Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 9 EL PACTO
La noche después del encuentro fue un sueño líquido, una sucesión de imágenes que Maya no sabía si había vivido realmente o si su mente las había inventado para protegerla de la desesperación.
Dante Carusso no le había dado tiempo para arrepentirse.
—Sube —le había dicho, abriendo la puerta del Maserati con un gesto seco, casi aburrido, como si ofrecer quinientos mil pesos a cambio de una esposa fuera algo que hiciera todos los días.
Maya había subido. No sabía por qué. Quizá porque sus piernas ya no le obedecían. Quizá porque el miedo a quedarse en esa calle vacía era más grande que el miedo a subirse al coche de un mafioso. El interior del Maserati olía a cuero caro y a un perfume masculino, algo amaderado, con notas de tabaco y algo más oscuro, algo que Maya no supo identificar.
Dante condujo en silencio durante todo el trayecto. Sus manos, grandes y llenas de callos, sostenían el volante con una calma felina. La ciudad pasaba por la ventanilla como un borrón de luces y sombras.
Salieron del barrio sur, cruzaron el centro, se adentraron en una zona que Maya conocía bien: el barrio norte, donde estaban las mansiones de la vieja oligarquía. Las casas de los que tenían dinero de verdad, no el dinero ruidoso de los nuevos ricos, sino el dinero silencioso, el que se hereda, el que no se presume.
Pero Dante no se detuvo en ninguna de esas mansiones. Siguió avanzando, hacia las colinas, hacia donde las calles se volvían privadas y los portones eléctricos custodiaban propiedades que ni siquiera aparecían en los mapas.
—¿Dónde vivimos? —preguntó Maya, y el "vivimos" le sonó a traición en la boca.
—Vas a vivir —la corrigió Dante, sin mirarla—. Yo ya vivo allí.
Llegaron a un portón de hierro forjado, tan alto que Maya tuvo que levantar la cabeza para ver el final. Dante apoyó la mano en un lector biométrico, el portón se abrió sin un ruido, y el coche se deslizó por un camino de adoquines flanqueado por cipreses centenarios.
La mansión apareció de repente, como una aparición, como un castillo sacado de una película europea. No era la mansión ostentosa de un narcotraficante, con columnas doradas y fuentes ridículas.
Era otra cosa. Era una construcción antigua, de piedra gris, con ventanales enormes y una torre redonda en uno de los extremos. Parecía tener siglos, aunque Maya supo que no podía ser así. Parecía el hogar de un duque, no de un mafioso salido de las calles.
—Es… impresionante —dijo Maya, y no fue un halago cortés. Fue una constatación.
Dante apagó el motor.
—No me interesa lo que piense de mi casa. Me interesa lo que piense del contrato.
—¿Contrato?
Él ya había abierto la puerta y bajaba del coche sin esperarla. Maya lo siguió, sus bailarinas gastadas hundiéndose en la grava del camino. La noche olía a jazmines, a tierra mojada, a algo que no podía nombrar pero que le recordó los jardines de su infancia.
Dentro, la mansión era aún más imponente. Un recibidor de dos pisos, una escalera de mármol blanco que se bifurcaba en dos ramales, arañas de cristal que colgaban del techo como constelaciones privadas. Pero todo era frío. No había fotos en las paredes. No había flores en los jarrones. No había vida. Era una casa vacía, una cáscara de lujo sin corazón.
Un abogado los esperaba en la biblioteca. Era un hombre mayor, de pelo cano y gafas de carey, vestido con un traje gris impecable. No sonrió cuando Maya entró. Solo asintió, una vez, como si aquello fuera un trámite más en su larga carrera al servicio de Dante Carusso.
—Siéntese, señorita Velini —dijo, señalando una silla de cuero frente a un escritorio de caoba—. Tenemos mucho que revisar.
Maya se sentó. Los papeles estaban ya sobre la mesa, ordenados en una carpeta de piel negra. El abogado los fue desplegando uno por uno, explicando cada cláusula con una voz monótona, casi hipnótica.
Contrato de matrimonio. Acuerdo de confidencialidad. Acuerdo de convivencia. Cláusulas sobre bienes, sobre herencias, sobre lo que pasaría en caso de separación. Maya no entendía la mitad de lo que leía, pero firmó. Firmó cada página sin leer, con la mano temblorosa, con el bolígrafo de plata que el abogado le tendió.
—Mañana a primera hora presentamos la fianza —dijo Dante, que había estado observando desde la ventana, de espaldas a ella—. Cuando su padre salga, iremos directamente al registro civil. La boda grande la haremos después. Ceremonia religiosa, recepción, todo lo que su familia espera. Pero el papel tiene que estar firmado antes de que su tío mueva ficha.
Maya levantó la vista.
—¿Mi madre?
—Su madre vendrá aquí. No creo que dure mucho en ese nido de cucarachas donde la tiene ahora. Tengo un ala entera preparada para ella. Médico privado, enfermera, lo que necesite.
Dante dijo todo eso sin mirarla, sin un ápice de emoción en la voz. Como si fuera un plan de negocios, una transacción más. Y quizá lo era.
Una mujer mayor entró en la biblioteca en ese momento. Debía tener unos sesenta años, el pelo recogido en un moño severo, vestida con un uniforme negro impecable. No llevaba cofia ni delantal, pero se notaba que era el ama de llaves por la manera en que miraba la casa, como si cada rincón le perteneciera.
—Señor Carusso —dijo, con un acento que Maya no supo ubicar—, las habitaciones están listas.
—Gracias, Elsa. Esta es la señorita Velini. Se quedará con nosotros a partir de mañana.
Elsa la miró de arriba abajo. No era una mirada hostil abiertamente, pero había en ella una desconfianza absoluta, una evaluación fría que hizo que Maya se sintiera como una intrusa, como una ladrona que acababa de colarse en un territorio ajeno.
—Bienvenida, señorita —dijo Elsa, y las palabras sonaron a advertencia más que a saludo.
Maya asintió, sin saber qué responder.