En el mundo de Avatar: La Leyenda de Aang, donde la paz parecía finalmente establecida, una amenaza resurge desde las sombras: el temido Loto Rojo. Mientras tanto, en la era moderna, una joven fanática revive por milésima vez la historia del Avatar en su tableta, completamente enamorada del príncipe Zuko. Lo que no imagina es que su destino cambiará para siempre cuando una misteriosa luz azul la transporta a ese mismo universo… pero no como espectadora, sino como una poderosa maestra agua.
Ahora, atrapada en Ciudad República, en un cuerpo que no es el suyo y con una nueva vida rodeada de secretos, descubre una conspiración que amenaza con destruir al Avatar Aang y romper el equilibrio del mundo. Al advertir al Equipo Avatar, se ve envuelta en una batalla peligrosa contra enemigos implacables, donde el honor, la lealtad y el amor serán puestos a prueba.
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Batalla subterránea
Cinco días habían pasado desde que Sereya había desaparecido.
En el Templo del Aire el viento seguía soplando con la misma suavidad, las banderas ondeaban con la misma calma… pero el ambiente estaba cargado de tensión.
De pie en uno de los balcones, Zuko observaba el horizonte en silencio. Sus manos estaban apoyadas sobre la baranda, tensas.
—No debí haber dudado… —murmuró.
El recuerdo volvía una y otra vez.
“Eso es exactamente lo que diría alguien que sí la tiene.”
Cerró los ojos con fuerza.
—…idiota.
—Culparte no la traerá de vuelta más rápido.
La voz de Iroh lo sacó de sus pensamientos.
Zuko no se giró.
Iroh se acercó con calma.
Zuko apretó los puños.
—Ella me salvó.
Silencio.
—Y yo… la dejé caer.
Iroh lo observó con atención.
—No la dejaste caer —respondió con suavidad—. Fuiste superado de alguna manera ya que ella te salvó.
Zuko negó con la cabeza.
—No es lo mismo.
Iroh no insistió.
Solo colocó una mano sobre su hombro.
—Entonces asegúrate de que no vuelva a pasar.
Zuko abrió los ojos.
—No lo hará.
Mientras tanto…
En otra parte del templo…
Katara estaba arrodillada frente a un mapa extendido, rodeada de notas, dibujos y pequeños símbolos marcados con tinta.
Su expresión era concentrada.
Había pasado los últimos días revisando cada detalle.
Cada pista.
Cada movimiento.
Y finalmente…
—…aquí.
Sus ojos se detuvieron en un punto específico.
Un sistema de túneles bajo la ciudad.
Cerca de canales subterráneos.
—Tiene sentido…
Se puso de pie de inmediato.
—Aang.
Aang estaba meditando cuando Katara lo encontró.
—Aang.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué pasa?
Katara no perdió tiempo.
—Creo que ya sé dónde están.
Aang se levantó de inmediato.
—¿Dónde?
Katara extendió el mapa.
—Debajo de la ciudad. En las aguas subterráneas.
Aang frunció el ceño.
—¿Estás segura?
—Todo encaja —respondió—. Las rutas, los accesos ocultos… y el tipo de terreno.
Aang observó el mapa.
—Agua… tierra… oculto…
Katara asintió.
—Es el lugar perfecto.
Aang levantó la mirada.
—Entonces vamos.
Minutos después…
Zuko ya estaba preparado.
—Voy con ustedes.
Katara lo miró.
—Aún no estás completamente recuperado.
Zuko no dudó.
—No me importa.
Aang intervino.
—Necesitamos que te quedes.
Zuko apretó la mandíbula.
—No.
Katara dio un paso adelante.
—Zuko—
—No voy a quedarme aquí mientras ella está allá abajo.
El silencio se tensó.
Iroh intervino.
—Zuko…
Zuko lo miró.
—No me detengas por favor tío...
Iroh suspiró.
—De acuerdo, no lo haré.
Katara cruzó los brazos.
—Entonces no te quejes después si te lastiman de nuevo.
Zuko alzó una ceja.
—No lo haré.
Aang asintió.
—Entonces vámonos.
El camino fue rápido.
Y oscuro.
Los túneles bajo Ciudad República eran húmedos, y apenas iluminados por pequeñas grietas por donde se filtraba la luz de la superficie.
El sonido del agua era constante.
Pesado.
—Manténganse alertas —susurró Katara.
Zuko encendió una pequeña llama en su mano.
—No me gusta este lugar.
—A mí tampoco —respondió Aang.
Avanzaron en silencio.
Hasta que…
—Esperen.
Katara levantó la mano.
El aire cambió.
El agua…
Se movía diferente.
—Estamos cerca.
Zuko tensó los hombros.
Aang asintió.
—Prepárense.
Dieron el último paso.
Y entraron.
La caverna era enorme.
Un espacio subterráneo iluminado por antorchas, con corrientes de agua que fluían entre estructuras de piedra.
Y en el centro…
Estaban ellos.
Zaheer.
P’Li.
Ming-Hua.
Ghazan.
Y…
Sereya.
Atada.
Débil.
Pero consciente.
Sus ojos se abrieron al verlos.
—…
Zuko dio un paso adelante.
—Sereya.
Pero no llegó más lejos.
—No tan rápido.
Zaheer habló con calma.
—Sabíamos que vendrían.
Katara adoptó una postura de combate.
—Libérenla.
P’Li sonrió levemente.
—No creo.
Aang dio un paso al frente.
—No queremos pelear.
Ghazan rió.
—Entonces se equivocaron de lugar.
El combate comenzó.
La tierra se levantó.
El agua se elevó.
El fuego rugió.
Y el aire…
Se movió.
Aang se lanzó contra Zaheer.
Katara contra Ming-Hua.
Zuko enfrentó a Ghazan.
Y P’Li…
Observaba.
Esperando.
Zuko esquivó una columna de tierra.
Respondió con una llamarada.
Ghazan la bloqueó con roca fundida.
—Interesante.
Katara luchaba con precisión.
Ming-Hua movía el agua con una velocidad brutal.
—No eres la única maestra agua —dijo con una sonrisa.
Katara no respondió.
Solo atacó.
Más rápido.
Más fuerte.
Aang giraba en el aire.
Zaheer lo seguía.
Sin miedo.
—Rindete Avatar…
Aang lo miró.
—No voy a dejarte ganar.
Zaheer sonrió.
—Eso ya lo veremos.
Sereya observaba.
Su respiración era irregular.
Su cuerpo…
Aún débil.
Pero sus ojos…
Firmes.
—Tengo que…
Intentó moverse.
Las ataduras no cedieron.
—No puedo quedarme así…
El combate rugía a su alrededor.
El ambiente vibraba con las explosiones de fuego, el estruendo de la tierra y el rugido del agua.
Pero en el centro de todo eso…
Sereya estaba inmóvil.
Atada.
Rodeada por ese caos que no podía alcanzar.
Su respiración era irregular, entrecortada. Cada latido de su corazón retumbaba en sus oídos mientras observaba la batalla frente a ella.
Aang luchando con Zaheer.
Katara enfrentando a Ming-Hua.
Zuko contra Ghazan.
—…no puedo quedarme así… —murmuró con los dientes apretados.
Sus manos se tensaron contra las cuerdas.
Intentó moverse.
Pero el bloqueo de chi seguía ahí.
Como una barrera invisible dentro de su propio cuerpo.
—Maldita sea…
Cerró los ojos un instante.
“Piensa.”
“Respira.”
“Recuerda.”
Y entonces…
Algo vino a su mente.
—El bloqueo de chi… —susurró apenas—. No dura para siempre…
Sus ojos se abrieron lentamente.
—Se debilita…
Sintió su cuerpo.
Su energía.
Aún bloqueada…
Pero no completamente.
—…todavía puedo intentar…
Respiró hondo.
Ignoró el ruido de la batalla.
Movió ligeramente sus dedos.
Apenas.
Como si le costara toneladas.
—Vamos… —susurró—. Solo… un poco…
El agua subterránea a su alrededor respondió.
Débilmente.
Con una pequeña vibración.
Casi imperceptible.
Pero ahí estaba.
—…sí…
Una gota se elevó.
Luego otra.
Temblorosas.
Inestables.
Sereya apretó los dientes.
—Más… solo un poco más…
El agua comenzó a moverse lentamente hacia sus manos atadas.
Sus ojos brillaron con una mezcla de esperanza y desesperación.
—Vamos… por favor…
El agua tocó las cuerdas.
Intentó envolverlas.
Aflojarlas.
Pero era demasiado débil.
—No… no te detengas…
Forzó su control.
El dolor recorrió su cuerpo.
Pero no se detuvo.
—¡Vamos!
El agua se tensó.
Y por un segundo…
Las cuerdas cedieron apenas.
Un hilo.
Un mínimo espacio.
Suficiente para—
—Interesante.
La voz la congeló.
Sereya abrió los ojos de golpe.
Ahí estaba.
P’Li.
Observándola.
Con esa sonrisa ligera… peligrosa.
—Sabía que no eras una simple prisionera.
Sereya intentó moverse.
Pero era tarde.
P’Li alzó la mano.
—No te esfuerces demasiado.
Un movimiento rápido la golpeó.
Una presión brutal.
El aire se comprimió a su alrededor.
Y Sereya fue lanzada contra el suelo.
—¡—!
El impacto le arrancó el aire de los pulmones.
El agua cayó.
El control se rompió.
Su cuerpo no respondió.
—…ugh…
Intentó levantarse.
No pudo.
P’Li se acercó lentamente.
—Débil… pero persistente.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Eso puede ser peligroso.
Sereya la miró con rabia.
—No… voy… a rendirme…
P’Li sonrió un poco más.
—Eso lo hace más interesante.
Se enderezó.
Y volvió a mirar la batalla.
—Pero aún no es tu momento.
Sereya apretó los dientes contra el suelo frío.
Su cuerpo dolía.
Pero su mente…
Seguía firme.
—…no importa… —pensó—. No importa cuántas veces caiga…
Sus dedos se tensaron levemente.
—…voy a volver a intentarlo.