Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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Plan en marcha
Las festividades en la ciudad habían empezado, pero en la casa Villarreal esa alegría no se sentía. En el despacho de su lujosa mansión se encontraba Leonardo Villarreal; sus ojos, inyectados en sangre, no dejaban de mirar el documento impreso que sostenía entre las manos temblorosas.
—Esto no puede estar pasando —susurró, con la voz ahogada por la frustración.
Su fiel abogado se encontraba frente a él, con una mirada llena de preocupación y lástima fija en su jefe.
—Lo siento, señor. Pero los cálculos son correctos —explicó Felipe, con la voz apagada—. Ese inversionista fantasma nos estafó y se llevó todo el capital... Además, los bancos nos congelaron las cuentas por presuntas malversaciones de fondos.
—¿Qué podemos hacer? —Leonardo se puso de pie, desesperado, pasando una mano por su cabello—. Debemos solucionar este asunto lo más pronto posible.
Si la situación no se resolvía con prontitud, todo su patrimonio familiar se esfumaría y él terminaría en prisión. El mundo se le venía abajo y, lo peor de todo, es que estaba de manos atadas. Su única salida era que el estafador apareciera por arte de magia, o que un milagro inyectara un capital masivo a su empresa.
Un milagro que, en su mundo, siempre tenía un precio muy alto.
Al otro lado de la ciudad, la realidad era completamente distinta. Allí se encontraba la hermosa Isabel Villarreal. Una joven alegre y, esa noche en especial, sus ojos color miel brillaban con fuerza. Su cabello dorado y piel clara atraían las miradas de muchos; sin embargo, ella solo tenía ojos para el hombre sentado frente a ella: Fabián Vargas. Con su cabello negro, ojos oscuros y un porte sofisticado, Fabián poseía un encanto natural que cautivaba a cualquiera. Aunque, para nadie era un secreto el interés que existía entre ambos, y aunque su relación se mantenía bajo la etiqueta de una estrecha amistad, él estaba listo para dar el siguiente paso.
—Te ves especialmente hermosa esta noche —dijo Fabián, con un brillo intenso en la mirada.
—Gracias —susurró Isabel, ruborizándose mostrando una sonrisa tímida.
—Quiero que me acompañes a un lugar que preparé solo para los dos —indicó él, poniéndose de pie.
El restaurante cinco estrellas donde Fabián había iniciado su plan de conquista le había quedado pequeño, ya que él quería que la velada fuera inolvidable, sin imaginarse que, a la distancia, unos ojos profundos como la noche más oscura los observaban de manera inexpresiva.
—Todo está listo, jefe. Es hora del espectáculo —un hombre alto y fornido se acercó al desconocido. Su semblante era tan implacable que infundía temor con solo mirarlo.
—Entonces no hagamos esperar más a nuestros amigos —una sonrisa gélida se dibujó en los labios del misterioso hombre—. ¿La sorpresa para Vargas está lista? —preguntó, deteniéndose un instante.
—Así es, señor. Su noche se arruinará por completo y no habrá manera de que la señorita Villarreal lo perdone después de esto.
Mientras tanto, el silencio en el despacho de Leonardo Villarreal se vio abruptamente interrumpido por el sonido del intercomunicador. La voz temblorosa de su secretaria rompió la densa neblina de desesperación que llenaba la habitación.
—Señor Villarreal... disculpe la interrupción, pero hay un hombre abajo. Exige verlo inmediatamente. Dice que tiene la solución a su problema financiero.
Leonardo y Felipe se miraron, compartiendo una mezcla de desconfianza y una desesperada luz de esperanza.
—Déjalo subir —ordenó Leonardo, enderezándose el saco y tratando de recomponer su fachada de hombre de negocios.
Segundos después, las pesadas puertas de madera del despacho se abrieron de par en par. Gael Sotomayor entró al lugar. Su imponente figura y la frialdad de su mirada congelaron el ambiente de inmediato. No tenía la actitud de un visitante, sino la de un conquistador que llegaba a reclamar un territorio ya vencido.
—Señor Villarreal —saludó Gael con una voz grave, profunda, que resonó en las paredes del despacho. No extendió la mano—. Sé exactamente en el agujero en el que está metido. Y sé que mañana a primera hora su nombre estará en las portadas de los periódicos y sus manos engrilladas.
Leonardo palideció, sintiendo cómo el poco aire que le quedaba en los pulmones se evaporaba.
—¿Quién es usted? —logró articular, apoyando las manos en su escritorio para no tambalearse—. ¿Cómo sabe...?
—Eso no importa —interrumpió Gael, caminando con total tranquilidad, derramando un aire de frialdad aterrador, sus pasos se detuvieron frente al gran ventanal, dándoles la espalda con una confianza absoluta—. Lo que importa es que soy el único hombre sobre la tierra dispuesto a comprar su deuda millonaria, limpiar el nombre de su empresa y retirar los cargos de malversación antes de que los fiscales toquen su puerta. Soy su único milagro, Villarreal.
Leonardo sintió que el corazón le daba un vuelco. Era una propuesta demasiado buena para ser real.
—¿Qué quiere a cambio? —preguntó Felipe, el abogado, interviniendo con suspicacia—. Nadie regala una fortuna de esa magnitud por benevolencia. ¿Qué porcentaje de las acciones de la empresa busca?
Gael se dio la vuelta lentamente. Una sonrisa de medio lado, carente de cualquier rastro de calidez, se dibujó en su rostro. Miró fijamente a Leonardo, clavando sus ojos oscuros en el anciano empresario.
—No me interesan sus acciones, caballero. Las empresas Villarreal no son más que un cascarón vacío en este momento —sentenció Gael, dando un par de pasos firmes hacia el escritorio—. Yo no vine a negociar por dinero. Vine por algo de igual valor.
—Hable de una vez —exigió Leonardo, sintiendo un frío presentimiento recorrerle la espina dorsal.
Gael apoyó ambas manos sobre el escritorio de caoba, inclinándose ligeramente hacia él. La estocada final estaba lista.
—Quiero a su hija, Isabel —soltó Gael, con una frialdad matemática—. Firmaré el rescate financiero de su familia el mismo día en que Isabel Villarreal firme el acta de matrimonio que la convierta en mi esposa.
Leonardo y Felipe quedaron en shock, sus miradas se cruzaron mostrando un rastro de incredulidad.