Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 15: LA ESTRATEGIA DEL DESEO
Chloe Bennett
El espejo del baño principal de la suite del hotel de lujo en Ginebra reflejaba a una mujer que apenas lograba reconocer. El vestido de satén azul medianoche que Nicolas había seleccionado para mí se amoldaba a mi cuerpo como una caricia líquida.
Tenía un escote sutil pero peligrosamente sugerente, y el corte de la falda incluía una abertura lateral que exponía la línea de mi muslo izquierdo con cada paso que daba. El encaje negro que llevaba debajo, el mismo que había desatado la tormenta en el vestidor horas antes, me quemaba la piel con el recuerdo de sus manos grandes y sus labios posesivos.
Me solté el cabello rubio, dejándolo caer en ondas suaves sobre mis hombros, y me apliqué un labial de un rojo encendido que contrastaba con la palidez de mi piel. Me veía elegante, sexy y sumamente bonita, pero por dentro era un manojo de nervios.
El beso de Nicolas en la tienda de alta costura había cambiado las reglas del juego. Ya no era solo su asistente; era la mujer a la que él deseaba con una intensidad animal, y la línea que nos separaba se había vuelto tan delgada como el hilo de mi vestido.
"Concéntrate, Chloe" me ordené a mí misma, apretando los puño. "Esta noche es vital para la corporación. No puedes fallar."
Tomé el pequeño bolso de mano donde guardaba las notas confidenciales y salí a la sala de la suite.
Nicolas ya estaba esperándome de pie junto a la puerta principal. Al verlo, el aire se me escapó de los pulmones. Para la cena de negocios de esta noche, se había vestido con un impecable traje de tres piezas de un profundo color azul marino.
El chaleco ceñía su torso hercúleo con una precisión implacable, la corbata de seda a juego estaba sujeta por un pasador de plata y el pañuelo blanco en el bolsillo del saco terminaba de armar la imagen de un hombre poderosamente sexy y peligroso. Tenía la mandíbula sombreada por esa barba de dos días que le daba un aire de absoluta masculinidad.
Cuando sus ojos claros se clavaron en mí, el despacho entero pareció reducirse. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud exasperante, deteniéndose en la abertura de mi falda y luego en mis labios pintados de rojo. Su mirada se oscureció instantáneamente, cargada de una posesividad que me hizo humedecer la lencería al instante.
—Está espectacular, señorita Bennett —su voz profunda, ese barítono ronco que me dominaba, vibró en el espacio—. Casi lamento tener que compartir su presencia con los inversionistas esta noche. Caminemos.
Bajamos al estacionamiento en un silencio cargado de electricidad y nos subimos al asiento trasero del coche oficial de la empresa. El trayecto hacia el exclusivo restaurante a orillas del lago Lemán duró unos veinte minutos, tiempo que aprovechamos para repasar de forma estricta todos los temas que debíamos abarcar en la reunión.
—Los delegados del consorcio ruso son hombres difíciles, Chloe —explicó Nicolas, inclinándose hacia mí en la penumbra del coche, su hombro rozando el mío, desprendiendo ese aroma a sándalo y tabaco costoso que me volvía loca—. Van a intentar presionarnos con los márgenes de exportación en los puertos del Báltico. Necesito que traduzcas cada palabra con precisión matemática y que captes cualquier murmullo que hagan entre ellos. No podemos ceder ni un uno por ciento.
—He memorizado los informes de las filiales de San Petersburgo, señor Donovan —respondí, abriendo la carpeta sobre mis piernas, intentando que mi voz sonara profesional a pesar de la cercanía de su cuerpo—. Sus activos están congelados en un doce por ciento debido a las nuevas regulaciones europeas. Esa es nuestra mayor ventaja. Podemos ofrecerles la ruta alternativa por los puertos del sur si aceptan nuestras condiciones de exclusividad.
Nicolas sonrió, una sonrisa de medio lado, letal y sumamente atractiva, mientras apoyaba su mano grande sobre el respaldo de mi asiento, a milímetros de mi cuello.
—Excelente. Eres sumamente inteligente, Bennett. Eso es lo que más me gusta de ti —susurró cerca de mi oído, provocando que un escalofrío ardiente me recorriera la espina dorsal.
Al llegar al lugar, fuimos escoltados de inmediato a un salón privado decorado con maderas nobles y lámparas de cristal. Los tres representantes rusos ya nos esperaban allí. Eran hombres corpulentos, vestidos con trajes oscuros y expresiones severas.
El líder del grupo, un hombre de unos cincuenta años llamado Dimitri Volkov, se puso de pie para saludarnos, pero sus ojos no se dirigieron a Nicolas, sino que se clavaron directamente en mí con una fijeza lasciva que me incomodó de inmediato.
Nos sentamos a la mesa y comenzó la cena. Durante las siguientes dos horas, el ambiente se transformó en un campo de batalla diplomático. Hablamos de cifras, rutas de comercio y aranceles mientras los camareros servían platos de alta cocina y copas de vino costoso.
Yo me encargué de traducir cada propuesta, manteniendo la cabeza fría y demostrando un dominio absoluto del lenguaje técnico legal en ruso. Las propuestas de Nicolas eran agresivas, astutas y sumamente tentadoras para el consorcio.
—Si firmamos este acuerdo antes de la cumbre de mañana, la Corporación Donovan garantizará el flujo de capitales en menos de setenta y dos horas —declaró Nicolas, sosteniendo la mirada de Dimitri con una autoridad implacable.
Dimitri intercambió miradas con sus socios, murmurando algo en su idioma nativo que yo capté de inmediato: «El americano nos tiene acorralados, pero la mujer que trae es un deleite. Vale la pena aceptar solo por verla una hora más»..
Disimulé la náusea que me provocaron sus palabras y le traduje a Nicolas únicamente la parte corporativa. Tras unos minutos de intensa deliberación, los rusos cedieron. Las condiciones eran perfectas. Hacemos negocios. Dimitri alzó su copa de vodka, sellando el trato con una sonrisa satisfecha.
—Un placer hacer negocios con usted, señor Donovan. Y debo felicitarlo, su asistente no solo es brillante, sino la mujer más hermosa que he visto en toda Europa —dijo Dimitri, sin apartar los ojos de mi escote.
Nicolas apretó la copa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos bajo la luz de la lámpara. Su mandíbula se tensó de una manera peligrosa.
—La señorita Bennett es la mejor en su campo, Volkov. Y su valor para mi empresa es incalculable —respondió Nicolas con un tono gélido, marcando territorio de forma evidente.
Sintiendo la densidad de la atmósfera y la necesidad urgente de apartarme de las miradas de esos hombres, me disculpé educadamente.
—Con su permiso, señores. Me apartaré un momento al baño —dije en ruso, poniéndome de pie.
Nicolas me siguió con la mirada mientras salía del salón privado. Caminé por el pasillo alfombrado del restaurante, iluminado con una luz tenue, buscando el área de los sanitarios. El lugar estaba apartado, lejos del bullicio de las mesas principales, lo que garantizaba una privacidad absoluta.
Entré al baño, me apoyé en el lavamanos de mármol y suspiré con alivio, refrescándome el rostro con un poco de agua. El trato estaba cerrado, todo había salido a la perfección, pero la tensión sexual con Nicolas y la presión de la reunión me tenían exhausta.
Me retoqué el labial rojo, me acomodé el vestido de satén azul y salí del baño listo para regresar al salón.
Sin embargo, al dar un paso hacia el pasillo exterior, una silueta alta y corpulenta me cortó el paso de golpe. Era uno de los socios menores de Dimitri, un hombre ruso de unos treinta y cinco años, de cabello rubio platino y ojos inyectados en sangre por el alcohol que había consumido durante la cena. Se llamaba Alexei.
—Vaya, vaya... la hermosa traductora —dijo Alexei en un inglés arrastrado, con una sonrisa torcida y peligrosa—. Te estuve observando toda la noche, preciosa. Eres demasiado perfecta para estar perdiendo el tiempo tomando notas para ese viejo americano.
Intenté mantener la calma, adoptando mi postura más profesional y distante, aunque el corazón comenzó a latirme con fuerza en el pecho.
—Con permiso, señor. Debo regresar a la mesa con el señor Donovan —dije, intentando rodearlo por la derecha.
Alexei dio un paso rápido, bloqueándome el camino una vez más y apoyando su mano pesada contra la pared, acorralándome en el estrecho pasillo. El olor a alcohol y tabaco que desprendía era nauseabundo.
—No tengas tanta prisa, muñeca —comenzó a coquetear, estirando los dedos para intentar tocar un mechón de mi cabello rubio—. En Rusia sabemos cómo tratar a las mujeres como tú. Si vienes conmigo a mi suite esta noche, puedo ofrecerte el triple de lo que te paga Donovan. Un cuerpo como el tuyo no debería estar escondido detrás de un escritorio.
—Le prohibo que me toque —le espeté con firmeza, apartando su mano de un manotazo, con los ojos verdes encendidos de rabia—. Quítese de mi camino ahora mismo o causaré un escándalo...
Al notar que no le hacía caso y ante mi absoluto rechazo, la expresión de Alexei se transformó de una lascivia burlona a una furia violenta. Sus ojos se entrecerraron con maldad.
—¿Te crees muy digna, perra? —rugió en ruso.
Antes de que pudiera gritar o reaccionar, Alexei se lanzó sobre mí con una fuerza descomunal. Me tomó por la fuerza, aprisionando mis dos muñecas con una sola de sus manos gigantescas y estallando mi espalda contra la pared de madera del pasillo con un golpe seco que me sacó el aire de los pulmones. Con su otro brazo, me rodeó la cintura, aplastando su pesado cuerpo contra el mío, intentando propagarse conmigo mientras enterraba su rostro en mi cuello, buscando mi boca de forma salvaje y asquerosa.
—¡Suélteme! ¡Déjeme ir, maldito animal! —grité con todas mis fuerzas, intentando mover las piernas, pero la abertura de mi vestido azul solo facilitaba que él metiera su rodilla entre mis muslos, inmovilizándome por completo—. ¡Ayuda!
—Cállate si no quieres que te rompa la cara —amenazó Alexei contra mi oído, jadeando, mientras sus dedos asquerosos comenzaban a tirar con violencia de la parte superior de mi vestido de satén, desgarrando sutilmente la tela en un intento desesperado por tocar mis senos. El pánico me nubló la vista por completo mientras luchaba inútilmente contra su fuerza bruteza en la oscuridad del pasillo aislado.