Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
NovelToon tiene autorización de luana figueroa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Solo nosotros dos Capítulo 2: El hogar que empezamos a construir
Pasaron tres días hasta que Mateo recibió el mensaje. No era nada exagerado, solo un saludo sencillo: «Hola, soy Lucas. Espero que no te hayas mojado mucho la otra tarde». Pero al leerlo, el corazón le dio un vuelco tan fuerte que tuvo que sentarse en el borde de su cama.
Se escribieron toda la semana. Descubrieron que tenían más cosas en común de las que podían imaginar: a los dos les encantaba el mate amargo, odiaban las películas con finales tristes, y les gustaba caminar por la rambla de Montevideo al atardecer, cuando el sol tiñe el río de naranja y violeta. Lucas nunca le hizo preguntas incómodas sobre su cuerpo ni su pasado; si Mateo quería contar algo, lo escuchaba con toda la atención del mundo, y si no, hablaban de cualquier otra cosa como si fuera lo más natural del mundo.
El primer encuentro formal fue en una cafetería pequeña cerca del Parque Rodó. Cuando Mateo lo vio llegar, con esa camisa azul que le quedaba tan bien y esa sonrisa que parecía iluminar todo el lugar, sintió que se le quitaba el peso de encima que llevaba años cargando. No tuvo que explicar quién era, ni defenderse, ni esperar que lo entendieran mal: Lucas lo miraba a él, solo a él.
Meses después, esa tarde de primavera, estaban sentados en el suelo de la sala de lo que sería su primer departamento juntos. Las cajas de mudanza todavía estaban por todos lados, y por la ventana entraba el aire fresco con olor a jazmín. Lucas acababa de colgar un cuadro que Mateo había dibujado: dos siluetas frente al mar, mirando hacia el horizonte.
—¿Te gusta así? —preguntó, acercándose para abrazarlo por la espalda.
Mateo se recostó contra su pecho, cerrando los ojos.
—Me gusta todo. Todo esto contigo.
Hacía tiempo que sentía ganas de decirle lo que llevaba guardado en el corazón, pero el miedo lo frenaba. Ese día, por fin, respiró hondo y se dio vuelta para mirarlo a los ojos.
—Lucas… hay algo que nunca me atreví a decir en voz alta, ni siquiera conmigo mismo. Desde que era chico, cuando soñaba con mi futuro, siempre me veía siendo papá. Pero pensé que era algo que no podía pasarme a mí, que la vida no me daría esa oportunidad.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y Lucas le acarició la mejilla con suavidad.
—¿Y ahora? —le preguntó muy bajito.
—Ahora… ahora te tengo a ti. Y he leído mucho, he hablado con médicos… sé que es posible. Yo puedo llevar nuestro bebé. Si tú quieres.
Se hizo un silencio breve, y Mateo sintió que el pecho se le apretaba. Pero entonces Lucas lo abrazó con todas sus fuerzas, tan fuerte que casi le quita el aire, y cuando lo separó un poco, sus ojos también estaban brillantes.
—¿Que si quiero? —dijo con la voz temblorosa—. Mateo, yo lo quiero todo contigo. Una casa, una vida, un hijo… todo lo que quieras construir juntos. No importa cómo llegue, no importa lo que digan los demás. Seremos papás, tú y yo.
Esa noche se quedaron abrazados en el suelo, entre las cajas sin abrir, hablando de cómo sería: si tendría los ojos marrones de Lucas o el pelo oscuro de Mateo, si le gustaría el fútbol o los dibujos, qué nombre le pondrían. Mateo sintió que por primera vez en su vida no tenía miedo al futuro. Sabía que no sería fácil: habría miradas raras, comentarios que dolerían, obstáculos que sortear. Pero mientras estuvieran juntos, todo sería posible. Porque al final, su familia no tenía que parecerse a ninguna otra: solo tenía que ser suya. Solo nosotros dos.