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No Estoy Adaptado A Ser Padre

No Estoy Adaptado A Ser Padre

Status: En proceso
Genre:Comedia / Padre soltero
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: "El imperio de los pañales"

El pañal número uno fue un desastre.

No es que no supiera cómo cambiarlo —había visto tutoriales en YouTube, había practicado con un muñeco en el curso de parto, había leído tres capítulos de un libro sobre cuidados del recién nacido—, pero la teoría y la práctica son dos planetas distintos cuando tienes a un ser humano real pataleando y llorando sobre la mesa del cambiador.

Fue el segundo día en casa. Ana estaba en la ducha, porque era su primer momento de paz en cuarenta y ocho horas, y yo me había ofrecido a cambiar al bebé. "Es fácil", me había dicho ella antes de cerrar la puerta del baño. "Limpia, pon la crema, cierra el nuevo y ya está."

Sí, claro.

El bebé estaba en la mesa del cambiador —una tabla de madera que habíamos instalado sobre la cómoda, con barandillas laterales para evitar caídas— y yo tenía delante el arsenal de guerra: pañales nuevos, toallitas húmedas, crema de la dermatitis, un cambiador de tela para poner debajo, y un cubo de basura con tapa hermética que olía a flores pero que pronto iba a oler a otra cosa.

Abrí el pañal sucio con la cautela de quien abre una caja de bombas. El bebé, en lugar de estar tranquilo, empezó a patalear como si estuviera en un ring de boxeo. Sus piernitas se movían en todas direcciones, sus brazos se agitaban, y su carita, que segundos antes estaba en paz, se arrugó en una mueca de protesta.

—Tranquilo —dije, intentando sonar calmado—. Solo es un pañal. No duele.

El bebé no me creyó. Siguió pataleando, y en uno de esos movimientos bruscos, sus pies rozaron el pañal sucio y lo desplazaron. La caca —esa sustancia amarillenta y pegajosa que los libros describían como "normal en recién nacidos"— se extendió por el cambiador como una mancha de aceite.

—Mierda —dije, y luego me corregí—. Literalmente.

Agarré una toallita húmeda y empecé a limpiar. Pero el bebé, que ahora estaba más alterado que antes, seguía pataleando, y cada vez que yo acercaba la toallita a su culito, él la apartaba con un movimiento de cadera que parecía un baile de salsa mal ejecutado.

—Quédate quieto —ordené, como si un recién nacido entendiera órdenes.

El bebé siguió moviéndose. La caca, mientras tanto, se había extendido hasta la barriga, los muslos, y un poco por la espalda. Yo, que pensaba que cambiar un pañal era una operación sencilla de dos minutos, me encontraba en medio de un escenario de guerra biológica.

—Vale —dije para mis adentros—. Respira. Piensa. Limpia primero lo más sucio. Luego pon el pañal nuevo debajo antes de retirar el viejo. Eso lo vi en el tutorial.

Lo intenté. Metí un pañal limpio debajo del culito del bebé, pero en el proceso, el pañal sucio se movió y la caca se extendió aún más. Ahora había caca en la mesa, en la toalla cambiadora, en mi mano derecha y, sospechaba, en algún lugar de mi jersey.

El bebé, mientras tanto, había decidido que aquella era la mejor oportunidad para hacer pis. Y lo hizo. Un chorro amarillo y cálido que cayó directamente sobre mi pantalón.

—¡Joder! —grité, pero el bebé no se inmutó.

En ese momento, Ana salió de la ducha. Con una toalla envuelta alrededor del cuerpo, el pelo mojado y una expresión de curiosidad mezclada con alarma, se asomó a la habitación.

—¿Estás bien? He oído un grito.

—Estoy bien —dije, con la voz tensa—. Solo... estoy cambiando un pañal.

Ana se acercó y vio el escenario. La caca extendida. El bebé pataleando. Mi mano derecha manchada de amarillo. Mi pantalón con una mancha de pis. Y mi cara, que debía ser un mapa de desesperación total.

—Pablo —dijo, y su voz temblaba—. ¿Quieres que te ayude?

—No —respondí, con una determinación que no sentía—. Tengo que aprender.

Ana se quedó al lado, observando. No intervino. Solo me miró, con esa sonrisa suya que era mitad cariño y mitad diversión.

—Vale —dije, tomando aire—. Vamos a hacer esto bien.

Después de limpiar la caca, de controlar las piernas del bebé, de poner el pañal nuevo con cinta adhesiva, de limpiar la mesa y mis manos y mi pantalón y el jersey, conseguí cerrar el pañal. No era perfecto. Quedaba un poco torcido, un poco flojo. Pero cubría lo que tenía que cubrir.

—Lo has hecho —dijo Ana, con una mezcla de orgullo y alivio.

—Ha sido un desastre.

—Pero lo has hecho.

El bebé, que había pasado por todo aquel proceso como si fuera una montaña rusa, ahora estaba tranquilo. Sus ojos medio cerrados parpadearon y su boca hizo una mueca que parecía una sonrisa. Quizás era gas. Quizás era aprobación. Yo decidí creer que era la segunda.

Esa noche, después de cambiar tres pañales más (cada uno un poco mejor que el anterior, aunque el tercero aún dejó una mancha en el cambiador), me senté en el sofá y abrí el bloc de notas. Escribí:

"Hoy he cambiado mi primer pañal. Bueno, cuatro pañales. El primero fue un desastre nuclear. El segundo, un accidente con víctimas. El tercero, un incidente menor. El cuarto, casi aceptable. No sé cuántos más tendré que cambiar antes de sentir que sé hacerlo. Pero cada vez que lo hago, el bebé me mira. No sé si me reconoce. No sé si le importo. Pero me mira. Y eso es suficiente por ahora."

Luego debajo:

"El imperio de los pañales es un reino de caca y pis y toallitas húmedas. Pero también es un reino de pequeños triunfos. Cada pañal que cambio es una batalla ganada. Y cada batalla me acerca un poco más a entender que esto no es una guerra. Es una negociación. Y yo, que nunca supe negociar, estoy aprendiendo."

Cerré el bloc y fui a la habitación beige. El bebé dormía en su cuna, con los puños cerrados y la boca entreabierta. Ana estaba en la cama, leyendo un libro. Me miró cuando entré.

—¿Cómo estás?

—Cansado.

—¿Y asqueado?

—También.

—Pues bienvenido al club. —Sonrió—. Todos los padres estamos asqueados. Pero también estamos aquí.

Me senté en el borde de la cama y miré al bebé. Dormía plácido, ajeno al caos que había causado. Y yo, que había pasado el día entero entre caca y lágrimas, sentí que, aunque no estuviera adaptado, al menos estaba aprendiendo.

El imperio de los pañales no era un lugar donde reinaba la perfección. Era un lugar donde reinaba la perseverancia.

Y yo, contra todo pronóstico, estaba perseverando.

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