Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 6
Camila
Volver al país se sintió distinto.
No porque el aeropuerto hubiera cambiado ni porque la ciudad me recibiera con fuegos artificiales, sino porque yo ya no era la misma mujer que se había ido huyendo con el corazón hecho pedazos.
Estaba cansada, sí.
Pero también estaba enfocada.
Mis padres me esperaban en casa. Apenas crucé la puerta, mi madre me abrazó con fuerza, como si pudiera recomponerme con solo apretarme contra su pecho. Mi padre, en cambio, me observó en silencio durante unos segundos, evaluando daños.
—Ahora sí, habla —dijo finalmente—. ¿Qué pasó?
Me senté frente a ellos y lo conté todo. Sin adornos, sin lágrimas innecesarias. Sebastián, Marina, la secretaria, la traición triple. Cuando terminé, el silencio fue tan pesado que casi dolía.
—A mí me dan ganas de matar a ese infeliz —dijo mi padre, levantándose del sillón—. Te juro que si lo veo…
—Papá —lo interrumpí, conteniendo una sonrisa—. No vale la pena ir a prisión por alguien como él.
Mi madre negó con la cabeza, indignada.
—Y tu prima… esa siempre fue fácil y envidiosa —sentenció—. Pero meterse con dos mujeres al mismo tiempo… ese hombre no tiene ningún respeto.
Asentí. No necesitaba que me dijeran que yo tenía razón; necesitaba sentir que no estaba sola. Y lo sentí. Ese apoyo silencioso, firme, incondicional.
—Gracias —dije simplemente.
Esa misma noche les conté que ya había arrendado un apartamento. No quería ser una carga ni retroceder a una versión de mí que ya no existía.
—Está cerca de la oficina —les expliqué—. Puedo ir caminando. Hay un parque cerca, dos habitaciones, tres baños… es cómodo para lo que necesito.
—Puedes quedarte aquí —insistió mi madre—. Esta siempre será tu casa.
—Lo sé —respondí—. Pero necesito mi espacio. Mi orden. Mi ritmo.
No discutieron más. Mis padres siempre supieron cuándo dejarme ser.
Al día siguiente llegué al apartamento con una sensación extraña de inicio y cierre al mismo tiempo. Era luminoso, sobrio, funcional. Exactamente como yo quería. Dejé las cajas sin desempacar; eso podía esperar. Lo urgente era otra cosa.
Encendí el portátil y abrí la convocatoria interna: Jefe de Finanzas y Estrategia.
Sonreí.
Me postulé sin dudarlo. Quería ver la cara de Sebastián cuando apareciera mi nombre en la lista. Quería verlo sudar. Quería obligarlo a competir conmigo en igualdad de condiciones… aunque sabía que no sería así.
Lina, su secretaria, iba a conseguirle las pruebas antes que a nadie. Lo sabía. Siempre encontraba la manera de adelantarse. Así que yo debía hacer algo más inteligente.
No eliminar el juego.
Cambiar las reglas.
El acceso a las pruebas dependía de Recursos Humanos. Y Recursos Humanos dependía, indirectamente, de mi área. Sonreí otra vez.
Tomé el teléfono.
—Alejandra —dije cuando mi secretaria contestó—. Necesito que hagas algo por mí. Algo discreto.
—Dime.
—Quiero saber cómo están manejando las pruebas del proceso interno. Quién las imprime, quién las entrega, quién controla los tiempos.
Hubo un breve silencio.
—¿Quieres que…?
—Quiero que observes —la interrumpí—. Nada más. Por ahora.
Alejandra era eficiente, silenciosa y leal. Justo lo que necesitaba. Si lograba que a Sebastián le llegara una prueba incorrecta, no una falsa evidente, sino una sutilmente equivocada… él mismo se encargaría de destruir su candidatura.
Yo solo tenía que empujar la primera ficha.
Estaba organizando ideas, haciendo anotaciones, cuando escuché un ruido.
La cerradura.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Tomé el sartén más cercano de la cocina, sentí el frío del metal en la mano y avancé con cuidado. Nadie debía estar allí. Nadie tenía llaves.
Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo. De alerta.
Abrí la puerta de golpe.
Y me quedé completamente inmóvil.
El mundo pareció detenerse por un segundo.
El aire se volvió espeso.
Mi mano aferró el sartén con fuerza… mientras mis ojos se abrían, incrédulos.
Porque la última persona que esperaba ver ahí, estaba frente a mí.