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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:746
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Unas semanas después...

La boda de Gabriel y Rosario se acercaba. Aquella noche, la casa de don Eduardo estaba repleta de familiares que habían venido a discutir los detalles de la fiesta programada para la semana siguiente. La sala rebosaba de voces y del chirrido suave del ventilador de techo.

En medio del bullicio, Luciana se había sentado en primera fila con una libreta en la mano. Actuaba como si fuera la presidenta de un gran comité organizador.

—Cada quien tiene que pagar su traje del conjunto —anunció Luciana en voz alta.

Varios familiares se miraron entre sí de inmediato.

—La camisa para los hombres, treinta y cinco dólares. El vestido para las mujeres, sesenta dólares. La ropa de los niños, veinticinco.

Valentina, sentada junto a Andrés, esbozó una mueca amarga. El pecho se le empezó a tensar. Gente que apenas llegaba a fin de mes, pero siempre queriendo aparentar lujo.

—Mejor que no haya traje uniforme —comentó Valentina con calma.

Todas las cabezas giraron hacia ella.

Valentina recorrió los rostros de los presentes con la mirada. Después continuó, con una sonrisa delgada:

—Ese dinero estaría mejor como regalo para los novios. No toda la familia anda sobrada de efectivo.

La cara de Luciana cambió al instante. Lo mismo la de doña Carmen. Madre e hija se sintieron aludidas. Ambas le lanzaron una mirada cargada de rencor a la esposa de Andrés.

Y sí, Valentina lo estaba diciendo con toda la intención. Porque la mayoría de los parientes vivían al día. Algunos habían llegado en motos viejas con el tanque a medias. Pero a Luciana le importaba más la foto grupal con trajes combinados que la billetera de los demás.

Varios familiares empezaron a asentir, dándole la razón a Valentina. Para ellos, esas cantidades eran una fortuna. Todavía faltaba el regalo o el sobre para los novios.

—Tiene razón, mejor que ese dinero sea para los novios.

—Sesenta dólares por un vestido que te pones un solo día. Yo paso, la verdad.

—Con lo cara que está la vida, hay que priorizar lo básico.

La mayoría no estaba dispuesta a soltar dinero en un momento en que todo subía de precio sin parar.

Luciana se puso furiosa de inmediato.

—¡No se puede! —espetó, cortante—. Ya hice el pedido con una amiga mía.

Valentina arqueó una ceja.

—¿Pedido?

—Sí. La tela llega mañana.

Valentina soltó un suspiro largo.

—¿Por qué encargaste sin consultarle a nadie? ¿Acaso sabes las tallas de todos? —Su tono empezó a afilarse.

Luciana se quedó muda un instante. Varios parientes comenzaron a cuchichear entre sí. Porque era verdad: no todos iban a quedarle la ropa a la medida. Y lo peor era que ni siquiera les habían preguntado si estaban de acuerdo.

—Además, en todos lados es la familia del novio la que regala los trajes. No les cobra —agregó Valentina.

Lo que en realidad pretendía Luciana era sacar ganancia. Tenía un arreglo con una amiga que vendía ropa: compraba a precio de mayoreo y cobraba el doble.

Andrés iba a abrir la boca, pero Valentina le hizo una seña para que no interviniera. Él también lamentaba que su hermana hubiera actuado sin consultar a nadie.

Mientras tanto, Gabriel, el novio en cuestión, permanecía callado. No quería complicarse con nada que no fuera su propia boda.

—Andrés, algunos parientes de fuera de la ciudad se van a quedar en tu casa. Así que atiéndelos bien. Que no vayan a pasar vergüenza —ordenó doña Carmen.

Valentina y Andrés se sobresaltaron. Nadie les había avisado. Normalmente, cuando venían parientes de lejos, se hospedaban en la antigua casa de don Eduardo, la que ahora ocupaban Luciana y Sofía. Era una casa amplia, con varios cuartos vacíos.

La casa de Andrés, en cambio, era mediana: tres recámaras, todas ocupadas. Lo que sí tenían era un patio grande, porque cuando buscaron casa, Valentina y Andrés priorizaron el espacio exterior aunque la vivienda fuera modesta.

—¿Y por qué no se quedan en la casa de Luciana, señora? Allá hay cuatro cuartos vacíos. La sala y el comedor también son amplios —preguntó Valentina. Sabía que su esposo no iba a ser capaz de negarse.

—Porque Andrés es el hijo mayor —respondió doña Carmen.

Valentina se quedó atónita. No encontraba ninguna conexión lógica entre ser el hermano mayor y tener que alojar a todos los parientes.

En el fondo, doña Carmen sabía que Luciana no era de fiar para atender invitados. Aparte de que no tenía dinero, su comida tampoco le gustaba a nadie.

—Bueno, no hay problema en que se queden en nuestra casa. Eso sí, los vamos a poner afuera, con una carpa. Y usted se encarga de la comida para ellos, señora —dijo Valentina. Sabía que estaba siendo descortés, pero también conocía las mañas de su suegra.

—¡Eres una insolente, Valentina! —estalló doña Carmen, señalándola con el dedo. Todos en la sala se sobresaltaron.

—Señora, esto se tendría que haber planeado con tiempo. ¿Usted cree que Andrés tiene dinero después de que casi todo su sueldo se va para sus padres y sus hermanos? Yo me la paso rompiéndome la cabeza para que la casa no se quede sin nada —replicó Valentina—. Si me hubieran avisado antes, los cuatrocientos dólares que me recortaron del presupuesto mensual habrían servido para atender a los invitados.

Los presentes sacudieron la cabeza. Conocían perfectamente el modo de ser de doña Carmen y sentían lástima por Andrés, obligado a cargar con toda la familia a cuestas.

A las diez de la noche, Valentina y Andrés volvieron caminando a su casa, que estaba en otro fraccionamiento, no lejos de la de don Eduardo. Valentina cargaba a Mateo; Andrés llevaba a Santiago en brazos. Los dos iban en silencio.

—Tengo la impresión de que cuando nos casamos nosotros, tu familia no armó tanto alboroto —comentó Valentina. Porque, si mal no recordaba, su propia boda había sido un evento sumamente sencillo.

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