Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13 : Los patrones
Hay una diferencia enorme entre mirar a alguien... y sentir que alguien podría estar mirándote de vuelta.
La primera sensación es emocionante.
La segunda...
Da miedo.
Durante toda la noche intenté convencerme de que había imaginado aquella sonrisa en la cafetería. Era la explicación más lógica, la más tranquila y, sobre todo, la más segura. El problema era que mi cabeza parecía empeñada en destruir cualquier intento de tranquilidad, porque cada vez que cerraba los ojos volvía a verlo todo con absoluta claridad: la taza de café, el reflejo de la ventana, aquella sonrisa casi imperceptible... y una pregunta que no dejaba de repetirse.
¿Me vio?
---
Llegué a la universidad más temprano que de costumbre. No porque quisiera encontrarme con él. Todo lo contrario. Quería entrar al salón antes de que llegara, sentarme, abrir el cuaderno y fingir que el jueves nunca había existido.
Emma apareció unos minutos después con un café en una mano y una empanada en la otra. Apenas me vio, frunció ligeramente el ceño.
—Tienes cara de haber dormido horrible.
—Dormí bien.
Me observó unos segundos más antes de negar con la cabeza.
—Julieta...
—¿Qué?
—Tienes ojeras.
Me encogí de hombros con la mayor naturalidad que pude fingir.
—La luz está muy fea hoy.
Emma soltó una risa.
—Claro... La culpa es del sol.
Comenzó a caminar hacia el edificio y yo la seguí en silencio.
Por primera vez desde que empezó el semestre... No levanté la vista hacia la oficina del profesor Ferrer.
No quería saber si ya había llegado.
No quería encontrarlo. No quería volver a sentir aquella duda.
Entré al salón, ocupé mi asiento de siempre, abrí el cuaderno y respiré hondo.
Perfecto.
Todo iba a estar bien.
Cinco minutos después la puerta se abrió.No levanté la cabeza.
Escuché unos pasos. El sonido de una carpeta apoyándose sobre el escritorio.
El roce de la tiza contra el tablero.
Y, finalmente...
—Buenos días.
Su voz sonó exactamente igual que siempre.
Serena.
Tranquila.
Como si el jueves hubiera sido un día completamente normal.
Levanté la vista apenas un instante.
Ahí estaba.
Camisa blanca.
Mangas remangadas.
El reloj de siempre.
Ni una sola diferencia.
Sentí un alivio completamente absurdo.
Tal vez...
Tal vez de verdad me había imaginado todo. El profesor escribió una frase en el tablero.
"Las conductas repetidas construyen patrones."
Mi bolígrafo dejó de moverse.
No.
Era imposible.
Aquella frase no tenía nada que ver conmigo.
Era una clase. Solo una clase.
Comenzó a caminar lentamente entre las filas mientras hablaba.
—Cuando observamos una conducta aislada... es muy fácil equivocarnos.
Uno de los estudiantes levantó la mano.
—¿Por qué, profesor?
Él hizo una breve pausa antes de responder.
—Porque una sola conducta no define a una persona. En cambio, cuando esa conducta se repite una y otra vez... empieza a convertirse en un patrón.
Bajé la vista hacia mi cuaderno.
No podía ser.
No estaba hablando de mí.
No podía estar haciéndolo.
Continuó caminando con absoluta tranquilidad.
—Imaginen que todos los días encuentran a la misma persona en la cafetería. El primer día pensarán que fue casualidad.
Varios estudiantes asintieron.
—El segundo también. Quizá incluso el tercero. Pero si eso ocurre durante meses... ¿seguirían llamándolo casualidad?
El salón quedó completamente en silencio.
Yo también.
Sentía el corazón golpeándome el pecho.
Emma levantó la mano.
—Depende. Tal vez ambos toman café a la misma hora.
El profesor sonrió apenas.
—Exactamente. Puede ser una costumbre compartida... o puede significar otra cosa. La diferencia está en observar más, no en sacar conclusiones apresuradas.
Respiré despacio.
Muy despacio.
Claro.
Era una explicación general.
Una clase.
Solo una clase.
Entonces...
¿Por qué me sentía tan incómoda?
Cuando terminó la explicación, comenzó un ejercicio grupal.
Emma se inclinó hacia mí y bajó un poco la voz.
—¿Te pasa algo?
—No.
Ella miró mi cuaderno.
—Llevas diez minutos sin escribir.
Bajé la vista.
Tenía la misma frase escrita tres veces.
Ni siquiera me había dado cuenta.
Arranqué la hoja con disimulo.
—Estoy distraída.
—Eso ya lo noté.
Guardó silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—¿Tiene que ver con Ferrer?
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Últimamente reaccionas raro cuando él está cerca.
Negué demasiado rápido.
—No digas tonterías.
Emma apoyó un codo sobre la mesa.
—Entonces míralo.
Fruncí el ceño.
—¿Para qué?
—Porque llevas media clase evitando levantar la cabeza.
Sentí que acababa de descubrirme por completo.
No respondí.
El timbre sonó y todos comenzaron a guardar sus cosas.
Yo hice exactamente lo mismo.
Solo quería salir de allí.
Mientras metía el cuaderno dentro del bolso, escuché unos pasos detenerse junto a mi pupitre.
Levanté la vista.
Era él.
—Señorita Romero.
Tragué saliva.
—¿Sí, profesor?
Sostenía un libro entre las manos.
—La semana pasada mencionó que le interesaban los estudios sobre conducta no verbal.
Asentí.
Lo recordaba perfectamente.
Me tendió el libro.
—Creo que este podría gustarle.
Lo tomé con cuidado.
—Gracias.
Él hizo un leve movimiento con la cabeza.
—Devuélvamelo cuando lo termine.
Sonrió con la misma educación de siempre y continuó caminando hacia la puerta.
Eso fue todo.
Ni una palabra más.
Ni una mirada extraña.
Ni una insinuación.
Solo un libro.
Emma apareció casi de inmediato detrás de mí.
—¿Qué te dio?
Le mostré la portada.
Abrió mucho los ojos.
—¿Te prestó un libro?
—Sí.
—Qué suerte.
Ese hombre cuida esos libros como si fueran hijos.
Sonreí sin responder.
Guardé el ejemplar dentro del bolso y salimos del salón.
---
No fue hasta esa noche, cuando me senté sobre la cama para empezar a leer, que ocurrió algo extraño.
Abrí la primera página.
Había varias anotaciones escritas con lápiz en los márgenes.
Seguramente eran del profesor.
Seguí pasando hojas.
Subrayados. Pequeños comentarios. Observaciones breves.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que llegué a una página marcada con un viejo separador.
Una frase estaba subrayada.
"Quien dedica demasiado tiempo a observar a otros termina dejando al descubierto su propia conducta."
Me quedé completamente inmóvil.
La leí una segunda vez. Después una tercera sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
¿La habría subrayado él? ¿O el dueño anterior del libro?
No tenía forma de saberlo.
Cerré el ejemplar de golpe.
Después solté una pequeña risa.
—Ya basta, Julieta...
Era un libro.
Solo un libro.
Miles de personas podían haberlo leído antes.
No todo giraba alrededor de mí.
¿Verdad?
Lo dejé sobre la mesa de noche y apagué la lámpara. Pero, incluso con la habitación completamente a oscuras...
No pude dejar de pensar en aquella frase y, por primera vez desde que conocí al profesor Ferrer... Empecé a preguntarme si la persona que más estaba revelando sus secretos...
Era yo.