Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2 Otro día en el hospital
Al día siguiente me desperté otra vez a las cinco de la mañana. La verdad, apenas sonó la alarma, yo quería apagarla y seguir durmiendo, pero me acordé de que tenía turno en el hospital.
—Ay, no jodás, Xavier —murmuré mientras me sentaba en la cama—. Levántese, pues.
Me bañé, me arreglé y bajé a la cocina. Mi mamá ya estaba preparando el desayuno.
—Buenos días, mijo.
—Buenos días, ma.
—¿Durmió bien?
—Más o menos. Quedé vuelto nada después del turno de ayer.
Mi mamá puso el desayuno sobre la mesa.
—Coma bien, que usted después se mantiene a punta de tinto.
—Es que en el hospital a veces ni tiempo da para comer.
—Pues por eso mismo le digo.
Mis hermanas aparecieron unos minutos después.
—¿Ya se va el doctor? —preguntó Zafire.
—Sí, mija. Tengo que estar allá a las seis y cuarenta.
—Qué pereza madrugar tanto.
—Pues uno escogió esta vida.
Yaralith se rio.
—Eso decía usted cuando estaba estudiando: "Algún día voy a ser doctor y voy a vivir relajado".
La miré serio.
—¿Yo dije eso?
—Sí.
—Pues mentí sin querer.
Todos soltamos la risa.
Después de desayunar, agarré mi bolso y salí de la casa a las seis y diez. El tráfico de Medellín ya estaba bastante pesado, pero por fortuna logré llegar al hospital alrededor de las seis y cuarenta.
Entré, saludé a mis compañeros y me preparé para comenzar el turno.
A las siete en punto empezó mi jornada.
Los primeros pacientes llegaron rápidamente. Uno necesitaba una revisión general, otro tenía algunos síntomas que debíamos estudiar y después tuve que revisar varias historias clínicas.
El hospital estaba bastante movido.
—Xavier, ¿me puede ayudar un momento? —me preguntó una compañera.
—Claro, dígame.
Pasé buena parte de la mañana atendiendo pacientes y colaborando con el equipo médico. A veces uno cree que trabajar en un hospital es solamente revisar pacientes y ya, pero no. Hay papeleo, reuniones, llamadas, resultados de exámenes y muchas cosas más.
A eso de las diez de la mañana logré tomarme un tinto.
Me senté unos minutos en la cafetería y miré por la ventana.
—Necesitaba esto —dije mientras tomaba un sorbo.
Un compañero se sentó frente a mí.
—¿Y usted qué? ¿Sigue soltero?
Lo miré y me reí.
—¿Usted también va a empezar con esa preguntica?
—Es que, hermano, usted tiene 24 años.
—¿Y?
—Nada. Es raro que no tenga novia.
—Estoy tranquilo así.
—Algún día le va a tocar enamorarse.
—Eso dicen todos.
Terminamos el tinto y regresamos al trabajo.
La tarde fue todavía más ocupada. Apenas tuve tiempo de sentarme. Atendí varios pacientes y revisé algunos resultados junto con otros médicos.
Mientras caminaba por uno de los pasillos, una enfermera me llamó.
—Doctor Xavier.
—¿Sí?
—Necesito que revise este caso cuando tenga un momentico.
—Déjelo sobre mi escritorio y apenas termine con estos pacientes lo reviso.
—Listo, doctor.
Continué con mi jornada.
Ese día no ocurrió nada extraordinario. No conocí a ninguna persona que cambiara mi vida ni tuve ninguna de esas historias que uno ve en las películas.
Fue simplemente otro día de trabajo.
A las cinco de la tarde terminé mi turno.
Me quité la bata, guardé mis cosas y salí del hospital.
Mientras caminaba hacia la salida pensé en lo que me esperaba en la casa. Seguramente mi mamá estaría preguntándome si ya había comido y mis hermanas estarían peleando por alguna bobada.
Me subí al transporte y regresé a casa.
Cuando llegué, cerca de las seis, Zafire estaba viendo televisión.
—¡Llegó el doctor!
—Sí, pues. ¿Qué más?
—¿Cómo le fue?
—Normal. Mucho trabajo.
Mi mamá apareció desde la cocina.
—Venga, mijo, que le guardé comida.
—Gracias, ma.
Me senté a comer con mi familia.
Yo todavía pensaba que mi vida iba a seguir siendo así: hospital, casa, familia y trabajo.
Pero ese día todavía no había llegado.
Por ahora, yo solamente era Xavier González, un médico paisa de 24 años que seguía convencido de que su vida estaba completamente bajo control.