Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 20. Bésame
Comenzó a llover antes de que saliera de la ciudad.
No pude evitar pensar en la primera vez que conduje hasta la hacienda de James. Aquella noche había seguido un GPS que terminó fallando, tomé el camino equivocado y acabé con el auto atrapado en el lodo, asustada y sin saber exactamente dónde estaba.
Esta vez no encendí el GPS.
Conocía el camino.
Reconocí la desviación, el puente y la curva que meses atrás había pasado de largo. La lluvia aumentó conforme avanzaba, pero no sentí miedo. Ni siquiera cuando dejé atrás las últimas luces de la ciudad.
Sabía a dónde iba.
Lo que no sabía era qué iba a hacer cuando llegara.
Durante los noventa kilómetros pensé en dar la vuelta más veces de las que estaba dispuesta a admitir. Pensé en Maxton, en el anillo que seguía en mi mano y en todas las razones por las que aquello era una pésima idea.
Después recordaba a James despidiéndose.
Su mano en mi cintura.
Sus labios sobre mi frente.
Adiós, Lizzie.
Y continuaba conduciendo.
Cuando llegué a la hacienda, salí del auto antes de poder arrepentirme. La lluvia me empapó durante los pocos metros hasta la entrada.
James abrió la puerta.
Su sorpresa fue inmediata.
—Lizzie.
Por un instante ninguno dijo nada.
Estaba sin saco ni corbata, con las mangas dobladas y el cabello ligeramente desordenado. Detrás de él vi una maleta abierta.
Realmente se iba.
James miró hacia la lluvia y después volvió a mí. La preocupación apareció antes que cualquier otra cosa.
—¿Pasó algo?
Negué con la cabeza.
—No podía dejar que te fueras así.
Eso fue suficiente para que entendiera.
Se apartó y me dejó entrar.
La casa estaba cálida y silenciosa. James cerró la puerta y el sonido de la tormenta quedó al otro lado de los ventanales.
Yo seguía sin saber qué decir.
Había recorrido noventa kilómetros para llegar hasta él y, ahora que lo tenía enfrente, todas las palabras parecían innecesarias.
James tampoco se acercó.
Tres meses.
Tres meses sin un beso, sin una caricia, sin permitir que ninguno de aquellos momentos en los que nos quedábamos demasiado cerca terminara en algo más.
Y todavía esperaba que fuera él quien rompiera la distancia.
No iba a hacerlo.
Su mirada descendió hacia mi mano.
El anillo.
Seguí sus ojos.
Quitármelo no iba a convertirme en una mujer soltera. Seguía comprometida con Maxton. Seguía debiéndole una conversación que ya no podía continuar aplazando.
Pero tampoco podía seguir llevando aquel anillo como si todavía estuviera segura de la promesa que representaba.
Lo giré lentamente.
James se quedó inmóvil.
Me lo quité y caminé hasta la mesa.
Lo dejé allí.
El pequeño sonido del metal contra la madera pareció llenar toda la habitación.
Cuando volví hacia James, sus ojos seguían sobre el anillo.
—Lizzie...
No lo dejé continuar.
Sabía lo que iba a decir.
Yo también sabía que aquello no resolvía nada.
Me acerqué.
James levantó la mirada cuando me detuve frente a él.
Apoyé una mano sobre su pecho. Sentí su corazón golpeando bajo mi palma y aquello terminó con el poco valor que me faltaba.
—Bésame.
Su respiración cambió.
James no se movió.
Su mano llegó a mi cintura, aunque no me acercó.
Lo miré.
Cinco años atrás había estado frente a él de una manera muy parecida. Habíamos bebido, sí, pero los dos sabíamos que aquello nunca había sido la razón.
Yo había querido besarlo.
Había querido quedarme.
Y había pasado cinco años fingiendo lo contrario.
Mis dedos se cerraron suavemente sobre su camisa.
—Como aquella noche.
James me miró durante un largo segundo.
Entonces dejó de contenerse.
Su mano se cerró en mi cintura y me atrajo hacia él.
El beso llegó con tanta fuerza que apenas tuve tiempo de respirar antes de rodear su cuello con los brazos.
Tres meses desaparecieron en un instante.
Tres meses de apartarnos a tiempo, de miradas interrumpidas, de manos que nunca terminaban de tocarse.
James me besó como si también hubiera contado cada uno de aquellos días.
Me aferré a él.
Su mano recorrió mi espalda y volvió a mi cintura, acercándome todavía más. La otra llegó a mi rostro, apartando mi cabello mojado antes de perderse en él.
No había nada cuidadoso en aquel beso.
Pero tampoco había prisa.
Había deseo.
Había rabia por todo el tiempo perdido.
Y había algo mucho más peligroso que ninguna de esas cosas.
Cariño.
Cuando nos separamos, apenas conseguí recuperar el aire.
James apoyó la frente contra la mía.
Sus dedos seguían en mi cintura.
Yo todavía tenía los brazos alrededor de su cuello.
Ninguno se apartó.
Entonces lo besé otra vez.
Esta vez más despacio.
James respondió de inmediato y sentí algo parecido a una sonrisa contra mis labios.
Aquello terminó de desarmarme.
Cinco años atrás había huido después de despertar entre sus brazos.
Aquella noche no quería ir a ninguna parte.
Cuando el beso terminó, apoyé el rostro contra su pecho. James me rodeó con los brazos y permanecimos así, escuchando la lluvia.
Sobre la mesa, a pocos metros de nosotros, estaba mi anillo.
No había dejado de estar comprometida por quitármelo.
No había solucionado nada.
Mañana tendría que pensar en Maxton, en lo que acababa de hacer y en todas las decisiones que llevaba demasiado tiempo evitando.
Pero no esa noche.
Esa noche solo levanté el rostro.
James me miró.
Y esta vez no tuve que pedirle que me besara.