Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.
"Me da asco con solo mirarla."
Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.
Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.
Y hay alguien que lo nota.
César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."
Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.
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Capítulo 6
La alarma en la cabina de mando sonó con un pitido agudo.
¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!
Las luces de advertencia parpadeaban en rojo en varios paneles; el avión del simulador se sacudía con violencia. La pantalla frente a ellos mostraba un cielo nocturno cubierto de nubes densas y relámpagos. La lluvia torrencial golpeaba el cristal virtual de la cabina.
—Altitud treinta mil pies, sistema de navegación principal fuera de servicio. El sistema de respaldo es inestable, ¡están entrando en una tormenta! —dijo el instructor a través del intercomunicador.
Un cadete que observaba desde la sala de control susurró en voz baja.
—Este es un nivel de examen avanzado.
—Ni siquiera los cadetes con experiencia lo superan siempre.
Dentro de la cabina, Catalina ya sujetaba los controles con firmeza.
—¡Mantener la actitud de vuelo! —La voz de Catalina era firme, sin el menor rastro de pánico.
César observó el panel de instrumentos; varios indicadores parpadeaban de forma inestable.
—¡La lectura del compás está descontrolada!
—¡Usa la referencia manual! —ordenó Catalina con rapidez.
César deslizó los interruptores de inmediato, con rapidez y precisión; al poco tiempo el avión volvió a estabilizarse. Sin embargo, de pronto...
¡WARNING!
Una nueva luz se encendió.
TURBULENCIA EXTREMA.
El avión del simulador se sacudió con fuerza; el cuerpo de Catalina se inclinó ligeramente hacia delante, pero sus manos permanecieron firmes en los controles.
—¡Nos salimos de la ruta! —César miró el radar meteorológico—. La tormenta bloquea dos direcciones.
—Busca una abertura —respondió Catalina con voz serena.
César amplió la imagen del radar; un rayo volvió a caer en la pantalla. Entonces señaló un punto en el mapa.
—Aquí.
Catalina observó con rapidez aquella abertura estrecha; era la única salida.
—Gira diez grados a la izquierda.
—Rumbo nuevo... ajustado —César configuró de inmediato la navegación manual.
La turbulencia seguía sacudiendo el avión, pero la dirección cambió. Varios cadetes en la sala de control empezaron a ponerse tensos.
—¡Si calculan mal, el avión entrará directo al centro de la tormenta!
Mientras tanto, el instructor permanecía en silencio, observando.
Dentro de la cabina, Catalina seguía concentrada al máximo.
—¿Velocidad estable?
—La altitud bajó doscientos pies —respondió César.
—Sube un poco —indicó Catalina.
César asintió; el avión comenzó a ascender lentamente. Los relámpagos seguían cayendo, pero unos segundos después las nubes de tormenta empezaron a disiparse. El radar mostró una zona más tranquila.
—Logramos salir de la tormenta —César miró hacia Catalina.
El avión finalmente atravesó el otro lado de la tormenta; la pantalla cambió a un cielo nocturno más despejado. La alarma se detuvo y la cabina volvió a quedar en silencio. Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Afuera, en la sala de control, alguien comenzó a aplaudir despacio, y los demás se fueron sumando.
—Ejercicio finalizado —el instructor apagó la simulación.
La pantalla volvió a oscurecerse y las luces del simulador se atenuaron. Catalina se quitó los auriculares primero y luego le habló a César.
—Debimos haber sido más rápidos.
—¿Hablas en serio? —César se rio y volteó hacia ella—. Acabamos de salir de una tormenta de simulación de nivel avanzado.
Catalina se levantó de su asiento.
—Fue solo un ejercicio.
La mujer abrió la puerta de la cabina; antes de salir, volvió a hablarle a César.
—Si este hubiera sido un avión de verdad, habría salido de la tormenta tres minutos antes.
César se quedó callado un instante; después su sonrisa reapareció. No era una sonrisa burlona, sino más bien de admiración hacia Catalina, de un interés cada vez mayor por aquella mujer. Se puso de pie y la siguió afuera. En cuanto ambos salieron del simulador, los cadetes fijaron la mirada en ellos. Algunos parecían impresionados, pero otros se veían molestos.
—Están demasiado sincronizados —susurró uno de los cadetes.
—Sí, como si hubieran volado juntos durante años —comentó otro.
César se detuvo junto a Catalina.
—Pésimo trabajo en equipo.
—¿Pésimo? —Catalina miró con dureza al hombre más joven que ella.
César asintió.
—Porque casi no hablamos.
—Justamente eso es un buen trabajo en equipo —respondió Catalina con frialdad.
César soltó una risa breve.
—Está bien, tú ganas.
Cuando se alejaban de la sala, un cadete se puso de pie de pronto y les bloqueó el paso. Era un hombre alto que se veía molesto. Se llamaba Rafael, uno de los mejores cadetes antes de que Catalina llegara.
—¡No te creas tanto! —Rafael miró a Catalina con ojos afilados.
La sala quedó en silencio.
—¿Qué quieres decir? —Catalina miró a Rafael con expresión impasible, aunque su tono sonó gélido.
Rafael cruzó los brazos.
—Todos aquí se han entrenado durísimo durante años, y tú llegas después de seis años desaparecida... y te comportas como si fueras la mejor.
Varios cadetes se veían muy nerviosos; la situación empezaba a calentarse.
—Si no te agrado, demuéstralo en el aire —dijo Catalina sin dejarse intimidar.
Rafael se veía cada vez más irritado, pero antes de que pudiera responder, César intervino con tono despreocupado.
—Ella tiene razón. En lugar de hablar tanto aquí... —César miró a Rafael con sorna— ¿por qué no hacemos un entrenamiento de enfrentamiento?
—Interesante idea —dijo finalmente el instructor, que hasta ese momento había permanecido en silencio, desde el fondo de la sala. Todos los cadetes, incluidos Catalina y César, voltearon hacia él.
El instructor dirigió la mirada hacia Catalina, César y Rafael.
—Mañana, ¡simulación de duelo de vuelo!
—¿Qué? ¿En serio? —Los cadetes estallaron en exclamaciones.
—Equipo Catalina y César contra equipo Rafael y su compañero —continuó el instructor.
La sala se llenó de murmullos; una competencia así rara vez ocurría.
El instructor cerró su tableta.
—Vamos a ver quién merece de verdad estar en el cielo.
Mientras tanto, César volteó ligeramente hacia Catalina.
—Parece que acabas de ganarte un enemigo.
—No busco enemigos —respondió Catalina con calma, mirando a Rafael con expresión glacial—. Pero si alguien duda de mi capacidad, no voy a echarme para atrás.
César esbozó una sonrisa leve; de repente la academia le parecía mucho más interesante. Un lugar que antes lo aburría ahora se sentía diferente desde la llegada de Catalina.
Al día siguiente habría un primer duelo, y todos esperaban una sola cosa: ¿quién caería primero?
* * *
Mientras tanto, Adrián acababa de llegar al aeropuerto tras su vuelo desde Singapur. En cuanto entró a su oficina en la aerolínea, un sobre oficial ya lo esperaba sobre el escritorio: una carta del juzgado de familia.
Adrián lo abrió con el ceño fruncido; unos segundos después, su rostro se transformó por completo. La mandíbula se le tensó y sus manos estrujaron la demanda de divorcio conteniendo apenas la furia.
—Así que de verdad me demandaste, Leya... —murmuró con frialdad; el papel casi se dobló por la fuerza de su puño—. ¡Maldita sea...!