En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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LA PERFECCIÓN HECHA MUJER.
—Eres la perfección hecha mujer —murmuró él, separándose un poco para admirarla, recorriendo con su mirada cada curva, cada forma, cada rincón de su cuerpo desnudo—. Llevas en ti la fuerza de tu hermano, la sabiduría de tu cuñada, la magia de tu tierra… y llevas mi amor grabado en cada parte de tu ser. Eres el tesoro más grande de todos los reinos, y eres mía. Solo mía.
Sus manos grandes, expertas y cargadas de poder recorrieron cada centímetro de su piel, enviando escalofríos de placer y energía que la hacían estremecerse hasta los huesos. Conocía su cuerpo a la perfección, sabía exactamente dónde tocar, dónde acariciar, dónde presionar para hacerla perder la razón, y usaba todo ese conocimiento, todo ese amor, para hacerla sentir cosas que iban más allá de cualquier límite.
Le besó los labios, el cuello, los hombros, bajó por su pecho, tomando en su boca sus pechos firmes y redondos, haciéndola arquearse y gemir alto y claro, mientras la luz de sus marcas brillaba más fuerte con cada uno de sus movimientos. Bajó más, recorriendo su cintura, sus caderas, sus muslos, llegando hasta su centro, donde ella ya estaba húmeda, abierta y pidiéndolo con desesperación, ardiendo de deseo solo por él.
—Me encanta cómo te entregas a mí… —le decía él entre besos y susurros, usando su boca y su lengua para llevarla al límite una y otra vez, arrancándole gritos de placer que se mezclaban con la brisa que entraba por la ventana—. Me encanta saber que solo yo puedo hacerte sentir esto. Que solo yo soy tu dueño, tu amante, tu vida.
—¡Caelen! —gritó ella, perdida en el placer que crecía sin medida, agarrándose a él con fuerza, necesitando más, necesitándolo todo—… ¡por favor! ¡Entra en mí! ¡Lléname por completo! ¡Hazme tuya ahora y para siempre!
Él obedeció, pero lo hizo con la lentitud y la majestuosidad de un rey que toma lo que es suyo por derecho. Se colocó entre sus piernas abiertas, mirándola a los ojos con esa intensidad que la desarmaba por completo, y rozó su entrada con la punta dura, ardiente y palpitante de su miembro, haciéndola estremecerse de anticipación, disfrutando de ese momento de tensión perfecta.
—Escúchame bien, mi amor —le dijo él con voz profunda y vibrante, cargada de magia y promesas eternas—. Lo que somos tú y yo, lo que hemos construido, lo que hemos unido con Karim y Amara… es algo que nunca ha existido antes. Somos el equilibrio, somos la luz, somos la fuerza. Y este amor que nos tenemos es lo que nos hará ganar la guerra que se acerca. Porque mientras estemos juntos, nada podrá vencernos. Nada podrá apagarnos.
—Lo sé… —susurró ella, con lágrimas de felicidad en los ojos, abriendo sus brazos y sus piernas para recibirlo—… lo siento en cada parte de mi ser. Somos invencibles, mi amor. Porque somos uno solo.
Entonces, Caelen empujó despacio, profundo, llenándola por completo, uniéndolos en cuerpo, alma y magia, haciéndola suya de la forma más pura, más intensa y más eterna que existía. Ambos lanzaron un gemido largo y profundo de satisfacción y plenitud, un sonido que resonó en toda la habitación y que fue escuchado por la propia magia del palacio, que respondió con una ola de luz y calor.
Comenzó a moverse dentro de ella, con un ritmo que era una mezcla perfecta de fuerza y ternura, de posesión y adoración. Cada movimiento, cada embestida, cada roce, estaba cargado de significado: su amor por ella, su gratitud, la familia que habían encontrado, el futuro que iban a construir. La luz blanca brillante estalló a su alrededor, envolviéndolos en una burbuja de energía pura que conectaba con las magias de Al-Jazair y Zoraya, creando un escudo de poder indestructible.
La amó de mil formas distintas durante toda la noche: despacio, saboreando cada instante, cada gemido, cada mirada; rápido y profundo, golpeando contra sus límites, haciéndola gritar de placer y pertenencia; suave y tierno, hablándole de Karim y Amara, de la confianza que tenían en ellos, de la batalla que se acercaba y de la victoria que ya sentían suya.
—Tu hermano es un gran hombre… —le decía él mientras la llenaba una y otra vez, acercándola al borde del clímax—… y tu cuñada es una mujer sabia y poderosa. Juntos, los cuatro, somos todo lo que el mundo necesita. Pero tú y yo… tú y yo somos el corazón de todo. Sin nosotros, nada tendría sentido.
—¡Sí! —gritaba ella, perdiéndose en el placer absoluto, sintiendo cómo su propio poder también crecía y brillaba con fuerza descomunal, fundiéndose con el de él hasta ser indistinguibles—… ¡Somos el corazón, el alma y la luz de todo! ¡Te amo, Caelen! ¡Te amo con todo lo que soy!
Cuando finalmente estallaron juntos, llegando al clímax en una explosión de sensaciones, luz y magia tan grande que hizo vibrar todo el palacio suavemente, se quedaron abrazados, temblando, bañados en sudor y luz, respirando agitadamente, mirándose a los ojos con una comprensión y una felicidad que no cabía en sus pechos.
Caelen se recostó a su lado, arrastrándola para que reposara su cabeza sobre su pecho brillante, y acarició su cabello con suavidad, mirando hacia la ventana donde empezaba a despuntar un nuevo día, un día lleno de esperanza, de fuerza y de futuro.
—Ya estamos completos, mi amor —dijo él en voz baja, llena de determinación y amor—. Las tres grandes casas están unidas. La profecía se ha cumplido. Ahora, solo queda una cosa por hacer: ir a buscar a Malakor. Ir a acabar con la oscuridad para siempre. Y cuando lo hagamos, cuando la luz reine de nuevo en todo el mundo… entonces, por fin, podremos vivir en paz, y gobernar este nuevo mundo junto a tu hermano y tu cuñada, como reyes y reinas que hemos salvado todo lo que existe.
Layla sonrió, cerrando los ojos, sintiéndose completa, segura y poderosa. Tenía a su amor, tenía a su familia, tenía todo el poder de las antiguas estirpes a su disposición. Y sabía, con una certeza absoluta, que pase lo que pase, ganarían. Porque el amor, la luz y la unión siempre son más fuertes que cualquier oscuridad.