Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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Primera protección.
El peligro no llegó con trompetas ni anuncios solemnes, ni con ejércitos marchando al son de tambores de guerra. Llegó como llegan casi siempre las peores amenazas contra los seres antiguos: en silencio, bajo la protección de las sombras profundas de la noche, aprovechando que la seguridad del palacio de Macedonia se basaba en la confianza absoluta en su propia fuerza y en la creencia de que nadie se atrevería jamás a atacar el hogar de la estirpe real. Pero esa noche, las sombras no eran solo rincones oscuros ni ausencia de luz; esa noche, las sombras tenían forma, voluntad y una sed de sangre antigua y poderosa que llevaba siglos acumulándose.
Eran los Cazadores de la Noche, una facción de seres renegados que habían roto todo vínculo con sus orígenes, que despreciaban las reglas, la nobleza y el orden establecido, y que vivían al margen, alimentándose de lo que podían y odiando con ferocidad a quienes conservaban la sangre pura y el poder verdadero. Sabían de la debilidad de Lixandro. Lo sabían desde hacía años, desde que espías y rumores habían llevado la noticia a los rincones más bajos del reino: el príncipe heredero, el hombre con más magia en las venas, estaba atado a un cuerpo que no le obedecía, que se rompía con facilidad, que no podía luchar ni defenderse con la fuerza que su posición requería. Y sabían algo más: que en ese momento, en el ala este, estaban los tres trillizos, los niños que según las leyendas antiguas habían nacido con dones únicos, cuya sangre valía más que todos los tesoros del mundo, porque al beberla o tomarla, cualquiera podía apropiarse de esa magia transformada y extraordinaria que corría por sus venas.
Habían esperado el momento perfecto. Una noche de luna nueva, cuando la oscuridad era total, cuando los guardias estaban en sus puestos más lejanos, cuando todo el palacio dormía confiado. Se deslizaron por los muros como si no tuvieran peso, atravesaron cerraduras mágicas que habrían detenido a cualquier otro enemigo, y llegaron al gran pasillo que separaba las habitaciones de los niños de los aposentos del príncipe. Eran cuatro, altos, envueltos en túnicas negras que absorbían cualquier rastro de luz, con rostros cubiertos y ojos brillantes de codicia y malicia. Llevaban armas antiguas, hechas de metales que quemaban la piel de su estirpe, y venenos que paralizaban incluso a los inmortales.
Pero no contaban con una variable que no estaba en sus planes, un elemento nuevo que nadie había tenido en cuenta al calcular el riesgo: Zamira.
Ella estaba despierta. Desde que había descubierto la verdad sobre ellos, sobre su naturaleza, sus poderes y sus debilidades, su mente —y con ella, la IA-Z que vivía en su interior— funcionaba como un sistema de alerta activo las veinticuatro horas del día. Dormía con la mitad de su conciencia vigilando, analizando cada sonido, cada cambio en el aire, cada variación en la energía que fluía por el palacio. Y esa noche, segundos antes de que los intrusos aparecieran, sintió algo que no encajaba. No fue un presentimiento, ni magia, ni instinto: fue pura lógica y percepción. Detectó el cambio en la presión del aire, el silencio repentino de los insectos y criaturas nocturnas, el movimiento sutil de las corrientes de aire que no seguían los patrones habituales, y esa vibración específica que producían las armas cargadas de energía oscura.
Se levantó de un salto, ya completamente vestida y alerta, y en ese mismo instante, las puertas de las habitaciones de los niños se abrieron de golpe.
—¡Rápido! ¡Vengan aquí, ahora mismo! —gritó Zamira, con una voz cortante, firme y autoritaria que cortó el aire como una espada.
Lixan, Lucian y Luciana salieron corriendo, despiertos de golpe por el ruido y la sensación de peligro que sus propios poderes les hacían sentir. Se quedaron paralizados al ver a los hombres que avanzaban hacia ellos, sonriendo bajo sus capuchas, con las armas desenvainadas brillando con una luz verdosa y tóxica. Eran niños, sí, y tenían poderes increíbles, pero no sabían usarlos en situaciones de combate, no estaban entrenados para luchar, y ante la presencia de amenaza real, su primera reacción fue el miedo y la confusión.
—¡Qué bonitos y valiosos son! —dijo uno de los intrusos, con una voz áspera y llena de codicia—. La sangre de estos tres nos dará poder para gobernar durante siglos. Y al príncipe… lo dejaremos morir lentamente, para que aprenda lo que pasa cuando los fuertes se vuelven débiles.
Avanzaron más rápido, listos para lanzarse sobre ellos. Lucian, impulsado por su velocidad, intentó correr hacia ellos, pero Zamira se interpuso en su camino con un movimiento tan rápido y preciso que ni siquiera él pudo seguirlo, lo agarró del brazo y lo empujó detrás de sí, colocándose entre los niños y los atacantes como una barrera inamovible.
—Quédense atrás, agáchense y no se muevan hasta que yo lo diga —ordenó, y en sus ojos no había miedo, ni duda, ni ninguna emoción que pudieran aprovechar. Había cálculo. Estrategia. Control absoluto.
Los intrusos se rieron con desprecio al verla. Para ellos, ella no era nada: una mujer humana, frágil, sin magia, sin fuerza, sin armas. Un estorbo insignificante que apartarían de un solo golpe.
—Quítate, pequeña —dijo otro de ellos, levantando su espada—. No queremos hacerte daño, pero si te interpones, te cortaremos en dos sin dudarlo.
—No van a tocar a ninguno de ellos —respondió Zamira con calma, y mientras hablaba, su mente procesaba a toda velocidad: distancias, ángulos de ataque, puntos débiles en la armadura y la postura de ellos, velocidad de reacción, trayectorias posibles. Conocía la anatomía de esa especie, sus puntos vulnerables, cómo se movían, dónde eran lentos, dónde confiaban demasiado en su fuerza sobrenatural y descuidaban la técnica. Sabía todo eso porque lo había estudiado, lo había analizado y lo había almacenado en su mente igual que cualquier otro dato.
El primero de los atacantes se lanzó hacia ella, golpeando con su espada en un movimiento rápido y violento, seguro de que la partiría en dos. Pero para Zamira, ese movimiento era lento. Demasiado lento. Ella veía el golpe venir antes de que el hombre siquiera hubiera empezado a mover el brazo. Calculó la trayectoria, el punto de impacto, el retroceso. Se desvió hacia un lado con un paso corto y exacto, agarró la muñeca del hombre con una fuerza sorprendente y, aprovechando su propio impulso, lo giró y lo lanzó contra la pared con una técnica de defensa personal que había aprendido y perfeccionado en su vida anterior, diseñada precisamente para vencer a quienes tenían mucha más fuerza física.
El hombre golpeó con un crujido fuerte y cayó al suelo, aturdido y con el brazo fuera de su lugar. Los otros tres se detuvieron, sorprendidos, y por primera vez dejaron de sonreír.
—¿Qué… qué es esto? —murmuró el segundo, lanzándose ahora con más cuidado, más rabia, atacando con dos golpes cruzados a la vez.
Zamira se movía entre ellos como si bailara, pero cada movimiento tenía un propósito, una función, una lógica perfecta. Esquivaba los golpes milimétricamente, sin perder el equilibrio ni un solo segundo, golpeaba en los puntos exactos donde sus cuerpos antiguos eran sensibles, usaba su propio peso y la fuerza de ellos mismos contra ellos, bloqueaba, desviaba, desequilibraba. No luchaba con fuerza bruta, porque sabía que nunca podría ganar en eso; luchaba con física, con mecánica, con conocimiento de causa y efecto.
Los niños miraban con la boca abierta, sin creer lo que veían. Esa mujer que les enseñaba matemáticas y reglas de conducta, que les hablaba con suavidad y firmeza, ahora se enfrentaba a cuatro monstruos renegados y los estaba venciendo, uno tras otro, con una precisión y una habilidad que nadie en el palacio había demostrado nunca. Lixan, con su mente analítica activa, veía cada movimiento, cada cálculo, cada decisión que ella tomaba en fracciones de segundo, y entendía, con una admiración inmensa, que ella estaba haciendo lo mismo que hacía él con las ideas: estaba calculando cada golpe, cada riesgo, cada solución posible antes de que ocurriera.
En medio de la pelea, las puertas del pasillo principal se abrieron de golpe. Allí estaba Lixandro, llegando arrastrando los pies, con el rostro pálido y sudoroso por el esfuerzo de correr, con una espada antigua en la mano que apenas podía levantar, con la respiración entrecortada por el dolor que cada paso le causaba. Había sentido la presencia de los intrusos, había escuchado el ruido, y aunque su cuerpo le gritaba que se detuviera, su corazón de padre y de príncipe lo había empujado a salir, dispuesto a morir si era necesario para proteger a los suyos.
—¡Alto! —gritó con voz ronca, levantando el arma con dificultad, dispuesto a interponerse aunque sabía que no tenía ninguna posibilidad contra cuatro enemigos fuertes y sanos.
Pero entonces se detuvo. Se quedó inmóvil, con la espada temblando en su mano, con los ojos muy abiertos, viendo lo que estaba pasando frente a él.
Zamira acababa de derribar al último de los atacantes, golpeándolo con una lámpara pesada en el punto exacto donde el cuello se unía al hombro, dejándolo inconsciente en el suelo. Se quedó de pie en medio del pasillo, respirando con calma, sin un rasguño, sin un pelo fuera de lugar, mirando a los hombres caídos con la misma expresión tranquila con la que corregía una tarea escolar. Luego se giró, corrió hacia los niños para revisar que estuvieran bien, los abrazó rápido y se aseguró de que no tuvieran ni un rasguño, antes de caminar hacia donde estaba él.
Lixandro no podía hablar. Su mente, siempre tan rápida y brillante, estaba bloqueada, llena de pensamientos y sensaciones que no lograba ordenar. Él, que era el príncipe, el dueño de aquel lugar, el ser más antiguo y poderoso de todos, había llegado allí sintiéndose inútil, sabiendo que solo podía ofrecer su vida inútilmente. Y ella… ella, que él había contratado como cuidadora, como tutora, como alguien que solo debía enseñar modales y conocimientos… ella había hecho lo que él no podía. Ella había detectado el peligro, había enfrentado a los enemigos, había derrotado a cuatro renegados peligrosos con una facilidad aterradora, y había puesto su propio cuerpo entre sus hijos y la muerte sin dudar ni un segundo.
Zamira se acercó a él, vio su esfuerzo, su dolor, su desesperación contenida, y le tomó la mano con suavidad para ayudarle a sostenerse, quitándole la espada pesada que ya no podía aguantar.
—Están a salvo, Lixandro —le dijo en voz baja, solo para él, con esa comprensión que siempre lo desarmaba—. Nadie va a tocarte a ti, ni a ellos, mientras yo esté aquí.
Él la miró a los ojos, y en ese momento, todo lo que había pensado sobre ella hasta ahora se desmoronó y se reconstruyó de golpe. Ya no veía a la mujer extraña que hablaba de forma rara. Ya no veía a la tutora que ponía reglas. Ya no veía a la misteriosa mujer que apareció de la nada.
Vio a su guardiana. A su protectora. A alguien que tenía una fuerza, una capacidad y una valentía que iban mucho más allá de cualquier definición que él conociera. Comprendió entonces que Zamira no había llegado allí por casualidad, ni solo para cumplir un contrato. Comprendió que ella era mucho más, infinitamente más, que una simple cuidadora. Y comprendió también, con una mezcla de gratitud inmensa y algo que se parecía mucho a la esperanza, que ella era exactamente lo que él y su familia habían estado esperando toda su existencia.
Muy... creativos 🙄😒