Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 8: Días de escuela y aburrimiento mortal.
Si hay algo que he aprendido en mis más de mil años de existencia, es que el tiempo es lo más valioso que tenemos. Y también he aprendido que la escuela es la pérdida de tiempo más grande que ha inventado la humanidad.
Entrar al aula, sentarme en una silla incómoda, mirar al frente y escuchar a un profesor explicar cosas que yo ya viví, o que ya descubrí, o que simplemente me parecían básicas y aburridas… era una tortura digna de los peores castigos del infierno. Bueno, quizás exagero un poquito, pero solo un poquito. Para alguien como yo, que ha comandado ejércitos, gobernado reinos y hablado con dioses, estar ahí sentada aprendiendo cosas que cualquier mortal promedio sabe era, sencillamente, insoportable.
Aquella mañana, el profesor de historia estaba hablando sobre la Edad Media. ¿La Edad Media?, pensé, mientras apoyaba la mejilla en la mano y reprimía un bostezo gigante. Por favor. Yo viví la Edad Media. Yo estuve allí. Yo vi cómo se construían los castillos, yo vi las guerras, yo vi cómo la gente vivía… y créanme, señor profesor, su versión es muy aburrida y le faltan muchos detalles interesantes. Además, yo era mucho más importante que todos los personajes que está nombrando.
Miré el reloj en la pared. Parecía que las agujas se habían detenido. El tiempo pasaba más lento aquí que en cualquier otro lugar del universo. Así que, como soy una mujer de recursos y, sobre todo, como soy un genio que no se deja vencer por el aburrimiento, decidí que era hora de hacer las cosas mucho más entretenidas.
Al fin y al cabo, ¿para qué tengo magia si no es para facilitarme la vida y divertirme un poco?
Empecé despacio, con cosas pequeñas y discretas. Con la mano escondida bajo el pupitre, moví apenas los dedos y una pequeña corriente de aire empujó un lápiz que estaba en la mesa de la chica de adelante, haciéndolo caer al suelo con un golpe seco. Ella se agachó a recogerlo, el profesor se calló un momento, y yo sonreí para mis adentros, muy satisfecha.
Bien, pensé, ahora empieza la diversión.
Seguí con cosas más elaboradas. Hice que las hojas del cuaderno del chico que estaba al lado pasaran solas, una por una, como si un fantasma las estuviera leyendo. Hice que el puntero láser que usaba el profesor se moviera un poquito solo, apuntando a lugares equivocados, haciéndolo dudar y fruncir el ceño confundido. Incluso hice que una flor que había en un jarrón sobre la mesa del maestro se abriera un poco más, mostrando todo su esplendor, porque, como siempre digo, hay que embellecer el entorno donde uno está.
Me sentía brillante, ingeniosa y muy entretenida. Mi aburrimiento había desaparecido por completo. Me miraba las uñas, me acomodaba el cabello, y de reojo hacía que cosas extrañas y graciosas pasaran por todo el salón, todo con movimientos mínimos de mis dedos, casi imperceptibles. Era arte. Era magia de alto nivel disfrazada de travesuras escolares.
Estaba tan concentrada en hacer que el borrador de la pizarra flotara suavemente de un lado a otro sin que nadie lo viera claro, que no me di cuenta de que la silla vacía que estaba a mi lado se deslizó hacia atrás, se apartó y alguien se sentó en ella con mucha calma y silencio.
—¿Sabes? —dijo una voz grave, muy cerca de mi oreja, que me hizo dar un salto en el asiento y cortar el hechizo de golpe, haciendo que el borrador cayera al suelo con un golpe fuerte—. Si sigues practicando levitación avanzada con los útiles de la clase, el profesor va a pensar que tiene fantasmas. O peor aún, que se está volviendo loco.
Me giré bruscamente, con el corazón latiéndome rápido por el susto, y allí estaba él. Alexandro. Sentado a mi lado, con los brazos cruzados sobre el pupitre, mirándome con esa sonrisita de suficiencia y diversión que ya empezaba a odiar y a amar a partes iguales.
—¡¿TÚ?! —susurré, furiosa, arreglándome la ropa como si él hubiera interrumpido algo muy importante y no mis tonterías mágicas—. ¿Qué haces aquí? Nunca te sientas a mi lado. Siempre te vas al fondo o con tus amigos. ¿Qué pasa? ¿Te has perdido?
Él se recostó en la silla, estiró las piernas bajo la mesa y miró al frente, fingiendo prestar atención a la clase por un segundo ante de volver a mirarme a mí. —Hoy he decidido cambiar de sitio —dijo con mucha calma—. He pensado: ¿dónde es más probable que ocurran fenómenos extraños, cosas que vuelan, luces raras o gente hipnotizada? Y la respuesta fue obvia: al lado de Mariam De la Vega. Así que he venido. Por seguridad. Y para vigilarte, claro. Alguien tiene que hacerlo.
Puse los ojos en blanco con toda la fuerza que pude, me di la vuelta hacia el frente y crucé los brazos con indignación. —Eres insoportable. De verdad. Eres como mi sombra, pero más pesada y menos útil. Yo solo estaba… pasando el rato. La clase es aburridísima, Alexandro. ¿O esperas que yo, que he visto maravillas del mundo y he creado cosas increíbles, me interese por lo que pasó en un pueblo cualquiera hace ochocientos años? Por favor. Es una ofensa a mi inteligencia.
—Podrías usar tu inteligencia para prestar atención —sugirió él, con tono de broma—. O al menos para no hacer que el profesor se rasque la cabeza cada dos minutos porque sus cosas se mueven solas. Ya te vi: el lápiz, las hojas, la flor… y el borrador. Ese fue demasiado obvio, por cierto. Menos mal que todos estaban distraídos.
Lo miré de reojo, con una sonrisa de inocencia que no me llegaba a los ojos. —No sé de qué hablas. Yo soy una alumna modelo. Estoy aquí, sentada, guapa y atenta. Si las cosas se mueven solas, será que el colegio tiene corrientes de aire. O que están encantadas. No es mi culpa que la realidad se doblegue ante mi presencia, es algo que me pasa desde que nací. Es mi aura, es magnética. ¿Qué le voy a hacer?
Alexandro soltó una risa bajita y negó con la cabeza, acercándose un poco más hacia mí sobre la mesa, bajando la voz para que solo yo lo oyera. —Tu aura, mi querida Mariam, es un caos andante. Y yo estoy aquí para asegurarme de que hoy no conviertas la clase de historia en un espectáculo de magia o en una recreación de la Edad Media con caballeros y dragones hechos de luz. ¿Entendido? Nada de magia. Al menos nada que yo no pueda disimular rápido.
—¡Qué aburrido eres! —me quejé, dejando caer la cabeza sobre el pupitre con dramatismo—. ¿Y qué se supone que haga entonces? ¿Escuchar al señor ese hablar y hablar hasta que me duerma o me vuelva loca? Eso es tortura, Alexandro. Y tú eres mi verdugo.
—Pues usa tu imaginación, que sé que tienes mucha —me dijo él, dándome un golpecito suave en la cabeza con un lápiz—, pero sin mover ni un solo músculo mágico. O mejor aún, escucha. A lo mejor aprendes algo.
Lo miré con desdén. —¿Aprender? Yo ya lo sé todo. Soy milenaria, ¿recuerdas? Yo podría darle clases a él. Y serían clases mucho más interesantes, con batallas, con amores, con traiciones… cosas de la vida real. Lo que él cuenta son solo datos secos y sin gracia.
Alexandro se rió, y esa risa suya, baja y cercana, hizo que se me erizara un poquito el vello de la nuca, algo que me molestó muchísimo porque significaba que me afectaba. —Estoy seguro de que tus clases serían muy interesantes —admitió él—, y estoy seguro de que en todas ellas tú serías la protagonista y la heroína, ¿verdad?
—Obviamente —respondí, enderezándome y arreglándome el cabello con elegancia—. En cualquier historia, yo soy la protagonista. Es mi destino. Y es que, seamos sinceros, nadie más tiene el carisma, la belleza y la inteligencia para ocupar ese puesto. Es natural.
Pasaron los minutos, y aunque tenerlo a mi lado era molesto porque me vigilaba cada movimiento, también era extrañamente divertido. Seguía aburrida, claro, pero ahora tenía con quién pelear mentalmente. Y como yo no me rindo fácilmente, decidí que, aunque no podía usar magia grande, podía hacer pequeñas cosas para provocarlo, cosas que solo él notara.
Empecé a hacer levitar muy despacio y muy cerca de mí un pequeño clip de papel, haciéndolo girar en círculos justo entre los dos, flotando a pocos centímetros de la mesa. Lo hacía girar rápido, luego lento, luego lo hacía formar figuras. Y lo hacía mirando al frente, con cara de nada, como si no estuviera haciendo absolutamente nada.
Alexandro lo vio de inmediato. Lo vi mirar el clip de reojo, luego mirarme a mí con una ceja levantada. No dijo nada al principio, pero yo sabía que le estaba molestando o poniendo a prueba su paciencia, lo cual era mi pasatiempo favorito.
De repente, él movió apenas un dedo bajo la mesa, sin que yo me diera cuenta, y de golpe el clip dejó de obedecerme. Sentí una pequeña resistencia, una fuerza contraria a la mía, y el objeto se detuvo en el aire, quedó quieto un segundo y luego cayó sobre la mesa con un sonido seco.
Me giré hacia él con la boca abierta, indignada y sorprendida. —¡Tú! —le susurré, furiosa—. ¡Has interferido! ¡Eso es trampa! ¡Tú también estás usando magia! ¡Y me dijiste que no lo hiciera!
—Yo dije que tú no debías hacerlo —me corrigió él con una sonrisa triunfal y muy tranquila—. Yo solo mantengo el orden. Y además, lo hago bien, sin que nadie se entere. Tú eres demasiado llamativa, Mariam. Quieres que todo brille, que todo se mueva, que todo gire a tu alrededor. Y a veces, menos, es más.
—¡Para ti que eres tan serio y aburrido! —le respondí, cruzándome de brazos—. Yo soy luz, soy movimiento, soy vida. ¡No puedo estar quieta! ¡Es contra mi naturaleza! Si me obligas a estar aquí sentada sin hacer nada, voy a explotar. O voy a hacer algo terrible, como hacer que el techo se abra y entre el sol, o que llueva flores dentro del salón. ¡Te lo advierto!
Alexandro suspiró, pero se notaba que se estaba divirtiendo mucho más que yo. Sacó un cuaderno, arrancó una hoja, hizo una avioneta de papel y me la pasó por encima de la mesa. —Vale, hechicera inquieta —dijo él en voz baja—. Si te aburres tanto, entretente con esto. Pero nada de magia. Hazla volar con el viento, como los mortales. Y si te portas bien y no conviertes la clase en un circo, después de las clases te invito a comer un helado.
Miré la avioneta de papel con desdén, como si fuera algo sucio o indigno de mis manos, y luego lo miré a él con desconfianza. —¿Un helado? —repetí, evaluando la oferta—. ¿De los buenos? ¿De esos que tienen tropecientos sabores y adornos?
—De los que tú quieras —respondió él, encogiéndose de hombros—. Pero bajo una condición: te estás quieta, no mueves nada con la mente, no hipnotizas a nadie y finges que te interesa la historia de la humanidad. ¿Trato hecho?
Me quedé pensando un segundo. Por un lado, mi orgullo me decía que no debía aceptar condiciones de nadie, menos de él. Por otro lado, un helado delicioso, y la oportunidad de seguir teniéndolo a mi lado, molestándonos, pero juntos… bueno, no sonaba tan mal. Además, yo sabía que, aunque aceptara, encontraría la forma de divertirme de todas maneras.
Cogí la avioneta, la miré con una sonrisa y le guiñé un ojo con malicia. —Está bien, trato hecho —dije con dulzura—. Pero ten en cuenta que solo acepto porque me encanta el helado, no porque tú me digas qué hacer. Y recuerda: te hago un favor al dejarte pagarme el capricho. Deberías sentirte honrado.
—Lo estoy, lo estoy —murmuró él, volviendo a mirar al frente, pero con esa sonrisa que no se le borraba de la cara—. Eres un desastre, Mariam, pero al menos eres el desastre más bonito y entretenido de todo el instituto.
Me puse roja un poquito, me di la vuelta rápidamente hacia el frente para que no lo notara, y empecé a jugar con el papel, pensando que, vale, la escuela seguía siendo aburrida, pero tener a mi guardián personal sentado al lado, vigilándome, regañándome y tratando de mantenerme bajo control… hacía que el tiempo pasara mucho, mucho más rápido.
Y aunque no se lo diría nunca, me gustaba. Me gustaba demasiado que estuviera ahí, solo para mí, siendo el único capaz de seguirme el ritmo y de ver todo lo que yo escondía detrás de mi máscara de chica perfecta y caprichosa.