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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

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*La Maldición de las Rosas Doradas**Capítulo 1

La rosa bajo la luna

La noche en que nació Seraphina, la luna permaneció completamente llena hasta el amanecer.

Sobre el pequeño reino de Valdoria, el cielo parecía cubierto por una sábana de plata. No había nubes, ni viento, ni siquiera el canto de los grillos se atrevía a romper el silencio que rodeaba la antigua casa de piedra donde la niña llegó al mundo.

Su madre la sostuvo entre los brazos, agotada y temblorosa. La observó como si no pudiera creer que aquella criatura diminuta fuera realmente suya. La niña tenía la piel blanca, las mejillas sonrosadas y una pequeña cantidad de cabello dorado pegada a la frente.

—Es hermosa —susurró su madre.

Afuera, en el jardín, algo extraño ocurrió.

Entre los rosales marchitos que rodeaban la casa, una sola flor comenzó a abrirse. Sus pétalos eran dorados, brillantes como el metal bajo la luz de la luna. Ninguna persona la vio florecer, pero su resplandor se extendió por el jardín y se filtró a través de las ventanas.

La madre de Seraphina levantó la mirada.

—¿Qué fue eso?

Su esposo, que permanecía de pie junto a la puerta, palideció.

Él sí sabía lo que significaba aquella rosa.

Desde hacía generaciones, su familia había guardado un secreto que jamás debía pronunciarse en voz alta. Un antiguo pacto los unía a la familia imperial de Devereaux, los soberanos del imperio más poderoso del continente.

El pacto había sido firmado mucho antes de que él naciera. Era una promesa sellada con sangre, tierras y silencio.

Cuando la niña alcanzara la mayoría de edad, tendría que viajar al palacio imperial y casarse con el emperador.

Su padre había intentado olvidar aquella obligación. Durante dieciocho años había tratado de vivir como si el pacto no existiera. Había criado a su hija lejos de la corte, lejos de las intrigas y lejos de las historias sobre el emperador Aurelius Devereaux.

Pero la rosa dorada había florecido.

Eso significaba que el pacto había despertado.

—No puede ser —murmuró él.

Su esposa lo miró con preocupación.

—¿Qué sucede?

El hombre se acercó a la ventana. Más allá del cristal, la flor dorada brillaba en medio de la oscuridad.

—Han venido por ella.

—¿Quiénes?

Él no respondió.

En ese instante, un trueno retumbó en la distancia, aunque el cielo seguía despejado. Seraphina comenzó a llorar entre los brazos de su madre. Su llanto era fuerte, decidido, como si desde su primer aliento se negara a aceptar el destino que alguien más había escrito para ella.

Dieciocho años después, Seraphina corría por el bosque con el vestido recogido entre las manos.

El sendero estaba cubierto de hojas húmedas y raíces, pero ella no disminuyó el paso. Su cabello dorado se había soltado de la cinta que lo mantenía recogido y varios mechones le caían alrededor del rostro. El vestido verde que llevaba, aunque sencillo y apropiado para su posición, estaba manchado de barro en el borde.

Detrás de ella se escuchaban los gritos de su padre.

—¡Seraphina! ¡Regresa inmediatamente!

Ella sonrió mientras saltaba sobre un tronco caído.

—¡Si quería que regresara, no debió mandar a buscarme con seis hombres!

—¡No estaban ahí para perseguirte!

—¡Entonces deberían aprender a caminar más despacio!

Seraphina continuó corriendo hasta llegar a una pequeña colina desde donde podía verse el valle. Abajo se extendían los campos de trigo, las casas de piedra y las torres de la aldea. A lo lejos, más allá de las montañas, se alzaban las murallas negras del imperio.

El palacio de Aurelius Devereaux podía verse incluso desde esa distancia.

Era enorme. Sus torres se elevaban por encima de los bosques como lanzas oscuras clavadas en el cielo. Sus techos estaban cubiertos de oro y sus ventanas reflejaban la luz del sol. Nadie en Valdoria se acercaba a aquel lugar si no era llamado por la corona.

Seraphina lo había observado muchas veces desde lejos, pero jamás había sentido curiosidad por conocerlo.

Para ella, el palacio era una prisión adornada con oro.

Su padre llegó a la colina unos minutos después. Estaba pálido, agitado y con una expresión tan seria que Seraphina dejó de sonreír.

—¿Qué ocurre?

Él llevaba un sobre en la mano. El sello de cera negra mostraba una rosa dorada atravesada por una espada.

Seraphina reconoció el emblema imperial.

—¿Es del emperador?

Su padre asintió.

—Debes regresar a casa.

—¿Por qué?

—Porque tenemos que hablar.

Ella cruzó los brazos.

—Eso nunca significa nada bueno.

El hombre bajó la mirada. Durante unos segundos pareció buscar la manera correcta de hablarle, pero ninguna palabra parecía suficiente.

—El emperador Aurelius Devereaux ha enviado una orden.

—¿Una orden para quién?

—Para ti.

Seraphina sintió que el aire se volvía más frío.

—¿Qué quiere de mí?

Su padre apretó el sobre entre los dedos.

—Quiere que viajes al palacio imperial.

—¿Para qué?

El silencio que siguió fue tan largo que Seraphina escuchó el sonido de las hojas moviéndose bajo sus pies.

Finalmente, su padre pronunció las palabras que cambiarían su vida.

—Vas a casarte con él.

Seraphina lo miró fijamente.

Por un momento creyó que había escuchado mal.

—¿Con quién?

—Con el emperador.

Una risa breve escapó de sus labios, pero murió al ver que su padre no estaba bromeando.

—No.

—Seraphina…

—He dicho que no.

—No tenemos elección.

—Siempre hay una elección.

—No en este caso.

Ella retrocedió un paso. Sus ojos azules se llenaron de incredulidad y furia.

—¿Pretendes decirme que un hombre al que jamás he visto puede decidir con quién voy a casarme?

—No es una decisión del emperador. Es un pacto antiguo.

—Entonces rompe el pacto.

Su padre cerró los ojos.

—Si lo rompo, perderemos nuestras tierras. La aldea quedará bajo el control imperial y todos los habitantes serán expulsados.

Seraphina miró hacia el valle. Pensó en las familias que conocía desde niña, en los ancianos que dependían de aquellas tierras y en los niños que jugaban junto al río.

—¿Y por qué yo? —preguntó en voz baja.

Su padre no respondió de inmediato.

En el jardín de su casa, muy lejos de allí, una rosa dorada acababa de florecer.

—Porque así fue escrito hace muchos años —dijo al fin.

Seraphina volvió a mirar el palacio oscuro en la distancia. No sabía nada de Aurelius Devereaux, salvo los rumores que circulaban por el reino.

Decían que era un hombre cruel.

Decían que no tenía corazón.

Decían que una maldición lo había convertido en un monstruo y que nadie podía permanecer cerca de él sin terminar destruido.

Seraphina apretó los puños.

—No voy a casarme con un monstruo.

Seraphina

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