En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 16: Ataduras invisibles.
La luz de la vela parpadeaba sobre las páginas desgastadas del antiguo libro, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia, como si las palabras escritas siglos atrás despertaran al ser leídas. Lyssa tenía el libro abierto frente a sí, sus dedos recorrían las líneas con temor y fascinación, mientras Christhian permanecía a su lado, inclinado sobre la mesa, con la respiración contenida, absorbido por lo que estaban descubriendo.
Hasta ese momento, ambos habían creído que la maldición se trataba solo de control, de posesión, de cadenas mágicas que ataban sus cuerpos y sus destinos. Creían que Serena los mantenía cerca simplemente porque quería tener lo que consideraba suyo, porque era egoísta y cruel. Pero lo que ahora leían, lo que las palabras de Marina de la Vega revelaban, era algo mucho más profundo, mucho más aterrador y doloroso: no solo era control, era supervivencia.
—Mira esto —susurró Lyssa, con la voz temblorosa, señalando un párrafo escrito con tinta oscura, casi negra, como si la autora hubiera presionado la pluma con rabia y remordimiento—. Escucha lo que dice:
«Al darle el poder del mar, le di también algo más terrible: la forma de mantenerse viva para siempre. Serena no es inmortal por naturaleza. Ella vive gracias a lo que nosotros sentimos. No necesita comer, ni dormir, ni respirar como nosotros. Su alimento, su fuerza, su propia existencia, depende de las emociones de quienes lleva marcados. Se alimenta de nosotros. Se alimenta de quienes dice amar.»
Christhian sintió que un frío intenso le recorría todo el cuerpo, llegando hasta los huesos. Cerró los ojos un instante, mientras recuerdos de toda su vida pasaban por su mente con una claridad dolorosa. Esos días en los que se sentía desgarrado por el miedo, la soledad o la confusión, y al mismo tiempo notaba que la voz de Serena en su cabeza se volvía más fuerte, más alegre, más poderosa. Esos momentos en los que sufría y ella parecía brillar con una luz más intensa. Siempre lo había creído parte de su crueldad, que disfrutaba de su dolor… pero nunca imaginó la verdad.
—Todo este tiempo… —empezó a decir, con la voz rota, abriendo los ojos y mirando a Lyssa con horror—. Todo este tiempo pensé que le gustaba verme sufrir porque era malvada. Pero no… no era placer. Era necesidad. Yo era su comida. Cada vez que yo sentía dolor, soledad o miedo, ella se hacía más fuerte. Cada lágrima, cada grito, cada momento en que creía que iba a volverme loco… todo eso lo absorbía, lo usaba, lo convertía en su propio poder.
Lyssa pasó la página, sus manos temblando, y siguió leyendo, comprendiendo ahora todo lo que les había pasado desde que se encontraron:
«Lo que creó mi error no fue solo un vínculo para atar, sino un conducto. Todo lo que sentimos viaja directamente hasta ella. Y no le sirve cualquier cosa. Lo que más la nutre, lo que le da mayor poder, son las emociones intensas y dolorosas: el miedo, la rabia, la culpa, la tristeza… y sobre todo, el amor mezclado con sufrimiento. Por eso nos hace amarnos y odiarnos al mismo tiempo. Por eso nos confunde, nos separa y nos vuelve a juntar. Porque cuanto más fuerte es la tormenta en nuestro interior, más rico es el alimento que recibe.»
Lyssa levantó la vista hacia él, y en sus ojos había comprensión y tristeza profunda.
—¿No lo ves, Christhian? Desde que llegué aquí, desde que nos conocimos, ella ha estado haciendo todo lo posible para que sintamos cosas muy fuertes. Nos atrajo y nos hizo rechazarnos. Nos hizo sentir amor y odio al mismo tiempo. Nos dijo cosas terribles, nos amenazó, nos confundió… y cada vez que nosotros discutíamos, o sufríamos, o nos abrazábamos con desesperación… ella se alimentaba de ello. Por eso su poder ha crecido tanto en estos días. Por eso pudo salir del mar y caminar por el pueblo. Le hemos dado fuerza sin saberlo. Cada vez que sufrimos, le damos vida.
Christhian se alejó de la mesa, caminó hacia la ventana y miró hacia la oscuridad donde el mar rugía, como si la propia criatura pudiera escucharlos y reírse de su descubrimiento. Se sentía sucio, vacío, usado. Toda su vida, todos sus sentimientos, todo lo que creía que era suyo… nada había sido realmente suyo. Todo había sido diseñado para alimentar a un monstruo.
—Me dijo que me amaba —murmuró con amargura, apretando los puños con fuerza—. Me dijo que yo era lo más importante para ella, que era su compañero, su tesoro. Y todo era mentira. Solo era ganado. Solo era una fuente inagotable de emociones. Me prohibió que me acercara a nadie, me mantuvo solo, me llenó la cabeza de mentiras… todo para que yo sintiera soledad, deseo, necesidad… todo para tener siempre algo de lo que alimentarse.
Se giró bruscamente hacia Lyssa, con los ojos brillantes de rabia, pero también de una luz nueva, la luz de quien empieza a entender cómo funciona la trampa en la que ha vivido.
—¿Y lo que sentimos tú y yo? —preguntó con urgencia—. ¿Lo que sentimos… también es parte de esto? ¿Ella nos unió solo para provocar este caos dentro de nosotros? ¿Para qué nos amemos y nos odiemos, para que suframos por no poder estar juntos… solo para beber de todo eso?
Lyssa volvió a mirar el libro, buscando la respuesta, y encontró las palabras finales, escritas como una advertencia y una esperanza a la vez.
—Mira lo que dice aquí —dijo ella, leyendo despacio, con voz clara y firme—:
«Ella tiene una debilidad, una cosa que nunca podrá entender ni usar a su favor. Ella vive de lo que nos duele, de lo que nos confunde, de lo que nos hace débiles. Pero se desvanece ante la verdad, ante la certeza, ante el amor libre y sin miedos. La paz, la confianza, el amor que no suplica ni teme… esas cosas no le sirven. No puede comérselas. No puede convertirlas en poder. Al contrario: cuanto más seguros estemos, cuanta más verdad haya en lo que sentimos, más débil se hace ella. Porque para controlarnos y alimentarse, necesita que estemos rotos, confundidos y asustados. Si nos unimos con la verdad… le cortamos el suministro.»
El silencio llenó la habitación, pero ya no era un silencio de miedo, sino de comprensión profunda. Christhian regresó a la mesa, se acercó a ella, y por primera vez en mucho tiempo, la miró sin dudas, sin esa mezcla de rechazo y atracción que ella siempre veía en sus ojos. Ahora solo había claridad.
—Todo este tiempo nos ha estado atando con nuestras propias emociones —dijo él suavemente, extendiendo la mano y tocando con suavidad la marca en la muñeca de Lyssa—. Nos ha dicho que somos suyos, que todo lo que nos interesa le pertenece, que lo que sentimos es obra suya. Y todo era para hacernos sentir impotencia, rabia, dolor… para seguir alimentándose.
Lyssa cubrió la mano de él con la suya, apretándola con fuerza, sintiendo esa conexión que ahora entendían perfectamente.
—Sus ataduras no son de hierro ni de magia oscura, Christhian. Son invisibles, están dentro de nosotros. Son nuestros miedos, nuestras dudas, nuestra culpa, nuestro amor mezclado con sufrimiento. Esas son las cadenas que nos mantienen presos y la hacen fuerte.
Christhian asintió, y una sonrisa lenta, verdadera y llena de determinación apareció en su rostro.
—Entonces ya sabemos qué hacer —dijo él con firmeza—. Ella ha vivido de nuestro dolor toda la vida. Nos ha enseñado que amar es sufrir, que estar juntos es peligroso, que dudar es lo único seguro. Pero ahora sabemos la verdad.
Se inclinó hacia ella, acortando la distancia entre ambos, mirándola a los ojos con toda la certeza del mundo, sin rastro de odio ni rechazo, solo amor limpio y libre.
—Ya no más miedo. Ya no más dudas. Ya no más culpa ni confusión. Le vamos a dar lo único que no puede usar, lo único que la debilita: le vamos a dar verdad. Le vamos a dar amor sin dolor. Le vamos a dar certeza.
Lyssa sintió cómo el peso que había llevado en el pecho durante días, semanas, toda su vida, empezaba a aliviarse. Cerró el libro, cerrando con él siglos de mentiras y manipulaciones, y se puso de pie frente a él.
—Si ella vive de nuestras emociones… entonces le cortaremos el alimento —dijo ella, con voz decidida—. Sus ataduras invisibles solo funcionan si nosotros nos dejamos atar por lo que sentimos mal. Pero ahora que sabemos cómo juega… ahora que sabemos que nuestro amor es su debilidad…
Christhian completó la frase, tomándola de las manos y apretándolas con fuerza:
—Ahora somos nosotros los que tenemos el control. Ella pensó que nos estaba dando cadenas… pero en realidad nos dio la única arma que podía destruirla.
Fuera, el mar rugió con furia, más fuerte que nunca, como si la propia Serena hubiera escuchado cada palabra y entendiera que su secreto más grande, su fuente de poder, acababa de ser descubierto. Pero dentro de esa habitación, bajo la luz de la vela, Lyssa y Christhian estaban en paz. Por fin entendían las reglas del juego… y por fin, estaban listos para cambiarlo todo.