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El Karma del Marido Desleal

El Karma del Marido Desleal

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Miss Ra

Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.

Mientras tanto, el karma no descansaba.

Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.

Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.

NovelToon tiene autorización de Miss Ra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episodio 16

El ambiente en el apartamento de lujo se sentía opresivo, más frío que el aire acondicionado que zumbaba en cada rincón. Sebastián estaba de pie, inmóvil, en el área de basura de su piso.

Ahí, entre las bolsas de plástico negras amontonadas, vio un objeto que lo obligó a hincarse sobre el mármol helado.

Un marco pequeño con el vidrio estrellado, y dentro, una hoja en blanco y negro que conocía de sobra. La foto del primer ultrasonido de Santiago.

La misma foto que alguna vez contempló con orgullo, antes de que la obsesión por Clarissa le envenenara el corazón.

Ahora, la foto estaba manchada de restos de comida y polvo.

Sebastián la recogió con las manos temblorosas. El pecho se le comprimió de golpe, como si el oxígeno de la habitación se hubiera esfumado. Por primera vez en meses, un dolor auténtico le golpeó la boca del estómago.

No era la rabia por un negocio tambaleante ni la irritación por las exigencias de Clarissa. Era una pérdida primitiva: un padre que ve la prueba de la existencia de su hijo tratada como desecho.

—Cómo pudiste... —susurró Sebastián. La voz ronca, los ojos ardiendo.

Recordó el momento en que Valentina le enseñó esa foto por primera vez. Estaban en la recámara, y ella le dijo con los ojos brillantes: "Es nuestro milagro." Sebastián apretó el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

La furia empezó a trepársele desde el estómago hasta la cabeza. Se levantó, cargando la foto sucia, y entró al apartamento con pasos que hacían retumbar el piso.

Sebastián estrelló la foto mugrienta sobre la mesa de mármol, justo frente a Clarissa, que estaba entretenida pintándose las uñas de los pies. Clarissa pegó un brinco y casi tiró el frasco de esmalte caro.

—¿Qué demonios es esto, Clarissa? —rugió Sebastián. Los ojos rojos, mirándola con un destello de odio que nunca antes le había mostrado.

Clarissa miró la foto con asco y luego volvió a mirar a Sebastián con una cara de aburrimiento insultante.

—Ah, ¿fuiste a recoger esa basura de afuera? Qué asco, Sebastián. ¿Para qué metes esa porquería a la casa?

—¿Porquería? ¡Esto es la foto de mi hijo, Clarissa! ¡Es mi sangre! ¿Quién te dio permiso de tirar las cosas del almacén sin consultarme?

Clarissa se puso de pie y se cruzó de brazos. No mostraba ni una pizca de miedo. Al contrario, sacó pecho e inició el juego de manipulación que dominaba como nadie.

—¡Lo hice por tu bien, Sebastián! Dijiste que querías empezar una vida nueva conmigo. Dijiste que querías olvidar ese pasado aburrido. ¿Y qué? ¡Sigues guardando esas fotos como un hombre débil que no puede pasar la página! ¡No voy a casarme con alguien cuya alma sigue atrapada en el vientre de su exesposa!

—¡Esto no tiene nada que ver con olvidar el pasado! ¡Es cuestión de humanidad! ¡La tiraste a la basura como si no valiera nada! —Sebastián se le acercó, con la voz tronando—. Empiezo a pensar que realmente no te conozco, Clarissa. Eres tan fría... tan despiadada.

Al oír la palabra "despiadada", la expresión de Clarissa cambió al instante. Sabía que Sebastián estaba rozando el punto de no retorno, y tenía que apagar ese fuego antes de que él se decidiera a dejarla.

Clarissa sacó su arma definitiva: lágrimas falsas y amenaza de irse.

—Ah, ¿entonces ahora yo soy la mala? —Clarissa empezó a sollozar, con los hombros temblándole dramáticamente—. ¿Yo, que dejé todo en París por ti? ¿Yo, que aguanté las críticas de mis amigas por amar a un hombre recién divorciado? ¿Y ahora me insultas por un pedazo de papel cuya dueña ni siquiera quiso quedarse contigo?

—Clarissa, no le des la vuelta...

—¡Basta, Sebastián! —Clarissa le cortó la frase. Caminó a la recámara, jaló una maleta enorme del clóset y la aventó sobre la cama—. Si esa foto vale más para ti que mis sentimientos, ¡perfecto! Quédatela, abrázala todas las noches y busca a Valentina hasta debajo de las piedras. ¡Yo me largo!

Sebastián se paralizó. Esa amenaza siempre lograba dejarlo sin fuerzas.

—Clar, no empieces otra vez... —el tono de Sebastián ya se suavizaba, señal de que el ego retomaba el control.

—¡No! ¡Estoy cansada de que me acusen de todo! ¡Hice esto porque te quiero, Sebastián! Quiero que esta casa solo sea nuestra, sin el fantasma de Valentina. Pero parece que tú nunca me quisiste de verdad. ¡Solo me usaste de escape! —Clarissa metía ropa en la maleta con movimientos bruscos y teatrales.

Sebastián miró la foto sucia del ultrasonido sobre la mesa, y luego a Clarissa empacando. Dentro de su cabeza, una guerra brutal.

Su conciencia le gritaba que dejara ir a Clarissa, que buscara a Valentina y enmendara su error.

Pero su ego descomunal —el miedo a quedar como un fracasado, la vergüenza de una boda cancelada, y la obsesión de años por Clarissa— silenció ese grito.

Si Clarissa se iba, ¿qué dirían sus socios? Si Clarissa se iba, sería el hombre que lo perdió todo de un golpe.

Sebastián respiró largo y profundo. Los hombros se le hundieron. Caminó hacia Clarissa y le sostuvo la mano que agarraba la maleta.

—Perdóname... Para, Clar. No te vayas —susurró Sebastián. Cada palabra le raspó la garganta como si tragara espinas.

Clarissa dejó de moverse pero no volteó de inmediato. Tras la cortina de pelo suelto, sonreía victoriosa.

—¿Me eliges a mí o a ese recuerdo?

Sebastián se quedó callado un largo rato. Los ojos se le fueron hacia la foto del ultrasonido en la otra habitación. Recordó la presión en el pecho de hacía un rato. Pero lentamente, cerró los ojos con fuerza, como si estuviera sellando la puerta de su propia conciencia.

—Te elijo a ti —dijo Sebastián en voz baja.

Clarissa se dio la vuelta y lo abrazó con fuerza.

—¿Me prometes que nunca más vas a hablar de esa mujer? ¿Que nunca más la vas a buscar?

—Sí, te lo prometo —respondió Sebastián, aunque el corazón se le sentía vacío como un agujero negro.

Esa noche, cuando Clarissa ya dormía con una sonrisa de satisfacción, Sebastián salió a la sala. Tomó la foto sucia del ultrasonido, la envolvió en un pañuelo de papel y la guardó en el cajón más profundo de su escritorio, bajo llave.

Creyó haber ganado la batalla contra su conciencia, sin darse cuenta de que cada vez que la aplastaba por complacer a Clarissa, estaba demoliendo los cimientos de su propia vida.

En Villa Esperanza, esa noche el cielo estaba despejado. Valentina amamantaba a Santiago mientras miraba las estrellas por la ventana abierta. El bebé dormía en paz, con la manita diminuta aferrada al dedo meñique de su madre.

Valentina se sentía en completa calma. No sabía que en la capital, la única foto que el padre de su hijo conservaba de él acababa de terminar en la basura y ahora languecía en un cajón cerrado con llave y cubierto de polvo.

Tampoco sabía que Sebastián acababa de canjear su derecho moral como padre por un abrazo falso de Clarissa.

—Santi, mañana vamos a hacer más pasteles —susurró Valentina—. Mamá quiere ir ahorrando para tu escuela.

Valentina ahora lo tenía todo de verdad. Amor real, trabajo real y esperanza real. Mientras que Sebastián, desde lo alto de su torre de marfil, empezaba a comprender que vivía en una mentira que él mismo había fabricado.

Y los recuerdos que destruyó hoy regresarían algún día como fantasmas a cobrarle la promesa.

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