Elena no podía contener sus lagrimas, no conocía a su hermano, como era posible que el tuviera un doble vida, todos sus problemas y los de su familia eran gracias a él, pero eso que hizo era más allá. La verdad había salido a la luz, y nada volvería a ser igual. Él hombre que había conocido hace días había sido más sincero que su propia sangre.