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FUERA CUCARACHO LA HEREDERA GORDITA YA NO TE QUIERE

FUERA CUCARACHO LA HEREDERA GORDITA YA NO TE QUIERE

Status: Terminada
Genre:Grandes Curvas / Traiciones y engaños / Reencarnación / Completas
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.

Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.

¿Y cómo me lo agradeció?

Me asesinó.

Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.

Pero desperté diez años antes.

Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.

Esta vez, no.

No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.

Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.

Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:

La heredera gordita ya no lo quiere.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA CENA DE LOS BUITRES

El olor a crema de trufas y vino tinto siempre me recordó a la muerte.

O al menos, a la mía.

—Tómate la sopa mientras está caliente, mi amor. Te va a hacer bien para la digestión —dijo la voz de Julián. Sonaba tan tibia, tan llena de una falsa preocupación que durante diez años me sirvió de refugio.

Estábamos en el comedor principal de la mansión. La misma mansión que mi padre construyó con décadas de trabajo y que yo, ciega de amor, puse a nombre de mi esposo poco después de casarnos.

Frente a mí, sentada con un vestido de seda que yo misma le había comprado la semana anterior, estaba Lucía. Mi "mejor amiga". La chica dulce y frágil a la que acepté en mi casa porque "no tenía a nadie en el mundo".

—Sofía, de verdad deberías cuidar un poco más lo que comes, pero hoy es una ocasión especial —dijo Lucía, esbozando una sonrisa tímida mientras jugaba con la copa de cristal—. Julián se esforzó mucho preparando todo para firmar los últimos documentos del fideicomiso.

—Es por tu bien, Sofía —intervino Julián, rodeando la mesa para pararse detrás de mi silla. Sintió sus manos posarse sobre mis hombros. Un gesto que antes me hacía sentir protegida, pero que ahora se sentía como el peso de una lápida—. Estás demasiado estresada con el manejo del dinero. Es demasiado trabajo para ti. Déjame a mí la administración pesada. Así podrás descansar, ir al spa... preocuparte por tu salud.

Sonreí, torpe e insegura, como siempre lo hacía cuando él mencionaba indirectamente mi peso o mi incapacidad para "encajar" en su mundo.

Agarré la pluma de fuente y estampé mi firma al final de la última página. El documento que le cedía el control total de las acciones de la Corporación a Julián.

—Listo —murmuré, tomando la cuchara para probar la sopa.

En cuanto el líquido tibio tocó mi garganta, un ardor metálico y rasposo me perforó el estómago.

Clang.

La cuchara de plata cayó sobre el plato, salpicando el mantel blanco.

—Julián... —tragué aire, pero mis pulmones se negaron a abrirse. Sentí que mil agujas de afeitar me quemaban por dentro—. Julián, la... la sopa... me siento mal...

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas colapsaron. Caí de rodillas contra el piso de mármol, jadeando, buscando la mirada de mi esposo. Esperaba ver pánico en sus ojos. Esperaba que gritara pidiendo una ambulancia.

Pero Julián no se movió.

Solo se agachó con calma, recogió el documento firmado de la mesa y lo sopló suavemente para secar la tinta fresca.

—Está bien seca —le dijo a Lucía, ignorándome por completo.

—Te dije que no debíamos ponerle tanto —susurró Lucía, aunque en su rostro no había ni una sola lágrima. Solo una curiosidad morbosa mientras me miraba retorcerme en el suelo—. Va a parecer sospechoso.

—¿Sospechoso? —Julián dejó escapar una risita fría mientras se arrodillaba a mi lado. Me tomó de la barbilla con brusquedad, obligándome a mirarlo. Sus ojos, que alguna vez juraron amarme, estaban desprovistos de cualquier rastro de humanidad—. Es una mujer con sobrepeso, hipertensión y un corazón débil que acaba de sufrir un paro cardíaco masivo por estrés. Los médicos no van a buscar más allá.

—Ju... Julián... por qué... —logré articular, expulsando un hilo de sangre por la comisura de los labios.

—¿Por qué? —Julián soltó mi rostro con asco y se limpió los dedos con una servilleta de tela—. Porque me cansé, Sofía. Me cansé de fingir que me gustaba abrazar a una masa sin forma solo para tener acceso a la tarjeta de tu padre. Me cansé de tener que esconder a Lucía como si fuera una apestada cuando ella es la mujer que realmente amo.

Lucía se acercó y abrazó a Julián por la cintura, apoyando la cabeza en su hombro mientras me observaba agonizar.

—Fuiste muy generosa, Sofía —dijo Lucía con una voz dulzona que me dio náuseas—. Gracias por la casa. Y por las acciones. Nos aseguraremos de gastar tu dinero en cosas hermosas.

—Gracias por todo, Sofía. Descansa en paz —fueron las últimas palabras de Julián.

El dolor en mi pecho se volvió insoportable. Mi vista se llenó de manchas negras. El frío de la muerte me envolvió por completo mientras escuchaba sus risas ahogadas en el comedor de mi propia casa.

Morí ahogada en mi propia sangre, con el corazón roto y la amarga certeza de que le había entregado mi vida a un par de buitres.

¡Gasp!

Me incorporé de golpe, dando un boqueada de aire tan profunda que me dolió la garganta.

El sudor frío me empapaba la espalda. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas, rápido, violento... vivo.

Miré a mi alrededor desorientada. No había olor a crema de trufas ni mantel manchado de sangre.

Estaba sentada en un pupitre de madera con rayones de bolígrafo. A mi alrededor, el murmullo constante de docenas de adolescentes vestidos con el uniforme azul marino del Instituto San Jorge llenaba el aire. La luz de la tarde entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo en el ambiente.

Me miré las manos. Eran rellenas, con los nudillos marcados y algunos dedos manchados de tinta.

¿Qué... qué es esto?

—Oye, Sofía, ¿me estás escuchando? —dijo una voz a mi izquierda.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Esa voz. Esa maldita voz.

Giré la cabeza lentamente. Ahí estaba él.

Julián.

Pero no el Julián de treinta años con traje a medida que me había visto morir. Era el Julián de diecisiete años, con el uniforme escolar impecable, el cabello peinado con esmero y esa sonrisa de suficiencia que antes me parecía encantadora.

—Te estoy hablando, Sofía —repitió, cruzándose de brazos con fingida frustración—. Te dije que el profesor de idiomas ya abrió las inscripciones para la beca de intercambio en Inglaterra. Solo hay dos cupos para nuestro grado.

Mi boca estaba seca. Mi mente procesaba la escena a toda velocidad.

El intercambio de idiomas. Tercer año de preparatoria. Tenía diecisiete años.

Había regresado. Diez años al pasado.

—Y como te decía —continuó Julián, inclinándose sobre mi escritorio, bajando la voz con ese tono confidencial y manipulador que conocía de memoria—, tú sabes que Lucía no tiene los recursos para pagar un viaje así. Tu familia tiene dinero de sobra, Sofía. Tú puedes ir a Inglaterra cuando quieras en vacaciones. Sería muy egoísta de tu parte ocupar ese cupo cuando Lucía realmente lo necesita para su currículum. Si de verdad me quieres, deberías cederle tu lugar. Es lo justo.

"Es lo justo". La misma frase. El mismo chantaje.

En mi vida pasada, bajé la cabeza, me sentí culpable por tener dinero, le pedí perdón por ser "egoísta" y le entregué mi cupo a Lucía. Ese fue el primer paso de una larga cadena de renuncias que terminó con mi firma en un testamento y veneno en mi sopa.

Miré la cara de Julián. Los rasgos finos, la mirada calculadora disfrazada de falsa moralidad, los labios que habían besado a Lucía sobre mi cadáver.

En mi vida anterior pensé que había perdido al amor de mi vida.

Qué equivocada estaba.

Solo había perdido mi tiempo con un cucaracho.

Una risita seca, helada y sin un gramo de humor se me escapó del pecho.

—¿De qué te ríes? —preguntó Julián, frunciendo el ceño, claramente molesto por no obtener la respuesta dócil y avergonzada de siempre.

Lo miré fijamente a los ojos. Por primera vez en mi vida, no sentí miedo de decepcionarlo. No sentí inseguridad por mi cuerpo. No sentí la necesidad de comprar su afecto con favores.

Solo sentí un hambre voraz. Un hambre helada de justicia.

—Me río de tu descaro, Julián —dije con una voz alta, clara y firme que resonó en todo el salón de clases.

El murmullo de nuestros compañeros se apagó de golpe. Varios estudiantes giraron la cabeza para mirarnos.

—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó Julián, parpadeando descolocado.

—Dije que tienes un descaro increíble —repetí, apoyando las manos sobre el escritorio y poniéndome de pie con parsimonia—. ¿Quieres que le ceda mi beca a Lucía porque mi familia tiene dinero? ¿Desde cuándo la excelencia académica se regala por caridad personal, cucaracho?

Un murmullo de asombro recorrió el salón.

Julián se puso rojo como un tomate, mirando frenéticamente a su alrededor al verse expuesto.

—¡Sofía! ¿Qué te pasa? ¡No me llames así! ¡Solo te estoy pidiendo que seas solidaria! —siseó entre dientes, intentando agarrarme del brazo para bajarme los humos.

Antes de que sus dedos rozaran mi piel, le propiné un manotazo seco a su mano.

¡ZAP!

El golpe sonó fuerte en el aula en silencio.

—No me toques —le dije, mirándolo desde arriba con un desprecio tan puro que dio un paso atrás de forma instintiva—. Si Lucía quiere el cupo de intercambio, que estudie y saque mejores calificaciones que yo. Y si tú quieres jugar al salvador de los pobres, págaselo de tu bolsillo. Ah, cierto... se me olvidaba que tú tampoco tienes un solo centavo.

—¡Sofía! —exclamó una voz chillona desde la puerta.

Lucía venía entrando con sus libros pegados al pecho, los ojos bien abiertos por la sorpresa y los labios temblando con una fragilidad ensayada.

—Sofía... ¿por qué le hablas así a Julián? Él solo intentaba ayudarme... no tienes que ser tan cruel solo porque eres rica...

Las miradas de la clase se dividieron entre la "pobre y dulce" Lucía y la "heredera rica y gorda". En el pasado, esa presión social me habría destruido.

Hoy, solo me dio risa.

—Lucía, qué bueno que llegas —dije con una sonrisa helada—. Por cierto, la pulsera de plata que traes puesta es mía. Me la pediste prestada la semana pasada y "olvidaste" devolverla. Te doy hasta la salida para que me la entregues, junto con todos los apuntes que te pasé. Se acabó el banco de caridad, chicos.

Caminé hacia la puerta del salón con paso firme. Al pasar al lado de Julián, me detuve un segundo y le susurré al oído, lo suficientemente bajo para que solo él lo escuchara:

—El compromiso de nuestros padres se acabó hoy, Julián. Búscate a otra estúpida a quien exprimir, porque de mí no vuelves a sacar ni un solo centavo.

Salí al pasillo dejando a Julián petrificado en medio del salón y a Lucía con la cara desencajada.

Caminé hacia el baño, me paré frente al espejo y me miré. La chica del reflejo tenía las mejillas redondas, los ojos hinchados de llorar por inseguridades absurdas y una bata escolar que le quedaba ajustada.

Me pasé las manos por el rostro, sintiendo la calidez de mi piel.

—Estás viva, Sofía —murmuré para mí misma—. Esta vez, la historia la escribo yo. Y a ese cucaracho lo voy a aplastar paso a paso.

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Natu Iriart
es una gran historia, excelente desarrollo y redacción. No me gusta q se refiera a sí misma en 3ra persona pero esos son mis gustos, la verdad no afecta la historia. Mucha suerte 💯
EspirituCreativo: Gracias lectora...
total 1 replies
Enn Gómez
Un título poco peculiar 🤣 Me encantó.
EspirituCreativo: Jeje gracias lectora
total 1 replies
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