Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 16
La luz se terminó más rápido de lo que esperaban.
No hubo atardecer claro. Solo una penumbra que se fue volviendo negra entre los árboles hasta que casi no se veían las manos. Leo detuvo el grupo junto a un grupo de rocas bajas cuando ya apenas distinguían el camino.
—No podemos seguir a ciegas —dijo. La voz le salía ronca de tanto hablar bajo—. Hay un arroyo más adelante. Lo escuché hace un rato. Si lo cruzamos de noche quizá ganemos distancia. Ellos no van a esperar que nos movamos con esta oscuridad.
Tomi miró hacia la negrura.
—¿Y si nos esperan justo ahí?
—Entonces nos esperan igual si nos quedamos quietos —contestó Leo—. Prefiero intentarlo.
Camila no dijo nada. Tenía las piernas pesadas y la cabeza llena del olor dulce mezclado con el recuerdo de su madre. Asintió una sola vez. Bastaba.
Siguieron bajando despacio.
El terreno se inclinaba hacia un sonido de agua que se hacía más claro a cada paso. No era un río grande. Era un arroyo, pero en la oscuridad sonaba más fuerte, como si llevara más caudal del que realmente tenía. El aire cambió. Se volvió más húmedo. El olor dulce se mezcló con el de musgo y barro.
Llegaron a la orilla casi sin verla.
Leo encendió la linterna un segundo, muy bajo, solo para calcular. El haz mostró un cauce de unos seis o siete metros de ancho. El agua corría oscura sobre piedras redondas. No parecía profunda, pero la corriente se veía rápida. La orilla de enfrente era una pared de árboles negros.
Apagó la linterna de inmediato.
—Yo primero. Después Camila. Tomi al final. No se separen ni un metro. Si alguien resbala, avisa en voz baja. Nada de gritos.
Se quitaron los zapatos y los calcetines y los guardaron en las mochilas. El barro frío les subió por los pies en cuanto tocaron el agua. Camila apretó los dientes. El frío le subió por las piernas como un calambre.
Leo entró.
El agua le llegó a las rodillas. Después un poco más arriba. Se movía despacio, tanteando el fondo con los pies descalzos. Las piedras estaban resbaladizas y cubiertas de algo verde y viscoso. En un momento casi pierde el equilibrio, pero se recuperó sin hacer ruido.
Camila lo siguió.
El agua le pareció más fría de lo que esperaba. Le llegó a media muslo. La corriente tiraba hacia la derecha con fuerza. Cada paso era una lucha pequeña por no dejarse llevar. El fondo cambiaba sin aviso: a veces piedra firme, a veces barro que se hundía. En un punto puso el pie y sintió algo blando que no era barro. Lo retiró de inmediato. No quiso pensar qué era.
Tomi entró el último. Se le escapó un quejido bajo cuando el agua le tocó la piel.
Estaban a mitad del cauce cuando el olor cambió.
Ya no era solo el dulce podrido de siempre. Ahora tenía un fondo a pescado muerto y a algo más antiguo, como agua estancada que lleva años sin moverse. Camila levantó la vista hacia la orilla de enfrente. No veía nada. Solo oscuridad.
Después escuchó el chapoteo.
No venía de ellos.
Venía de río arriba, a la izquierda. Un sonido lento, pesado, como si algo grande se estuviera metiendo en el agua sin prisa.
Leo se detuvo.
Camila chocó suavemente con su espalda. Tomi casi se cae encima de ella.
Nadie habló.
El chapoteo se repitió. Más cerca. Después otro, como si hubiera más de uno. El agua a su alrededor se movió de forma distinta. Ya no era solo la corriente. Había algo que la desplazaba.
Camila sintió un frío que no venía del arroyo.
Leo empezó a avanzar otra vez, más rápido. Ya no tanteaba. Caminaba con pasos largos, buscando la orilla contraria a ciegas. El agua le llegaba casi a la cintura en el punto más hondo. Camila lo seguía pegada. Sentía la corriente tirando de ella y, debajo, la sensación de que el fondo no estaba vacío.
Algo rozó su tobillo.
Fue frío y firme. No era una piedra. Se retiró sola, pero el contacto quedó grabado en la piel. Camila apretó los dientes para no gritar. Siguió adelante.
Llegaron a la orilla contraria casi al mismo tiempo.
Leo salió primero y se giró para ayudar a Camila. La subió del agua con un tirón. Tomi salió el último, tropezando, y se dejó caer de rodillas en el barro, tosiendo en silencio.
Se quedaron quietos unos segundos, empapados, temblando, escuchando.
El chapoteo había cesado.
El arroyo seguía corriendo como si nada hubiera pasado. Pero el olor seguía ahí, más fuerte en esta orilla.
Leo encendió la linterna un instante, solo un segundo.
El haz barrió la orilla.
Había huellas.
Grandes. Irregulares. Algunas salían del agua. Otras se metían entre los árboles. Frescas. El agua todavía brillaba dentro de ellas.
Apagó la linterna de inmediato.
—Nos están esperando en los dos lados —susurró—. Cruzar no nos sacó de nada. Solo nos puso en otro lado de la misma trampa.
Camila se puso los zapatos con las manos temblorosas. El agua le corría por la espalda dentro de la ropa. El frío ya no era solo del arroyo. Era del miedo que se le había metido en los huesos.
Tomi habló con la voz rota:
—¿Y ahora?
Leo miró hacia la oscuridad del bosque que tenían delante.
—Ahora caminamos. Sin parar. Hasta que el cuerpo no dé más. Y no volvemos a acercarnos al agua. Nunca.
Empezaron a internarse entre los árboles otra vez.
Ropa empapada. Pies fríos. El olor dulce pegado a la piel. Detrás de ellos el arroyo seguía sonando, inocente. Pero los tres sabían que algo se había quedado en el agua, o en la orilla, mirándolos alejarse.
Y que no había terminado.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo